OPINIóN
Superartificial

La humanidad paga un precio muy alto por dañarse a sí misma

“Trump firmó una orden ejecutiva para rebautizar la IA como ‘superinteligencia’”, cita el autor, pero nada bueno saldrá de eso: “la disolución del vínculo del hombre con la realidad se trasunta en epidemias de salud mental”, reflexiona el autor.

superinteligencia artificial
Imagen Ilustrativa | CEDOC

“De las aves que vuelan / me gusta el chancho;
/ de las flores del campo / las empanadas.”
(copla popular extraída de “Megafón o la guerra”)

¿Qué es lo propio del hombre y qué es lo propio de la máquina? Hace ya un tiempo la humanidad viene pagando altas erogaciones por pensar que el hombre se puede diseñar a sí mismo. Pensamos que podemos dormir tres horas por día, colapsamos. Pensamos que podemos no caminar suficientemente, nos infartamos. Pensamos que podemos separar los abuelos de los nietos, escala la demencia.

Y todo es una bomba sanitaria que se traslada como reacción en cadena a una explosión fiscal. Si un ser humano decidiese llamarse Superman, ponerse una capa colorada y, altaneramente, saltara por la ventana intentando volar, muy probablemente terminaría con algún que otro moretón.

Frustra a la demanda de sus ensoñaciones de autodiseño, la oferta inelástica de su propia realidad biológica.

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En estos días el Presidente Donald Trump firmó una orden ejecutiva para rebautizar la IA como ‘superinteligencia’: instruye a los departamentos y agencias federales a quitarle el mote de ‘artificial’ en el nombre, en sus comunicaciones oficiales. Reniega de que el lenguaje responde al concepto y el concepto responde a la realidad. No es al revés.

Lo peor es enojarse con la realidad, aunque se comprende en el contexto, cuando desde los ámbitos más afines a la ideología de libre mercado, tales como la propia revista Forbes, recientes informes advierten sobre graves tensiones financieras y sistémicas vinculadas al auge de la inteligencia artificial.

Dichos reportes destacan problemas como burbujas de inversión, presión sobre el flujo de caja y endeudamiento, así como que la masiva infraestructura requerida -energía, recursos naturales, enfriamiento- plantea agujeros negros operativos para la industria.

El Papa Francisco caracterizó magistralmente el síndrome de la “rapidación” (Laudato Si) como la continua aceleración de los cambios a la cual se une la intensificación de ritmos de vida y de trabajo, en una velocidad que “contrasta con la natural lentitud de la evolución biológica”

Para colmo de males, ni más ni menos que los magnates dueños de los desarrollos incurren en extrañezas inquietantes: al momento de anunciar afanosamente saltos disruptivos en la capacidad de sus productos, en los mismos folletos de salida al mercado financiero alertan sobre el riesgo existencial para la humanidad que implican sus desarrollos. Todo un binomio neurótico a desentrañar.

Correr detrás de niños que juegan a los dados no sería el curso de acción ordenador para una nación que padece la disociación de su convivencia, entre un 50% de argentinos que piensan que el otro 50% de sus compatriotas son, lisa y llanamente, enemigos, endilgándose motes inverosímiles, los unos “ladrones”, los otros “egoístas”.

Este horizonte de disolución del vínculo del hombre con la realidad se trasunta en epidemias de salud mental como el tema de nuestro tiempo. Lo primero es el ser: nos importa objetivamente la vida de la persona como realidad radical.

No importan los nombres que puedan dársele a las circunstanciales tecnologías, permanece un desafío, que es materia de trabajo en todos los campos de las instituciones, productivas, educativas, sanitarias, deportivas, mutuales y cooperativas: se ordenan las máquinas obedientemente en función de la vida o forman parte del caos, del modelo mortífero de la torre de Babel.

El hombre está fundiendo biela, hiperacelerado, solo e inmovilizado su cuerpo. El Papa Francisco caracterizó magistralmente el síndrome de la “rapidación” (Laudato Si) como la continua aceleración de los cambios a la cual se une la intensificación de ritmos de vida y de trabajo, en una velocidad que “contrasta con la natural lentitud de la evolución biológica”.

Rapidación, soledad, sedentarismo, conforman una amalgama contracultural -es decir, contra la sana cultura que a las naciones les permite un mundo de la vida armonioso- que pone de relieve la salud mental como un conflicto en el orden del ser integral mucho más radical que cualquier problema clínico posterior.

La discusión por la salud mental por supuesto que incluye una arista atinente a la gestión sanitaria, debate que es necesario pero no suficiente.

Una guerra mundial total en diversos planos de lo cotidiano, el cognitivo en primer orden, delinea andariveles de una reflexión sobre el suicidio, la ansiedad, la depresión, la droga, mucho más relacionada con que los adolescentes cultiven un sentido de nación y una causa por la cual vivir, que con el acceso a un consultorio psicológico -imprescindible por otro lado.

Y en este ámbito particular de lo sanitario, claro que la herramienta máquina puede venir en auxilio, acercar servicios de terapia a poblaciones aisladas, proveer contenidos preventivos, acelerar diagnósticos oportunos.

El Papa Francisco caracterizó magistralmente el síndrome de la 'rapidación' (Laudato Si) como la continua aceleración de los cambios a la cual se une la intensificación de ritmos de vida y de trabajo, en una velocidad que 'contrasta con la natural lentitud de la evolución biológica'"

El relativismo -como de hecho lo es el poner en discusión el valor radical de la vida humana- sume a las comunidades en la dictadura del capricho individual, del goce narcisista. Llevado al extremo hoy en día, esta panoplia de deseos individuales, erigida en norma social, obtura el diálogo y cualquier individuo desarrolla la capacidad de instalar su posición como verdad totalitaria.

En cambio, la historia enseña que las sociedades avanzan siempre como resultante de un ascenso general de las condiciones que permiten el propio perfeccionamiento de todo el hombre y de todos los hombres. Cualquier intento de sembrar aviesamente el conflicto, sea entre grupos o entre individuos, como método en sí, tiende al caos enfermizo más que a la creatividad edificante.

¿Qué queda realmente de nosotros cuando la espuma de la grieta baja y la ola de las finanzas tecnológicas se retrae, cuando volvemos al asado del domingo, al partido del club, a la misa de la capilla?

En definitiva, lo específico de la naturaleza humana es que su sustancia posee inteligencia, una facultad que trasciende al complejo orgánico y a las facultades orgánicas. Podemos conocer por ello lo universal y ser de algún modo todas las cosas.

A los adalides del transhumanismo y del posthumanismo, que están inventándose una nueva religión, los consuela la frase de promesa de que la I.A. “todavía no puede, pero ya lo hará”. Como un dique para este tipo de intentona reduccionista del paradigma tecnocrático, el neurólogo argentino Miguel Benasayag acuñó un concepto iluminador: “la inteligencia artificial no piensa, el cerebro tampoco”.

Explica que ni la inteligencia artificial, ni el cerebro, “secretan” el pensamiento como el hígado secreta la bilis. Es racionalidad metafísica: de lo inferior no puede surgir lo superior. La diferencia entre la inteligencia humana y la Inteligencia Artificial -no importa cómo se denomine por convención a esta herramienta- estriba en que la IA opera por meras inferencias.

Actúa mediante la simulación material y cuantitativa, mientras que la mente humana actúa por comprensión inmaterial y cualitativa. El ser humano necesita de los sentidos pero su intelecto agente y paciente, abstraen la esencia y puede hacer inteligiblemente todas las cosas.

Aunque una IA puede superar al ser humano en velocidad, cantidad y cálculo, carece por completo de la facultad que define al pensamiento humano: la capacidad de captar el ser y la esencia de las cosas y de uno mismo. No hay vuelta que darle, ni habrá.

*Fundador de Proyecto Deporte Solidario; ex Subsecretario de Prevención, Investigación y Estadísticas de la Nación en materia de Drogas; ex integrante de seleccionados nacionales de rugby.