el filósofo alemán tenía 96 años

Murió Jürgen Habermas, quien planteó que bastaba el diálogo para resolver los conflictos

Este alemán de 96 años fue el intelectual más influyente de su generación. Jürgen Habermas estuvo presente en todos los grandes debates que surgieron tras las dos guerras mundiales, aportando una mirada que combinó filosofía y política, pensamiento y acción. En sus últimos años de su vida, bregó por un proyecto federal europeo porque temía que, como en el siglo XX, el Viejo Continente sucumbiera ante rivalidades nacionalistas. Murió ayer en Alemania.

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Con la muerte de Jürgen Habermas se cierra el siglo XX. Se clausura el último gran intento de fundamentar la convivencia humana sobre la arquitectura del entendimiento. La idea de que la razón, por sí sola, basta para sostener el edificio de eso que supo llamarse civilización. Habermas encarnó esa esperanza con una obstinación casi clásica. Su proyecto filosófico descansaba sobre una convicción simple y exigente: los conflictos humanos pueden encontrar una forma de resolución racional a través del diálogo. 

Ética del discurso. En el fondo, toda su obra gira alrededor de esa intuición. La democracia moderna encuentra su legitimidad en la deliberación pública. Las normas valen cuando pueden ser aceptadas por todos en condiciones de discusión justa. Habermas llamó a esto “ética del discurso”. Se trata de una apuesta por una razón que solo se realiza plenamente en los actos de hablar, escuchar, argumentar, responder. Escenas que, en era de la poshumanidad, difícilmente vuelvan a repetirse. Esa confianza definió el espíritu de la segunda mitad del siglo XX. Después de Auschwitz y después de Hiroshima, la filosofía europea apostó a reconstruir el mundo sobre una base distinta a la violencia. Habermas creyó que la razón comunicativa podía ofrecer ese fundamento. Hoy esa promesa atraviesa una crisis evidente. La esfera pública se fragmenta bajo la presión de las redes, los algoritmos y la economía de la atención. El espacio del debate racional cede terreno frente a la velocidad, la emoción inmediata y la lógica del espectáculo. 

Charla con Ratzinger. Hay un gesto de su trayectoria que adquiere hoy una actualidad sorprendente. En 2004, Habermas mantuvo un diálogo público con Joseph Ratzinger, el teólogo que luego sería el papa Benedicto XVI. Aquella conversación giró alrededor de una pregunta decisiva: ¿puede la razón moderna sostener por sí sola el edificio moral de nuestras sociedades?

En aquel encuentro, el filósofo de la razón secular y el teólogo de la tradición quedaron situados frente a una paradoja decisiva de la modernidad: el Estado liberal vive de presupuestos normativos que no produce por sí mismo. Jürgen Habermas reconoció allí que la razón procedimental, aun cuando organiza el debate público y ordena las instituciones, rara vez despierta la energía moral capaz de sostener a una comunidad política. 

El intercambio con Ratzinger dejó al descubierto que la modernidad funciona como una arquitectura que se apoya sobre sedimentos éticos y religiosos previos, mientras intenta reemplazarlos por una gramática puramente técnica. Vista desde el presente, aquella conversación adquiere una fuerza inesperada. 

Dilema de la IA. La crisis contemporánea del lenguaje público, la polarización política y la erosión del sentido compartido revelan que el problema planteado allí sigue abierto. La democracia necesita razones. La comunidad necesita una fuente ética que alimente esas razones. Esta vulnerabilidad de la razón cobra una dimensión crítica frente al auge de la inteligencia artificial. Si la propuesta habermasiana exigía una “acción comunicativa” –donde los sujetos buscan el entendimiento mutuo–, la era del algoritmo impone la “acción estratégica” definitiva. La IA representa la culminación de la razón instrumental: un sistema que optimiza resultados sin pasar por el filtro de la conciencia ni del reconocimiento del otro.

El peligro actual radica en que el lenguaje, antes vehículo de emancipación, se convierta en un producto de procesamiento estadístico. Cuando un algoritmo genera un discurso, se anula la posibilidad de responsabilidad. Podemos afirmar que la IA coloniza el “mundo de la vida” al automatizar el consenso, sustituyendo el debate público por la ingeniería de la atención y la manipulación de sesgos. 

Tal vez por eso su muerte deja una pregunta suspendida sobre nuestro tiempo. Si el siglo XX creyó en la fuerza civilizadora del diálogo, el siglo XXI deberá decidir si quiere continuar esa apuesta o si prefiere abandonar el terreno de la razón para entrar definitivamente en la era de la delegación cognitiva; una época en la que el silencio del pensamiento es reemplazado por la eficiencia del cálculo. Y del ser humano que conocimos va quedando bastante poco.

* Filósofo