Elecciones en Brasil

Lula Da Silva, del Sertão a presidente de Brasil

Su figura ha cosechado un fuerte respeto internacional, durante sus tres gestiones presidenciales, y ahora enfrenta el balotaje.

Lula Da Silva Foto: AFP

(desde SAN PABLO) - A los 7 años de edad, con su madre y sus hermanos, Luiz Inácio da Silva dejó Garanhuns, en la catinga pernambucana, una zona semiárida de Brasil con árboles más bien bajos, con diversidad de cactus y plantas exclusivas de la región. Hasta entonces, había vivido con sus siete hermanos y su madre Dona Lindu, en una casa muy pobre, típica del agreste nordestino. En 1952, la familia decidió salir rumbo a San Pablo, donde llegó luego de 13 días de viaje sufriente en un camión, junto a otros migrantes. 

Después de más de siete decenios, ese niño que había abandonado por hambre la región semi desértica pernambucana, exhibe una larga historia de éxitos en el ámbito gremial y en el politico. Su figura ha cosechado un fuerte respeto internacional, durante sus tres gestiones presidenciales. Y ahora tiene en su haber un reconocimiento de las principales universidades del mundo, que le han entregado 42 diplomas de "Doctor Honoris Causa" . El último lo recibió este año de la Universidad Pedagógica de Mozambique.

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En 1955, a los 10 años pudo ingresar  en la escuela primaria, donde fue alfabetizado. Seis años más tarde, en 1961, ingresó en el Servicio Nacional de Aprendizaje Industrial, una institución financiada por las compañías industriales, de donde egresó con el título de  tornero mecánico, a los 19 años. A partir de  1964 y hasta 1979, aquel joven pasó por diversas etapas de formación y de lucha. 

Su primera experiencia gremial se inició precisamente el mismo año del triunfo del golpe de Estado: 1964. Fue precisamente el accionar de la dictadura militar lo que llevó a Lula a aproximarse  al Sindicato de los Metalúrgicos de San Pablo. Es cierto que su hermano mayor, Frei Chico, por entonces miembro del Partido Comunista de Brasil, le dió un empujón. En 1969, Lula pasó a integrar la dirección del gremio metalúrgico de San Bernardo del Campo --ciudad donde todavía vota--. Y en 1975 fue elegido presidente de la organización sindical. 

Setenta y tres años después que el niño se viera obligado a dejar Pernambuco, el presidente Lula da Silva está dispuesto a luchar por su cuarto mandato. No es una cuestión de orgullo personal; es mucho más que eso. El presidente sabe que la ultraderecha bolsonarista puede llevar a su  país al borde del abismo. 

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El Estado de Bienestar

Al ser elegido presidente de su gremio, Lula inició un viaje a Europa, y luego a Estados Unidos. En el “Viejo Continente” logró abrevar en fuentes claves: el sindicalismo, la socialdemocracia y el eurocomunismo.  Pudo observar también los alcances de las políticas sociales del “Estado de Bienestar”. De ese caldo político, y de su extraordinaria naturaleza combativa, nació el Partido de los Trabajadores en febrero de 1980. Y por esas cosas del destino, el alumbramiento de esa agrupación partidaria se produjo en la Capilla de Sion, un espacio histórico y de la Iglesia Católica, liderada por el arzobispo franciscano Evaristo Arns, que se ubica en el barrio Higienópolis en San Pablo.

En 1982, Lula estuvo al frente de las movilizaciones por el reclamo de las elecciones directas para presidente de la República, hasta entonces realizadas por un colegio electoral que el régimen dictatorial había logrado controlar. En 1985, asume José Sarney la presidencia por votos del Congreso. Fue en ese contexto que creció el Partido de los Trabajadores y se desarrollaron las ambiciones presidenciales de Lula da Silva. Por entonces también habían cobrado fuerza otras organizaciones políticas de centro, como el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), el Partido Democrático del Trabajo (PDT) y el Partido Laborista Brasileño (PTB). 

Con todo, los ciudadanos brasileños debieron aguardar a la Constitución de 1988 para celebrar un año después las primeras elecciones directas, por las que habían luchado férreamente durante dos decenios. Esa fue la primera contienda en la que se presentó el actual líder brasileño. Los comicios le dieron la victoria a Fernando Collor de Mello, un gobernante que duró muy poco. Apenas dos años después de asumir la presidencia, el Congreso le inició un proceso de “impeachment” que terminó con su caída y reemplazo por el vicepresidente Itamar Franco. 

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Los dos períodos siguientes, desde 1995 a diciembre de 2002, fueron gobernados por Fernando Henrique Cardoso, el sociólogo que cambió la moneda nacional del cruzeiro al re​al, una mudanza exitosa que se mantiene hasta hoy. Compitió en los comicios de 1994 y 1998 con Lula, era visto en la época como ex obrero metalúrgico y, desde ese posición, fue menospreciado por las fuerzas de centro derecha.  

La gran transformación de Brasil sobrevendría, precisamente con su primera victoria, en octubre de 2002, cuando le tocó enfrentar al ex izquierdista José Serra. Se suponía que este político, del Partido de la Social Democracia de Brasil (PSDB) fundado por el propio Cardoso, habría de continuar la gestión del célebre antecesor. Pero la crisis económica, expresada en una devaluación aguda del real (pasó de igualarse a un dólar, a la disparidad de 4 reales por divisa estadounidense), le puso fin a las esperanzas del PSDB, partido que con el tiempo selló su propio declive, del cual nunca se logró recuperar.  

Entre 2001 y 2002, Lula consagró su cambio de estilo político con la consigna: “Lulinha paz y amor”. Del combativo sindicalistas, visto como de izquierda, apareció otro personaje, desde luego moderado y con capacidad para negociar “con Dios y con el Diablo”. Eso le permitió impulsar el plan “Hambre Cero” y cumplir con varias de las metas sociales prometidas en sus discursos. Lo cierto es que en 2006 fue reelecto para un segundo mandato, después de derrotar a su actual vicepresidente Geraldo Alkcmin, afiliado en la época a la socialdemocracia autóctona. Lula obtuvo entonces una votación récord de 62% y terminaría su gestión con una popularidad nunca vista en el país: la aprobación de 83% del pueblo brasileño. En esos último cuatro año logró lanzar el PAC (Programa de Aceleración del Crecimiento) destinado a mejorar la infraestructura del país; consiguió enfrentar con mucho éxito la crisis financiera global de 2008, por obra y gracia de sus medidas contracíclicas; impulsó a Petrobras para la explotación de hidrocarburos del llamado “pre sal”, es decir, yacimientos localizados en el mar; y generó, así, una fuerte expansión del consumo interno, con un importante crecimiento del PBI.

En 2010 tuvo otro suceso: logró imponer a su sucesora Dilma Rousseff; a tal punto que esta economista pudo presentarse y ganar su reelección en 2014, frente a un senador del PSDB muy complicado: Aecio Neves. Tal como este político había predicho al final de ese año, a Dilma la “desangrarían” a través de un impeachment del Congreso, en 2016, que la juzgó por tratar de preservar el equilibrio fiscal. Todo empezó en 2013, con manifestaciones universitarias que crecieron a partir de una reivindicación del boleto estudiantil. Pero en 2014 se transformaron: esta vez las protestas llenaron la Avenida Paulista con consignas contra la “corrupción” de los gobiernos de Lula y de su sucesora. Desde luego, fue una operación manipuladora de una socialdemocracia decadente, que buscaba desesperada volver al Palacio del Planalto. Contó, a partir de entonces, con el inestimable apoyo del juez federal de Curitiba, Sergio Moro, electo en 2026 como gobernador de Paraná por la extrema derecha. El magistrado mantiene vínculos con el Departamento de Estado desde 2007; ese año participó en un programa de entrenamiento a “líderes internacionales” en el área de Justicia, y luego siguió en contacto hasta la actualidad. Se sabe que durante el juicio bautizado “lava jato” contra Lula, mantuvo frecuentes reuniones “informales” con autoridades y procuradores norteamericanos.

En 2016, después del derrocamiento de Dilma, su vice, Michel Temer asumió la presidencia del país. Temer es un político oportunista del MDB, que aprovechó la gestión para introducir cambos neoliberales, con la intención entre otras cosas de cortar el financiamiento de las confederaciones sindicales de Brasil.

De su gestión de dos años, donde participaron ex comunistas convertidos en social demócratas retrógrados como Aloysio Nunes al frente de la Cancillería y Roberto Freire, ministro de Cultura. Lo que vino después, a partir de 2018, fue el gobierno de ultra derecha de Jair Bolsonaro. No por acaso, en abril de ese año Lula fue detenido por presunta corrupción pasiva, gracias a las operaciones políticas del juez Moro. Eso le impidió presentar una nueva candidatura presidencial, para desplazar a Bolsonaro. Recién fue liberado a fines de 2019 y, en 2022, pudo competir nuevamente con su notorio adversario y ganarle por dos puntos de diferencia.  Esos comicios dibujaron un escenario electoral nuevo, con el ascenso de Jair Bolsonaro, una personalidad procedente del interior paulista y educada en la academia militar Agujas Negras, de donde salió como capitán, por obra y gracia de sus negociaciones posteriores con la cúpula del Ejército.

El retorno de Lula a Brasilia no fue pacífico. El entonces presidente Jair, padre del actual candidato Flavio Bolsonaro, organizó una semana de gran violencia que culminó el 8 de enero con un claro intento de golpe de Estado. Según se afirma, el Presidente, recién nombrado y amenazado de muerte, pudo superar esa dramática situación porque sectores de las Fuerzas Armadas se opusieron al plan bolsonarista. Pero, sin duda, también influyó un espíritu de osadía, que le permitió jugarse a fondo por la democracia y contra el proceso dictatorial que representaba el ex mandatario ultra derechista. También es cierto que contó con el apoyo del ex diplomático norteamericano Thomas Shanon y del presidente de Estados Unidos Joe Biden. 

Hoy, la situación en el mundo es controversial: con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca y los cambios sociales, tecnología mediante, todo el espacio está inundado por manipulaciones extremistas, especialmente en Latinoamérica, donde Trump quiere establecer el propio imperio norteamericano.  De tal suerte que, mientras Luiz Inácio Lula da Silva defiende la soberanía brasileña a capa y espada, el senador Flavio, el hijo del ex mandatario Jair, propone ser subsidiarios de Washington. Al punto que le ha pedido al secretario de Estado Marco Rubio que le mande una misión de funcionarios estadounidenses, para participar del proceso de transición en un eventual gobierno suyo.