A 30 años del episodio

La ama de casa que se volvió radical, fue informante del FBI y casi asesina al presidente de Estados Unidos

La implicada disparó contra Ford desde 12 metros de distancia frente al Hotel St. Francis. Su vida inestable incluyó cinco matrimonios y una creciente paranoia por amenazas de radicales que descubrieron su doble rol.

Sara Jane Moore y Gerald Ford Foto: Collage

El 15 de enero de 1976, el aire en la sala del tribunal de San Francisco se sentía inusualmente pesado, cargado con el residuo de una violencia que la ciudad aún no terminaba de procesar. En el banquillo de los acusados se encontraba Sara Jane Moore, una figura que desafiaba cualquier estereotipo criminal de la época. No era una anarquista de juventud fogosa ni una revolucionaria de barricada, sino una mujer de mediana edad, madre de cinco hijos y antigua informante del FBI, cuya mirada errática ocultaba las motivaciones de un acto que casi cambia el curso de la historia estadounidense.

Solo cuatro meses antes, frente al Hotel St. Francis, Moore había alzado un revólver calibre 38 y apretado el gatillo contra el entonces presidente Gerald Ford. La bala pasó a escasos centímetros de la cabeza, desviada únicamente por la intervención heroica de un espectador. Al ser sentenciada a cadena perpetua, el juez Samuel Conti no solo dictó un castigo legal, sino que cerró un capítulo de paranoia nacional. La narrativa del juicio reveló a una mujer atrapada en una red de contradicciones ideológicas, alguien que buscaba validación en los movimientos que ella misma había espiado.

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Así, el veredicto fue recibido con una mezcla de alivio y desconcierto; la sociedad no lograba comprender cómo una figura tan aparentemente convencional se había transformado en un instrumento del caos. La sentencia de Moore se convirtió en un símbolo de la fragilidad del poder institucional frente a la imprevisibilidad del individuo. Mientras era escoltada fuera de la sala, su figura menuda contrastaba con la magnitud de la pena impuesta, una cadena perpetua que pretendía sepultar no solo a la agresora, sino también el clima de insurrección que amenazaba con normalizarse en las calles de California durante aquella década convulsa y sangrienta que definió el ocaso de los sueños hippies.

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El laberinto mental de una informante convertida en verdugo

La condena de Sara Jane Moore no fue simplemente el resultado de un atentado fallido, sino la culminación de un descenso psicológico hacia la alienación más profunda. Durante el proceso judicial  surgieron detalles fascinantes sobre su doble vida, donde la línea entre la lealtad al gobierno y la simpatía por los grupos de ultraizquierda se había difuminado hasta desaparecer. Moore había intentado desesperadamente ser aceptada por los grupos que orbitaban alrededor del caso de Patty Hearst, y su intento de magnicidio fue, en muchos sentidos, un grito desesperado por demostrar que su compromiso radical era auténtico y no una fachada burocrática.

Al recibir la sentencia de por vida, Moore no mostró el arrepentimiento que la fiscalía esperaba, sino una suerte de resignación intelectual. El entorno de los años setenta, marcado por el escándalo de Watergate y la desconfianza sistémica, sirvió como el caldo de cultivo perfecto para que una mujer con su historial de inestabilidad decidiera que la única salida era un acto de violencia definitiva. El juez Conti, al pronunciar las palabras finales del fallo, enfatizó que la sociedad no podía permitir que el desacuerdo político se tradujera en disparos en la vía pública.

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La exhaustiva investigación que precedió a la sentencia dejó al descubierto fallos sistémicos en la vigilancia de individuos considerados de alto riesgo, especialmente alguien que ya había estado bajo el radar de las autoridades poco antes del ataque. Su ingreso a la prisión federal de Alderson marcó el inicio de un largo encierro que duraría más de tres décadas, convirtiéndola en una de las pocas mujeres en la historia moderna en enfrentar las consecuencias totales de un intento de magnicidio, dejando tras de sí un debate inconcluso sobre la salud mental y la seguridad presidencial.