El desarrollo es poder duro
El desarrollo internacional no es caridad, sino una forma de poder duro. Invertir en instituciones y servicios es la estrategia más rentable para prevenir conflictos y dar seguridad.
En la Conferencia de Seguridad de Múnich de este año se habló mucho de geopolítica, esferas de influencia, el futuro de la OTAN y los presupuestos de defensa. Pero, por mucho que estos debates importen, ya no definen todo el espectro del poder. En el mundo fracturado de hoy, la seguridad no consiste solo en tanques y tratados, sino que también depende de asociaciones sólidas y de confianza, sistemas resilientes e instituciones que funcionen. Esto es lo que permite a las sociedades resistir las crisis.
Entendido en estos términos, el desarrollo internacional no es solo una forma de "poder blando" (ejercer influencia mediante la persuasión y la atracción). Es poder duro, y nuestro ataque preventivo más eficaz contra las amenazas futuras.
Demasiados líderes no reconocen que el desarrollo es fundamental para la propia seguridad. Consideran la asistencia al desarrollo como una caridad, un lujo comparado con la necesidad del trabajo de defensa "real". Pero esta mentalidad socava la estabilidad al cegar a los responsables políticos ante los múltiples motores del conflicto. Cuanto más ignoremos las causas profundas de la violencia, más pagaremos en vidas, impuestos y prosperidad perdida.
Cuesta mucho menos prevenir las crisis que gestionar sus consecuencias. Si elevamos a los aviones de combate como activos "estratégicos" pero descartamos un sistema educativo que funcione como "mera ayuda", y si siempre encontramos dinero para misiles pero no para agua o electricidad, no estamos protegiendo a nuestras sociedades. Las estamos debilitando.
Es cierto que el gasto en defensa importa, y el aumento de la inversión militar es una respuesta política legítima en el mundo actual. Pero sin una inversión paralela en desarrollo, es solo la mitad de una estrategia de seguridad. Incluso si a usted le preocupa más la realpolitik que el bienestar humano, los datos lo dejan claro. Un análisis reciente de ONE revela que cada dólar invertido en desarrollo y prevención de conflictos podría ahorrar hasta 103 dólares en costes futuros relacionados con las crisis, desde operaciones militares hasta respuestas humanitarias y los efectos de la perturbación económica. Eso no es poder blando. Es el mayor rendimiento que encontrará en cualquier cartera de seguridad global y, por tanto, la opción de inversión más racional que pueden tomar los gobiernos.
Ya se trate de una intervención militar, de repercusiones económicas o de ayuda de emergencia, siempre pagamos por lo que no supimos prevenir. Los ataques aéreos y las sanciones no son una solución para el extremismo violento, la migración irregular o el colapso de los Estados. Tales problemas se contienen mejor —y en última instancia se previenen— cuando quienes están en primera línea tienen un futuro que esperar. Eso significa educación para sus hijos, electricidad fiable, servicios básicos y un empleo con un salario suficiente para escapar de la pobreza.
Si el desarrollo sigue siendo una idea secundaria en nuestra doctrina de seguridad, seguiremos perdiendo. Debemos dejar de fingir que los drones pueden resolver todos los problemas y reconocer los límites de la fuerza militar tradicional. Consideremos la cuenca del lago Chad, donde años de intervenciones armadas no han logrado detener la violencia extremista. Los medios militares lograron poco porque los desempleados siguieron estándolo, los servicios continuaron rotos y el Estado permaneció ausente. Se desbrozó la maleza, pero el suelo quedó sin cultivar. No fue sino hasta que se aceleraron los esfuerzos de desarrollo cuando los miles de desplazados de la región pudieron regresar a sus hogares y reconstruir sus medios de vida.
Del mismo modo, en partes de Irak antes devastadas por la guerra, millones de personas han regresado, no solo porque cesaron las balas, sino porque volvió la electricidad y reabrieron las escuelas y los hospitales. Las sociedades empiezan a sanar cuando los esfuerzos de desarrollo no se limitan a gestionar el desplazamiento, sino que dan a la gente una razón para quedarse.
Asimismo, tras la caída del Muro de Berlín, la inversión occidental en instituciones democráticas, infraestructuras y resiliencia económica ayudó a reconstruir las sociedades poscomunistas y sentó las bases de una nueva era de prosperidad. Lo que importó no fue la rapidez, sino la secuencia: las instituciones deben ir antes que la liberalización, las redes de seguridad social deben acompañar a los mercados y la inclusión política debe ir a la par de la reforma económica. Donde se respetó ese equilibrio, siguió la estabilidad. Donde se ignoró, la vulnerabilidad llenó el vacío.
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Estas lecciones son más pertinentes que nunca. Las políticas de seguridad que priorizan la fuerza militar sobre la gobernanza y el desarrollo no previenen ni acortan los conflictos; los fomentan y prolongan, normalmente creando un vacío que los grupos extremistas, los contrabandistas y las potencias hostiles se apresuran a explotar. El desarrollo es la máxima expresión del poder duro, que nos permite prevenir crisis a las que, de otro modo, tendríamos que responder. Es la primera línea de defensa de nuestra comunidad global. La violencia se vuelve mucho menos probable cuando los Estados pueden prestar servicios básicos, cuando los jóvenes tienen perspectivas económicas y cuando las instituciones se consideran legítimas.
El desarrollo no se deriva de la seguridad. La produce, porque la seguridad duradera exige horizontes a largo plazo. En un mundo definido por la urgencia constante, la tentación es centrarse solo en las amenazas inmediatas. Pero si la presión a corto plazo para responder a las crisis impide la inversión sostenida en instituciones, oportunidades y gobernanza, la inestabilidad se vuelve estructural.
El poder duro no es solo la capacidad de reaccionar. Es la capacidad de prevenir. Integrar el desarrollo en el debate geopolítico no es idealismo. Es un realismo estratégico y consciente del presupuesto. Podemos pagar por adelantado por el desarrollo, o podemos seguir pagando la cuenta después, con intereses, en un mundo más inestable e inseguro.
*Alexander De Croo, administrador del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, es ex primer ministro de Bélgica.
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