A los 14 años empezó a trabajar en una fábrica y, décadas después, llegó a la presidencia de Brasil tras convertirse en uno de los principales dirigentes sindicales de la lucha contra la dictadura militar. Luiz Inácio Lula da Silva construyó una trayectoria marcada por ascensos, derrotas, prisión y regreso al poder. A punto de cumplir 81 años, busca un cuarto mandato frente a Flávio Bolsonaro, en una elección que pone a prueba su legado y la vigencia de su liderazgo.
Nacido en una familia campesina pobre de Pernambuco, en el nordeste brasileño, Lula llegó al Palacio del Planalto en 2003, después de tres candidaturas fallidas. Sus primeros dos gobiernos estuvieron marcados por la expansión de las políticas sociales, el crecimiento económico y una proyección internacional que lo convirtió en una de las principales figuras de la izquierda latinoamericana.
Su historia política también quedó atravesada por las causas de corrupción que lo llevaron a prisión durante 580 días, entre 2018 y 2019, y cuyas condenas fueron posteriormente anuladas. Tras derrotar a Jair Bolsonaro en 2022, regresó a la presidencia y ahora enfrenta un nuevo desafío: defender los resultados de su trayectoria frente a una derecha que busca desplazarlo del poder.
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Del hambre al Palacio del Planalto
Nacido el 27 de octubre de 1945 en una familia campesina pobre de Pernambuco, en el nordeste brasileño, Lula se trasladó con su familia a la región industrial de San Pablo en busca de mejores oportunidades. Comenzó a trabajar a los 14 años y, durante su paso por una fábrica, perdió un dedo. Su identidad política se forjó como obrero metalúrgico y dirigente sindical.
A fines de la década de 1970, en plena dictadura militar, encabezó importantes huelgas y se convirtió en una figura central del movimiento obrero. Después de tres candidaturas presidenciales fallidas, llegó al poder en 2003.
Reelegido en 2006, dejó la presidencia con niveles récord de popularidad, favorecido por la expansión de las políticas sociales y el crecimiento económico asociado al auge de las materias primas. Bolsa Familia, el programa de asistencia destinado a hogares de bajos ingresos, se convirtió en uno de los principales símbolos de su gestión.
Su proyección también excedió las fronteras brasileñas: Lula se presentó como defensor del multilateralismo y portavoz del Sur Global. Sus vínculos con gobiernos autoritarios de izquierda, como el de Hugo Chávez en Venezuela, alimentaron, sin embargo, las críticas a su política exterior.
La cárcel y el regreso al poder
La trayectoria de Lula quedó marcada por una condena por corrupción que lo llevó a pasar 580 días en prisión, entre 2018 y 2019. Las sentencias fueron posteriormente anuladas por cuestiones de competencia y por la parcialidad del juez que había intervenido en su caso. Aunque recuperó sus derechos políticos, sus adversarios mantienen esas causas como uno de los principales ejes de sus cuestionamientos.
En 2022, Lula derrotó por un margen estrecho al entonces presidente Jair Bolsonaro y regresó al poder. Su tercer mandato recuperó políticas sociales debilitadas por su antecesor y buscó frenar la destrucción de la Amazonía. Sin embargo, también quedó expuesto a las dificultades para construir una agenda que se diferenciara de sus gobiernos anteriores.
Esa tensión atraviesa su nueva candidatura. Lula apela a los logros de su trayectoria, mientras sus adversarios cuestionan la vigencia de su proyecto. Para el mandatario, la elección representa una defensa de la democracia frente a la extrema derecha; para Flávio Bolsonaro, en cambio, su rival está concentrado en conservar el poder.
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La edad y el legado
A punto de cumplir 81 años, Lula también debe afrontar las preguntas sobre el desgaste físico y su capacidad para sostener una nueva etapa de gobierno. Después de atravesar un cáncer de piel, su imagen cambió: el cabello y la barba que antes eran negros se volvieron grises. Él, sin embargo, asegura que se encuentra en mejor forma que nunca.
Los videos de sus rutinas de ejercicio forman parte de esa construcción pública. También lo hace la presencia de su esposa, Rosângela da Silva, conocida como Janja, a quien atribuye parte de su vitalidad. La primera dama, de 60 años, ganó protagonismo político, aunque recibió críticas después de los resultados de la primera vuelta.
La centralidad de Lula también expone una dificultad para su espacio: el liderazgo continúa estrechamente ligado a su figura, sin un sucesor que represente de manera indiscutida la continuidad del proyecto.
El balotaje del 25 de octubre pondrá a prueba su capacidad para sostener ese legado y convencer a los brasileños de que su experiencia todavía puede marcar el rumbo del país. Su lugar en la historia, de todos modos, excede el resultado electoral: ningún otro presidente elegido democráticamente gobernó durante tanto tiempo el país más grande de América Latina.
En 2024, ante periodistas extranjeros en su residencia de Alvorada, Lula resumió su confianza en su trayectoria con una frase que hoy también funciona como argumento de campaña: «No hay nadie en este país con más experiencia como presidente que yo».