Enseñanzas y conciencias

El juicio de Loan y la batalla más antigua de la humanidad

Mientras el Tribunal Oral Federal intenta reconstruir la verdad sobre la desaparición de Loan Danilo Peña, el proceso vuelve a recordarnos que toda sociedad termina decidiendo, una y otra vez, de qué lado quiere estar: del lado del miedo o del de la dignidad humana.

Juicio Loan Peña Corrientes Foto: Imagen Web

Existen lugares donde la historia deja de transcurrir para comenzar a pesar

No porque el tiempo se detenga, sino porque cada día adquiere una densidad distinta. Lugares donde las palabras pesan más que en cualquier otro sitio. Donde cada silencio tiene un significado. Donde cada mirada es observada con la intensidad con la que se observa aquello que puede modificar el destino de una persona.

Desde hace semanas, uno de esos lugares es el Escuadrón de Gendarmería Nacional de Corrientes.

Allí se desarrolla el juicio oral por la desaparición de Loan Danilo Peña.

Sin embargo, sería un error pensar que únicamente se está desarrollando un proceso penal.

En realidad, allí vuelve a representarse una discusión tan antigua como la propia civilización: la lucha permanente entre quienes creen que el poder puede imponerse mediante el miedo y quienes sostienen que la verdad sólo puede construirse respetando la dignidad humana y las garantías del proceso.

Esa tensión no nació con Loan. Acompaña al Derecho desde sus orígenes.

Loan Peña tenía 5 años cuando desapareció, el 13 de junio de 2024

El bien y el mal

Cuando la filosofía entra a la sala de audiencias

Aristóteles enseñaba que la justicia constituye la virtud más perfecta porque siempre mira al otro antes que a uno mismo. Santo Tomás de Aquino explicaría siglos más tarde que el mal no posee existencia propia, sino que aparece allí donde el bien deja un vacío.

Hannah Arendt advertiría que muchas de las peores tragedias de la humanidad no fueron ejecutadas por monstruos extraordinarios, sino por personas comunes incapaces de pensar críticamente.

Cuando la confusión y el silencio terminan desplazando a Loan del centro de la escena

Viktor Frankl demostraría, desde la experiencia más brutal del siglo XX, que incluso en el sufrimiento extremo el ser humano conserva la libertad de elegir su actitud frente al mal. Ninguno de ellos escribió pensando en Corrientes. Y, sin embargo, todos parecen haber dejado palabras para comprender lo que hoy sucede allí.

Todas esas ideas parecen extraordinariamente actuales cuando uno observa lo que sucede hoy en Corrientes.

El juicio

Mientras un niño de cinco años continúa desaparecido y una familia sigue esperando respuestas, la provincia también enfrenta investigaciones complejas vinculadas al crimen organizado, al narcotráfico y a organizaciones transnacionales cuya lógica consiste precisamente en reemplazar la ley por el miedo, el dinero y la violencia.

En Corrientes no está sentado en el banquillo el bien ni el mal. Están sentadas personas. Hombres y mujeres concretos, con nombre, historia, derechos y garantías. Sin embargo, a través de sus decisiones, de sus silencios, de aquello que dicen y de aquello que callan, reaparece una pregunta tan antigua como la propia humanidad: ¿qué hace el ser humano cuando puede elegir entre el bien y el mal?

Son fenómenos distintos. Expedientes distintos. Pero ambos interpelan la misma pregunta. ¿Qué clase de sociedad queremos ser?

No es casual que los grandes maestros del Derecho Procesal Penal hayan colocado siempre a la oralidad en el centro de la justicia.

Hace más de cuatro décadas tuve el privilegio de conocer, estudiar y rendir examen con el doctor Ricardo Levene (h). Aún recuerdo aquellas conversaciones que comenzaban hablando de Derecho y terminaban hablando de filosofía, de ética y, muchas veces, del amor por la condición humana.

Desde que comenzó este juicio oral casi nadie pronunció la palabra "amor". Sin embargo, estuvo presente, silenciosamente, en la voz de la madre, del padre y de los hermanos de Loan. Todos hablaron, en definitiva, del mismo amor: el que siente una familia por un hijo que todavía espera regresar.

 

El centro siempre era la persona

Con los años comprendí que esa no era solamente una lección de Derecho Procesal. Era, sobre todo, una lección sobre la condición humana.

Levene hablaba despacio. Nunca transmitía la sensación de estar enseñando un artículo. Parecía más interesado en formar juristas que abogados. Repetía, casi sin decirlo, que antes de interpretar un código había que aprender a mirar a las personas.

Con los años comprendí que aquella enseñanza no era solamente una lección de Derecho Procesal ni una definición académica. Era, sobre todo, una manera de entender la justicia y, antes que eso, una forma de comprender la condición humana. Cuando la persona desaparece detrás del expediente, el Derecho empieza a perder su razón de ser.

El humilde maestro comprendía que un expediente nunca podría reemplazar aquello que solamente produce la inmediación: escuchar directamente a un testigo, observar un silencio inesperado, advertir una vacilación, percibir una emoción imposible de describir en un acta. La inmediación consiste precisamente en eso: estar presente. Justamente aquello que Loan no puede hacer hoy para contar su dolor, su soledad, su miedo o su sufrimiento.

La paradoja conmueve. El juicio oral nació para que las personas pudieran ser escuchadas directamente por quienes deben decidir. Pero el protagonista de este juicio permanece ausente. No puede hablar. No puede mirar al Tribunal. No puede responder preguntas. Toda la comunidad jurídica intenta reconstruir su historia precisamente porque él no puede contarla.

La oralidad no representaba únicamente una técnica moderna. Era una garantía. Una forma de impedir que la justicia terminara administrando papeles en lugar de comprender seres humanos.

Décadas después, aquella intuición aparece con una fuerza extraordinaria. Hoy todos hablan del "juicio oral". Pocos recuerdan cuánto costó construir esa conquista.

Durante generaciones enteras predominó un modelo predominantemente escrito donde el juez conocía los hechos a través de lo que otros redactaban. Muchas veces ni veía a nadie de las partes. Y por supuesto, la víctima no existía desde el punto de vista que hoy lo reconoce nuestra Ley 27.372.

 

La oralidad modificó esa lógica para siempre

Como enseñan Alberto Binder, Michele Taruffo, Guillermo Yacobucci, Carlos González Guerra y Jordi Ferrer Beltrán, la prueba nunca consiste simplemente en acumular documentos. Lo que realmente se someten a examen son las afirmaciones formuladas sobre los hechos y la calidad racional de las razones que permiten aceptarlas o rechazarlas.

Por eso el juicio oral constituye mucho más que una etapa procesal. Es el momento en que el Derecho vuelve a encontrarse con la realidad. En Corrientes declaran padres, hermanos, vecinos, investigadores, científicos, peritos y funcionarios.

Todos aportan fragmentos de una verdad que ninguna hoja escrita puede reconstruir por sí sola.

Loan: los jueces caminaron el barro donde el expediente ya no alcanza

Y, mientras tanto, la figura de Loan continúa ocupando el lugar que jamás debió abandonar. Su ausencia lucha contra el silencio, contra el olvido y contra la oscuridad. Sus representantes hablan por él allí donde él ya no puede hacerlo.

Porque detrás de miles de fojas sigue existiendo un niño. No un expediente. No un número de causa. No un fenómeno mediático. Un hijo. El hijo de alguien. El hermano de alguien. El nieto de alguien. Y esa diferencia cambia absolutamente todo.

Criar un hijo. Protegerlo.

Criar un hijo es también entre muchas otras cosas aceptar con una felicidad que ninguna explicación consigue abarcar, que la propia vida dejará de girar alrededor de uno mismo para comenzar a hacerlo alrededor de otra persona. Significa renunciar sin sentir que se renuncia.

Ninguno de esos gestos figura en los códigos. Sin embargo, dormir menos para velar un sueño, atravesar una noche en vela junto a una fiebre, comer después para alimentar primero, llevarlos y traerlos del jardín o de la escuela, postergar deseos para construir futuros, ayudar con una tarea, sostener una mano cuando aparece el miedo o abrazarlos después de una derrota explican mejor que muchos tratados —y quizá mejor que cualquier código— qué significa la dignidad humana. Porque el verdadero amor no se declama: se ejerce cada día en miles de gestos diminutos, silenciosos e invisibles que, precisamente por su sencillez, terminan construyendo las cosas más grandes e importantes de la vida.

Son esas pequeñas escenas, aparentemente simples, las que terminan edificando las cosas verdaderamente importantes de la vida. Por eso cuesta comprender cómo alguien puede mentir, ocultar o disfrazar la verdad cuando de la vida, la libertad o el destino de un niño se trata.

¿Qué fuerza puede ser más poderosa que el llanto de una madre o la desesperación silenciosa de un padre? ¿Qué interés material puede pesar más que la conciencia? ¿Cómo se soporta el silencio cuando se sabe que una familia vive cada amanecer con una silla vacía y una esperanza que se niega a morir?

El Derecho puede imponer condenas; la Justicia puede dictar sentencias. Pero hay un tribunal anterior y más exigente que cualquier código: el de la propia conciencia. Allí no existen abogados, ni estrategias, ni tecnicismos. Allí sólo quedan el corazón, la verdad y la pregunta que cada ser humano deberá responder alguna vez: ¿qué hice cuando un niño necesitaba que dijera la verdad?

 

Los rastrillajes en el Caso Loan nunca condujeron a nada.

La enseñanza más profunda

Quizás esa sea la enseñanza más profunda del juicio.

La justicia nunca debería permitir que el volumen del expediente eclipse el rostro de la víctima. Loan sigue sonriendo en las fotografías con esa expresión pícara y traviesa que el país entero aprendió a reconocer. Esa sonrisa se convirtió, paradójicamente, en una forma de resistencia contra el olvido. Cada audiencia recuerda que la investigación no gira alrededor de teorías, especulaciones ni intereses ajenos.

Gira alrededor de un niño cuya ausencia continúa siendo una herida abierta.

Al mismo tiempo, las investigaciones contra organizaciones criminales demuestran que el desafío contemporáneo del sistema judicial excede largamente los delitos individuales. Allí donde el crimen organizado intenta construir territorios gobernados por el miedo, la respuesta del Estado no puede limitarse a la persecución penal. Debe reafirmar, todos los días, que ninguna estructura criminal puede reemplazar a la ley.

En definitiva, el verdadero combate no enfrenta solamente a fiscales con defensores o a acusaciones con estrategias de litigación. Enfrenta dos concepciones del mundo.

Una entiende que el poder nace de la intimidación, la violencia, el silencio impuesto y la cosificación de las personas.

La otra sostiene que ninguna sociedad puede sobrevivir si abandona la verdad, las garantías, la dignidad humana y la centralidad de las víctimas.

Por eso el juicio de Loan trasciende ampliamente a los imputados. Interpela a jueces, abogados, periodistas, docentes, estudiantes y ciudadanos.

Nos obliga a preguntarnos qué hacemos cuando una víctima desaparece detrás de los expedientes, de las discusiones políticas o de la velocidad con que la sociedad consume noticias.

Hace muchos años Ricardo Levene (h) enseñaba que la oralidad permitiría acercar la justicia a la realidad. Tal vez hoy podamos agregar algo más.

La oralidad también acerca la justicia a la conciencia.

Porque quien escucha directamente a una madre, a un padre, a un hermano o a un niño sobreviviente ya no puede refugiarse cómodamente en la distancia del papel.

Quizás esa sea la verdadera misión del proceso penal moderno.

No solamente descubrir la verdad jurídica.

También impedir que olvidemos que detrás de cada expediente existe un ser humano.

Mientras esa idea permanezca viva, la sonrisa de Loan continuará preguntándonos quiénes somos como sociedad. Porque llegará el día en que este juicio termine, las sentencias sean dictadas y los expedientes ocupen un lugar en los archivos judiciales. Pero habrá una pregunta que seguirá esperando respuesta mucho después de que el último juez abandone la sala de audiencias: ¿fuimos capaces de estar a la altura del dolor de un niño y de la esperanza de una familia? Esa respuesta ya no dependerá solamente de los tribunales. Dependerá de todos nosotros. Porque el mal casi nunca comienza con un gran estruendo. Casi siempre empieza cuando el bien deja de ocupar el lugar que le corresponde.