Isabel Martínez de Perón en Villanueva de la Cañada: secretos, seguridad y la rutina de la mujer que presidió un país en crisis
Exiliada en España desde 1981, la líder peronista vivió protegida por fallos judiciales que bloquearon extradiciones por causas pendientes en Argentina. A esta altura de su vida, permanece aislada en la ciudad española, lejos de la política y rodeada de recuerdos de su presidencia, mientras recibe una jubilación de privilegio y pensión militar.
En el cielo diáfano de la urbanización La Raya del Palancar, en Villanueva de la Cañada, una figura frágil camina con la parsimonia de quien ya no espera nada del tiempo: Isabel Martínez de Perón, primera mujer presidenta del mundo occidental, que hoy, a los 95 años, vive en un chalé de tres plantas de 450 metros cuadrados, diseñado como un auténtico búnker. Sus muros de ladrillo y hiedra, junto a cámaras de seguridad y un perímetro de 200 metros de jardines cerrados, hacen casi imposible cualquier acercamiento no autorizado.
Su residencia alberga servicios médicos privados con visitas programadas diariamente y una logística que garantiza la entrega de alimentos y medicinas sin que deba salir de la propiedad. Su estilo de vida está sostenido por pensiones y bienes administrados por un entorno de confianza que maneja cerca de 4 millones de euros en activos, lo que permite a la expresidenta mantener un “exilio dorado” sin depender de espacios públicos ni apariciones mediáticas. Mientras tanto, el país sigue debatiendo su legado y las sombras de la Triple A, pero ella permanece fuera de foco.
Los pocos que tienen acceso a su interior forman un círculo extremadamente reducido: abogados de larga trayectoria, asistentes personales y miembros de su antiguo equipo de confianza, todos sujetos a estrictos pactos de confidencialidad. Cada visita es coordinada con antelación y supervisada, asegurando que no haya filtraciones hacia la prensa ni conflictos legales que puedan obligarla a abandonar su refugio. Incluso las llamadas telefónicas y la correspondencia son monitoreadas, y cualquier interacción con el exterior pasa por filtros diseñados para preservar su privacidad absoluta.
Su residencia principal es un chalet en un barrio privado en las afueras de la ciudad
El blindaje de una rutina entre la fe y la soledad
La cotidianidad de Isabel Martínez de Perón es casi monacal. Sus días comienzan a las 6 de la mañana, con oración y ejercicios de devoción religiosa. Sus apariciones públicas son contadas: en los últimos 10 años se la ha visto en misa menos de 20 veces, siempre en silencio y en los bancos traseros, pasando desapercibida para los vecinos. Este retiro espiritual recuerda al de líderes exiliados históricos, como Juan Domingo Perón en Madrid o Leon Trotsky en México, que buscaron en la rutina y la liturgia un refugio frente al juicio de la historia.
La urbanización La Raya del Palancar, en Villanueva de la Cañada
Su círculo de confianza, compuesto por 12 colaboradores permanentes entre abogados, asistentes y personal de servicio, controla estrictamente toda interacción con el exterior. La expresidenta mantiene vínculos mínimos con la comunidad argentina en España y su residencia está equipada con un sistema de seguridad valorado en 200.000 euros, con sensores, cámaras y alarmas conectadas a un centro de monitoreo 24 horas. Esta combinación de aislamiento y control ha convertido su vida en un modelo de “exilio dorado protegido”.
A pesar del aislamiento, Isabel mantiene algunas rutinas que conectan su presente con el pasado: lectura diaria de textos religiosos y biografías políticas, ejercicios suaves adaptados a su edad y encuentros esporádicos con familiares que han cruzado el Atlántico para verla. Estas actividades, aunque mínimas, le permiten conservar un sentido de normalidad dentro de su reclusión y un control casi absoluto sobre quién conoce detalles de su vida y decisiones. Así, la expresidenta continúa siendo un enigma viviente: una figura histórica que respira entre los muros de su refugio.
¿Quiénes cruzan su puerta?
El chalé de la calle Valle de Ulzama, en Villanueva de la Cañada, no es una fortaleza deshabitada. La “mujer del silencio” mantiene una red mínima pero poderosa: un entramado de voluntades que combina asistencia doméstica, apoyo jurídico y acompañamiento espiritual. Cruzar su puerta es un privilegio reservado a quienes garantizan que el mundo exterior no perturbe su tranquilidad.
Villarruel compartió fotos en redes sociales destacando la "lealtad" de Isabel
Sin dudas, dentro de este espacio, Isabel vive rodeada por un equipo reducido de confianza. Su asistente personal, Gloria, de origen chileno, coordina los quehaceres diarios, controla la logística y supervisa que los servicios médicos privados la atiendan puntualmente. Un chofer de confianza asegura sus traslados mínimos, principalmente a la parroquia o a centros de salud. Más allá del servicio doméstico, Isabel mantiene un círculo espiritual y jurídico que constituye su verdadera muralla. Un sacerdote de confianza la acompaña en sus rezos diarios, mientras que un pequeño equipo de abogados administra su patrimonio —estimado en más de 4 millones de euros— y gestiona sus pensiones de privilegio y militar, bloqueando cualquier intento de extradición o requerimiento judicial desde Argentina. Cada visitante opera bajo estrictas normas de confidencialidad, garantizando que ni una palabra se filtre fuera de los muros de su residencia.
A pesar de su aislamiento casi absoluto, Isabel ha recibido encuentros excepcionales que rompen la rutina. En octubre de 2024, la vicepresidenta argentina Victoria Villarruel se reunió con ella en un gesto cargado de simbolismo político, marcando un reconocimiento histórico a su figura dentro del justicialismo. Más allá de la política local, la expresidenta mantiene correspondencia con el Papa Francisco, quien le ha enviado mensajes de oración y reconocimiento en fechas clave, validando su retiro desde la autoridad máxima de la Iglesia. Estas visitas y comunicaciones son contadas: en promedio, no más de cinco personas al mes logran ingresar a su residencia, y solo un puñado mantiene contacto regular. Cada uno de estos encuentros subraya el contraste entre la mujer que gobernó un país convulsionado y la anciana que hoy vive protegida, entre muros de hierro y secretos que siguen marcando la memoria histórica de Argentina.
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