“Un país no puede crecer si no produce”
Necesitamos “un movimiento que promueva el desarrollo productivo integral” mientras encara “una lucha frontal contra la corrupción estructural”, asegura el ex presidente. Cita el modelo de Estonia y recuerda el Movimiento Productivo Argentino, creado en 2001 con Raúl Alfonsín.
Un país no puede crecer de una manera sostenida si no produce. Necesitamos una política industrial que genere empleo genuino, y vuelva a poner a la industria en el centro de las decisiones económicas. Pero con esto sólo no alcanza, necesitamos de algo nuevo que nos permita dar un paso más allá.
Hablo de consolidar un movimiento que promueva el desarrollo productivo integral, pero que al mismo tiempo centre su estrategia en la lucha frontal contra la corrupción estructural, utilizando para ello las herramientas más avanzadas que nos brinda la tecnología moderna.
El caso de Estonia es un claro ejemplo de ello, una nación que ha logrado reducir drásticamente la corrupción para convertirse en uno de los países menos corruptos y más productivos de la Unión Europea. Digitalizó todo el Estado, conectó las bases de datos públicas entre sí y puso la información oficial al alcance de cualquier ciudadano.
Por considerar que es el único camino viable para salir definitivamente de la crisis económica y social que padecemos los argentinos, he decidido reeditar “actualizado” el primer libro que escribí en 1987, “La revolución productiva, de la Argentina especuladora a la Argentina del Trabajo” Ahí hablo del crecimiento económico atado a la justicia social, de decirle basta a la especulación financiera, y de instalar un capitalismo productivo.
Todos estos temas fueron y son el núcleo central del Movimiento Productivo Argentino, creado el 21 de junio de 2001 junto a Raúl Alfonsín y hoy inscripto como partido político.
El MPA nació como un espacio de reflexión en medio de la profunda crisis socioeconómica que estaba atravesando el gobierno de Fernando de la Rúa. Intentábamos ayudarlo a impulsar el trabajo, la producción y el diálogo social. Él no lo vio así, pero meses después fue el modelo que exitosamente aplicamos en mi gobierno desde enero de 2002.
Casi cuatro décadas después, aquella idea mantiene toda su vigencia. Nuestro país tiene recursos naturales, capacidad industrial, talento y conocimiento. Además, hoy contamos con una herramienta muy importante llamada Inteligencia Artificial que ya nos permite producir mejor, agregar valor a las cosas, generar más trabajo, y puede ayudarnos a desterrar para siempre el drama de la corrupción, esa que perjudica el crecimiento económico y el desarrollo social, fragiliza la democracia y sacrifica vidas humanas porque drena recursos que deberían ser aplicados y destinado a programas de salud, educación, seguridad y asistencia social.
Por eso reitero: es imposible hablar de una cosa si no hablamos de la otra. Son dos caras de la misma moneda. Terminar con la corrupción estructural es la tarea histórica más urgente que nos debemos como Nación. Si no le ponemos fin a esta práctica sistemática, ningún esfuerzo colectivo que hagamos como sociedad para producir y exportar cumplirá su objetivo. Es exactamente igual a querer cargar agua en un balde agujereado: por más recursos que volquemos, el valor se fuga antes de llegar a la gente.
Mientras Dios me de fuerzas voy a seguir trabajando incansablemente para resolver estos temas que, según mi criterio, son los más importantes para la Argentina. Hablo de erradicar la corrupción estructural mediante el uso estratégico de la tecnología y de lograr que la producción nacional alcance su techo histórico.
Creo que es el esfuerzo más grande que debemos asumir entre todos. Más que un deber circunstancial, lo siento como una verdadera obligación moral con nuestra historia y con el futuro de todos los argentinos.
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