Entre la celebración y el desgaste, el mundo del libro se sostiene muy a pesar de la crisis
Con una economía que empuja a la cultura hacia el terreno del lujo, la Feria vuelve a desplegar su potencia como espacio de encuentro, negocio y discusión. Pasillos colmados, jornadas extenuantes y una dinámica que combina entusiasmo y desgaste, el acontecimiento reafirma su centralidad en la vida cultural porteña. Aun atravesada por tensiones políticas y por las dificultades propias de una industria en estado crítico, sostiene su capacidad de convocatoria y su rol como termómetro del sector editorial. Una inauguración, con su mezcla de música, literatura y controversias.
La escena se repite cada otoño, con una puntualidad que ya forma parte del calendario cultural porteño: la Feria del Libro de Buenos Aires vuelve a abrir sus puertas y, con ellas, se activa una maquinaria que lleva medio siglo convocando a todos los eslabones de la cadena editorial. No es solo un evento: es un ecosistema que se enciende durante semanas y que, como cada año, mezcla entusiasmo, agotamiento y una persistente sensación de que, pese a todo, el libro sigue encontrando su lugar.
Afuera, la economía aprieta. La crisis –una más en la larga serie argentina– empuja a la cultura, incluso a su expresión más elemental, hacia el terreno de los bienes de lujo. Adentro, sin embargo, la escena es otra. Los pasillos se llenan, los stands se preparan para recibir lectores, los catálogos se despliegan como promesas. La Feria avanza a tientas sobre ese terreno complejo, sostenida por una pregunta que nunca termina de responderse: cuánto más puede resistir una industria que vive en permanente estado de alerta.
Quienes trabajan en el mundo del libro lo sintetizan con una mezcla de resignación y orgullo. Hay cansancio, dicen. Hay jornadas interminables, falta de descanso, una dinámica que se parece más a la de un festival que a la de una feria tradicional. Pero también hay otra cosa, difícil de medir: la algarabía, el reencuentro, la persistencia de una práctica que combina comercio y vocación. Se vende, sí, pero también se conversa, se discute, se comparte. En ese cruce, la Feria mantiene su singularidad.
Terminadas las jornadas profesionales, las puertas se abren al público general y el clima cambia. La circulación se vuelve más densa, más diversa, más ruidosa. Empieza, ahora sí, la fiesta. Familias, estudiantes, lectores ocasionales y habitués recorren los pabellones en busca de novedades, ofertas o simplemente de la experiencia de estar ahí. La Feria, en ese momento, deja de ser una plataforma de negocios para convertirse en una escena cultural masiva.
El rito inaugural, como siempre, marca el tono. Hay discursos, autoridades, invitados especiales. Es un género en sí mismo, con sus códigos y sus expectativas. Este año, sin embargo, hubo una pequeña variación que no pasó desapercibida. En lugar del discurso solitario de una figura destacada, la organización optó por un formato distinto: un diálogo entre tres escritoras de peso, Gabriela Cabezón Cámara, Leila Guerriero y Selva Almada. La moderación quedó en manos de la periodista María O’Donnell y la cita fue en la Pista Central, ante más de 1.500 invitados.
Antes de que comenzara la conversación, la escena tuvo un prólogo musical. Fito Páez apareció como telonero, en un rol que sorprendió por su carácter y por su duración. El músico se tomó su tiempo. La espera se extendió más de lo previsto, pero, lejos de generar impaciencia, terminó cargando de mística el ambiente. Como si la demora formara parte del ritual.
Páez abrió con la zamba Maturana y recorrió parte de su repertorio con clásicos como 11 y 6 y Mariposa Tecknicolor. Hubo un momento que condensó el clima de la sala: cuando entonó Me gusta estar al lado del camino, el público acompañó con un aplauso que estalló justo en el verso que habla de los “tiempos egoístas y mezquinos”. No fue casual. En ese gesto se mezclaron música, contexto y una lectura compartida del presente.
Pero la ceremonia no quedó al margen de la política. Entre anuncios protocolares y menciones al puente cultural con Perú –país invitado de esta edición–, un episodio capturó la atención general y rápidamente se convirtió en comentario obligado. El secretario de Cultura, Leonardo Cifelli, subió al escenario en representación del Ejecutivo. Defendió la gestión, habló de una inversión récord de 2.300 millones de pesos y aseguró que el objetivo era “ordenar y hacer que la cultura funcione”.
La reacción no fue unánime. Hubo abucheos, murmullos, gestos de desaprobación. Y, en ese clima tenso, llegó el momento que terminaría opacando el resto de su intervención. Al intentar mencionar a Jorge Luis Borges, en el marco del homenaje por los 40 años de su muerte, lo nombró como “Jorge Luis Borgeres”. El error fue inmediato, evidente. Y también, inevitablemente, comentado. La escena tuvo algo de involuntaria ironía: el desliz lingüístico en un evento dedicado a la palabra escrita.
Con ese antecedente fresco, el panel literario tomó la posta. La decisión de reemplazar el discurso individual por una conversación entre autoras –y, además, amigas– no fue solo una cuestión de formato. Propuso, de entrada, una idea: la escritura no es un acto completamente solitario, sino una práctica atravesada por vínculos, lecturas compartidas, trayectorias que se cruzan. La Feria, en ese sentido, funciona como una confirmación de esa dimensión.
El intercambio comenzó con una reflexión sobre el lugar de las mujeres en la literatura contemporánea. Leila Guerriero planteó su incomodidad frente a la etiqueta “literatura de mujeres”, una categoría que, según sugirió, puede resultar reductiva. Sin embargo, celebró el cambio de escenario: recordó que, no hace tantos años, era habitual no encontrar mujeres en los programas de la Feria. Hoy, en cambio, la presencia es amplia, visible y diversa.
Selva Almada retomó esa idea y la amplió. Señaló que la literatura escrita por mujeres ya no ocupa un lugar marginal ni responde a una lógica de gueto. Al contrario, se trata de un campo heterogéneo, con búsquedas propias y estilos diversos. La visibilidad, dijo, llegó para quedarse. Y, con ella, también se desarmaron ciertos prejuicios de lectura.
La pregunta sobre qué se entiende por “temas de mujeres” apareció como un punto de tensión. Guerriero la formuló de manera directa. Gabriela Cabezón Cámara respondió desplazando el eje: planteó que escribir es una capacidad que no depende del género, la etnia o la clase social; que cualquier persona puede hacerlo; y que, en todo caso, la discusión debería centrarse en quiénes tienen acceso a los circuitos de publicación y legitimación.
El diálogo avanzó hacia el terreno del oficio. La sala, en silencio, acompañó un tramo que se pareció más a un taller que a una charla pública. Cada autora expuso su modo de trabajo, sus dudas, sus certezas. El resultado fue una especie de seminario improvisado sobre la escritura.
Cabezón Cámara habló de imágenes iniciales, de frases que llegan con una música propia y que empujan el texto hacia adelante. Describió la escritura como una exploración que, poco a poco, va construyendo un mundo. Insistió en la dimensión corporal del lenguaje y en la necesidad de trabajar con su materialidad, especialmente en un contexto donde la inteligencia artificial amenaza con automatizar ciertas formas narrativas.
Almada, en cambio, se movió en un registro más intuitivo. Dijo no tener un método claro, pero sí una experiencia recurrente: la sensación de que la escritura aparece cuando logra captar una música interna. Comparó ese proceso con la lectura, como si ambas prácticas compartieran un mismo mecanismo subterráneo.
Guerriero introdujo una diferencia clave desde su lugar en la no ficción. Para ella, escribir implica una etapa previa de acumulación: entrevistas, investigaciones, transcripciones. Solo después de reunir ese material se sienta a escribir. Describió un método exigente, casi extremo, que incluye jornadas de hasta doce horas de trabajo. Un proceso que puede ser tan gozoso como frustrante.
En ese punto, apareció una coincidencia entre las tres: la relación con el lenguaje como una forma de resistencia. Guerriero lo definió con precisión: hay algo en la escritura que consiste en vencer una resistencia “amorosa” del lenguaje. Cuando esa resistencia cede, dijo, aparece un momento de satisfacción difícil de igualar.
La conversación derivó también hacia la idea de investigación en la ficción. Almada la describió como una búsqueda lateral, más cercana a las resonancias que a los datos. Lecturas, películas, músicas que dialogan con el texto en construcción. Cabezón Cámara habló de sus propias rachas de lectura, de los libros que la acompañan mientras escribe y de las huellas que dejan en sus obras.
Mientras tanto, la Feria seguía su curso alrededor. Los pasillos llenos, las filas para las firmas, las presentaciones simultáneas. Ese pulso constante que combina industria y cultura, mercado y vocación. Un equilibrio siempre inestable.
Hacia el final, como una coda inevitable, aparecieron ecos de otros años. Discursos que todavía resuenan en la memoria reciente. La tensión entre cultura e industria, la discusión sobre el valor del trabajo autoral, la pregunta por el dinero en un ámbito donde la pasión suele convivir con la precariedad.
La Feria del Libro vuelve, una vez más, a condensar todas esas capas. Es, al mismo tiempo, celebración y conflicto, encuentro y desgaste, resistencia y negocio. Un espacio donde la literatura se afirma, aun cuando las condiciones no siempre acompañan. Y donde, pese al cansancio y a la incertidumbre, el libro sigue siendo el centro de una escena que se rehúsa a desaparecer.
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