Continúa de ayer: Qué pasó con la Corte
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Esta columna ayer terminaba diciendo “Qué le pasó a Corte: de todo. Pérdida de sus integrantes (...) El tsunami desinstitucional que representó la llegada de Milei, la “defección estratégica” de las organizaciones de medios de comunicación y empresarias en su conjunto, las diferencias internas entre sus tres integrantes (...) Finalmente, la Corte, el periodismo, las empresas, nada funciona en vacío”.
Con ecos aún de la columna de ayer tras escuchar el último reportaje a Lula horas antes de la votación (en saladoled.substack.com/p/lula-en-flow-con-igor?, se lo puede ver y también leer ya traducido al español), con cierta envidia por el progreso económico de nuestro vecino en este siglo, no pude no asociar con otra perplejidad: qué le pasó a la economía argentina.
Ahora en el tercer año de Milei, cuando los datos de estancamiento económico comprueban que no se está produciendo una reforma estructural que lleve a la Argentina a ser uno de los países más desarrollados como prometió el Presidente, y vale reconocer que tampoco a un estallido, resulta lógico reflexionar sobre qué le pasó a la economía argentina que pasan los ministros, los planes, los diagnósticos y, como Sísifo, otra vez estamos en las puertas de una recesión.
Los seguidores de este espacio conocen que desde hace 38 años Editorial Perfil tiene una filial en Brasil donde viví dos años en dos décadas diferentes y algunos recordarán lo paradójico que siempre me resultó cierto paralelismo de las políticas económicas desde la recuperación democrática en de Brasil y Argentina con tan diferentes resultados.
Brasil logra desarrollar reformas acumulativas en lugar de reformas pendulares como Argentina.
Conozco personalmente a la mayoría de los ministros de Economía de ambos países de los últimos años y no encuentro diferencia de jerarquía técnica entre los más encumbrados tanto de Brasil como en Argentina. Están por arriba del promedio Pedro Malan, Herinque Meirelles o Paulo Guedes en Brasil como en Argentina Domingo Cavallo o Roberto Lavagna, entre otros. Por lo que a la conclusión que llego es que el problema antes que en la economía está en la política fraticida que nos caracteriza.
El ministro de Economía de Bolsonaro –Paulo Guedes– realizó reformas en la dirección de Milei: bajó los aranceles, pero no produjo una apertura instantánea de la economía brasileña, simplificó procedimientos e intervenciones administrativas con su Ley de Libertad Económica, pero sin las ambiciones estructurales de Sturzenegger, y reformó la carta orgánica del Banco Central haciendo que su presidente y directores pasaran a tener mandatos de cuatro años que no coinciden con el mandato presidencial, pero Lula respetó a Roberto Campos Neto, designado por Bolsonaro, durante buena parte de su tercer gobierno, a pesar de criticarlo por mantener tasas que él consideraba excesivamente altas.
El ministro de economía de Lula, Fernando Hadad, aumentó el gasto público, pero con el límite del 70% del crecimiento real de la recaudación y en esencia no desarmó buena parte de la arquitectura liberal heredada, sino que cambió el papel que debía desempeñar el Estado dentro de ella. Fue Lula quien pudo hacer la simplificación tributaria que Guedes, el ministro de Bolsonaro, quiso hacer y no pudo, aunque en lugar de bajar los impuestos empresariales, desplazó su foco sobre renta y los patrimonios elevados al tiempo que los redujo para los de renta más baja.
Lula implementó Nova Indústria Brasil recuperando explícitamente una política industrial activa utilizando en Banco Nacional de Desenvolvimento Econômico e Social como herramienta, cuando Guedes quería reducirlo.
Brasil logra desarrollar reformas acumulativas en lugar de reformas pendulares como Argentina. En nuestro vecino se integran los ciclos agregando capas diferentes sobre una estructura común. Hay cambios de orientación, pero sin destruir todo lo que hizo el anterior volviendo a cero cada cuatro años.
Otro ejemplo de integración de reformas fue la presidencia de Michel Temer, quien sucedió a Dilma Rousseff tras su destitución. Durante su presidencia se realizó la reforma laboral, comparable a la reciente de Argentina, que Lula mantuvo, como también mantuvo la reforma previsional del Guedes-Bolsonaro que colocaron que ningún hombre podía jubilarse antes de los 65 años y ninguna mujer antes de los 62.
Los ministros de Economía de los ciclos de Temer, Bolsonaro y Lula pasaron tareas del Estado al campo privado, desde privatizaciones hasta concesiones; lo que varió fue cuánto pasa a privados y de qué forma, pero hay una continuidad que atraviesa a todos: Brasil siguió recurriendo al capital privado para financiar infraestructura, aunque cambiara el signo político del gobierno.
Lula, en el mencionado reportaje, se ufanó de haber alcanzado el investment grade dos veces en sus presidencias y que el presupuesto de Brasil tiene superávit fiscal primario. Se podría decir entonces que la mayor estabilidad brasileña no es el resultado de haber encontrado un modelo perfecto (el “proyecto” o el “rumbo” como eufemísticamente se lo denomina en la era Milei), sino por haber aprendido a conservar parte de las reformas del adversario.
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En el Coloquio de IDEA que acaba de finalizar los participantes votaron diferentes temas. Un 81% cree que Milei va a ser reelecto (aunque solo un 45% lo votaría hoy y un 31% a Bullrich) y a la vez que el dólar debería costar 1.880 pesos. Quieren estabilidad, pero también un tipo de cambio mayor. Quieren mileísmo fiscal y menos mileísmo cambiario. Si el Gobierno compra más reservas, aumentará el precio del dólar y la inflación también porque precisa emitir para comprar reservas.
También entre quienes participaron de la encuesta en IDEA el 68% espera aumentar sus ventas, pero solo 43% aumentar inversiones, o sea cree en Milei, pero no invierte en Milei. Prefieren a Milei, aunque sus ventas sean bajas y haya retraso cambiario.
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En 2002, tras la salida del 1 a 1, en Brasil y Argentina el dólar costaba alrededor de 3,5: un real y un peso costaban lo mismo; hoy un real cuesta 300 pesos. La inflación anual en Brasil es 4% contra 33% de la nuestra. En los últimos 15 años el producto bruto de Argentina creció el 7% y el de Brasil 20%. Vale reconocerle a Milei que en sus tres años el producto bruto está creciendo 6,6% acortando diferencias con los mismos tres años de Lula en los que Brasil crece 8,3.
No son los ministros y los presidentes, somos todos nosotros también.