Frutinovelas y legos iraníes: revolución audiovisual a un prompt de distancia
¿Por qué un tomate que es engañado por una pera con una banana, y Legos humillando al hombre más poderoso del mundo, pueden revolucionar la cultura pop?
En la ciudad colombiana de Cali, William Rico, un estudiante de diseño industrial de 26 años, tuvo que hacer un trabajo práctico para aprobar una materia. Debía utilizar inteligencia artificial para escenificar futuros posibles.
Recurrió a un viejo formato narrativo con el que creció: la telenovela. Combinó el drama recurrente de infidelidades y traiciones de los culebrones como Rosaura o María Mercedes con los videos cortos de tipo brain rot, en los que con pocas escenas fáciles de entender se cuenta una historia sobre frutas.
William no tenía idea de que estaba redefiniendo la producción audiovisual. Mientras una serie promedio de Netflix puede acumular entre 10 y 50 millones de visualizaciones globales en sus primeras semanas —medidas en “horas vistas”—, algunas frutinovelas superan decenas de millones de reproducciones en pocos días en TikTok o Instagram.
La diferencia no es solo de escala, sino de velocidad y costo: una serie requiere años y millones de dólares; una frutinovela, horas y herramientas de IA. Además, el consumo es distinto: Netflix compite por atención prolongada, mientras las frutinovelas capturan micromomentos repetidos, potenciados por el algoritmo. No es que las superen en prestigio o ingresos, pero sí en algo clave hoy: capacidad de volverse omnipresentes en tiempo récord.
A 14 mil kilómetros de distancia, en algún lugar de Teherán, el régimen iraní desarrolló la propaganda militar antiestadounidense basada en la estética Lego y creada también a base de inteligencia artificial. Las animaciones con música de rap de fondo conectaron con la erosión de la credibilidad de Donald Trump que, ante cada ultimátum al gobierno persa, hacía más presente el término “TACO”: Trump Always Chickens Out. Es decir, “Al final Trump siempre arruga”. Lejos de la banalidad de las frutinovelas, los legos transmiten la épica militar iraní, el carácter satánico de la administración Trump, los problemas económicos que se generan por el crecimiento del petróleo y la locura del presidente estadounidense, rodeado de derrotas militares, internas políticas y el caso Epstein.
Más allá de las diferencias temáticas, de estilo y el objetivo con el que fueron creadas ambas animaciones, hay algo que comparten: fueron vistas por millones de personas, participan del debate público y demostraron que se puede hacer producción audiovisual armado solo con una computadora.
Las frutinovelas y los llamados “legos iraníes” se hacen, en esencia, con las mismas herramientas de inteligencia artificial, y eso es lo verdaderamente revelador: no son fenómenos distintos, sino dos usos de una misma tecnología global. Plataformas como Seedance, Higgfield, Runway, Sora, Kling o Veo permiten crear escenas completas a partir de texto. El funcionamiento es simple: el usuario escribe una consigna —desde una infidelidad entre frutas hasta un ataque militar en estética de juguete— y la IA genera imágenes en movimiento con encuadre, iluminación y continuidad narrativa. Estas herramientas surgen del desarrollo de modelos de difusión y aprendizaje profundo entre 2022 y 2025, impulsados por empresas tecnológicas de Estados Unidos y China, que lograron automatizar la producción audiovisual a un nivel antes reservado a estudios profesionales.
El acceso es relativamente barato. Versiones pagas de Runway arrancan en torno a 15 dólares mensuales, Kling desde unos 8 dólares y Sora suele estar integrado en planes como ChatGPT Plus, cerca de los 20 dólares por mes. Lo que se paga no es solo la herramienta, sino la capacidad de escalar: más duración de video, mayor resolución —incluso 4K—, prioridad en generación y, sobre todo, consistencia de personajes, algo clave para construir historias por capítulos o series virales. El modo de uso también es uniforme: se escribe un prompt, se generan clips, se ajustan detalles y luego se editan para redes. Esa estandarización es lo que permite que, en paralelo, alguien en Cali produzca frutinovelas y otro equipo genere propaganda con estética LEGO. La tecnología no distingue entre ficción absurda y narrativa política: convierte cualquier idea en contenido visual listo para circular.
En el caso de Higgfield y otras, se pueden empezar a hacer pequeñas escenas de cinco segundos de manera gratuita para aprender y luego contratar planes básicos. Para hacer tanto los legos iraníes como las frutinovelas colombianas, un presupuesto de 120 dólares mensuales en planes PRO de las herramientas IA es suficiente. ¿Se entiende la potencialidad que esto tiene en materia de producción audiovisual? ¿Cuánto falta para que productoras enteras sean reemplazadas por algunos pocos prompteadores y guionistas?
La idea de que unos pocos “prompteadores” reemplacen a productoras enteras ya no suena futurista, sino inminente en ciertos segmentos. Autores recientes como Sachin Kamath sostienen que una persona puede hoy condensar el trabajo de varios perfiles técnicos, mientras informes de McKinsey & Company advierten que la IA no solo abarata costos, sino que reconfigura toda la cadena de valor audiovisual. Sin embargo, investigaciones como las de Yuying Tang muestran que los guionistas no desaparecen: mutan en directores de sistemas generativos. La tendencia es clara: menos equipos, más pequeños, pero más dependientes de plataformas y herramientas. La productora no muere; se miniaturiza y se vuelve invisible. En ese proceso, el poder se concentra en quienes dominan los flujos, los prompts y la narrativa.
El autor de la nota genera un video con IA de manera gratuita
Por otro lado, la misma dinámica veloz de la IA nos pone frente a un escenario tan posible como inquietante: ¿Cada usuario podrá ser una suerte de monoproductora audiovisual? En algunos años ¿se harán cortos con la misma sencillez con la que ahora se hacen memes? ¿Qué impacto tendrá esta realidad en la industria audiovisual y en la cultura en general?
A fuerza de competencia por la innovación, todo parece acercarse a ser como en la literatura. Finalmente todos podemos escribir, muchos lo hacemos, pero escritores reconocidos hay muy pocos. Talento, suerte y tiempo para dedicarse solo a la escritura son un cóctel que se prepara de manera desigual para cada aspirante a novelista o poeta.
El lado B de la revolución audiovisual
El lado B de la IA generativa —y en particular del video— es que lo que parece barato en dólares es caro en recursos físicos. Cada clip “gratis” se sostiene sobre centros de datos que consumen electricidad y agua a escala industrial. La literatura reciente empieza a poner números. Según el investigador del MIT Noman Bashir, los sistemas generativos pueden consumir “siete u ocho veces más energía” que cargas computacionales tradicionales. Esa intensidad se explica porque no recuperan información: la calculan en tiempo real, con GPUs trabajando al límite.
Aunque no hay cifras universales por segundo de video (las empresas no las transparentan), algunas estimaciones ayudan a dimensionar. Un análisis reciente sostiene que un video de apenas 5 segundos puede consumir una cantidad de energía comparable a conducir un auto a combustión durante 1,6 km. Es decir: generar una escena corta equivale, energéticamente, a un pequeño trayecto en auto.
El agua es el costo más invisible. Los centros de datos necesitan refrigeración constante: el calor que producen esos cálculos debe disiparse. Estudios citados por la OECD explican que ese consumo ocurre tanto en el enfriamiento directo como en la producción de electricidad. Para tener escala: entrenar un modelo grande como GPT-3 requirió unos 700.000 litros de agua dulce. Y aunque generar un video es mucho menos que entrenarlo, el problema es la repetición.
Incluso tareas más simples sirven como referencia. Un paper reciente muestra que una sola interacción compleja con IA puede implicar fracciones de litro de agua; extrapolado al video —mucho más pesado— el consumo crece rápidamente. A escala global, la huella hídrica de la IA podría alcanzar entre 4.200 y 6.600 millones de metros cúbicos para 2027.
Las consecuencias son concretas. La expansión de centros de datos ya está tensionando redes eléctricas y recursos hídricos locales, muchas veces en regiones con estrés hídrico. Además, el crecimiento es exponencial: el consumo energético de estos centros crece más rápido que otros sectores, impulsado por la IA.
La paradoja es clara: la IA democratiza la producción audiovisual, pero traslada el costo al ambiente.
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Lo que antes requería un equipo de personas hoy puede hacerlo una sola máquina… pero esa máquina necesita la escala energética de una infraestructura industrial. En ese sentido, cada video generado no es solo una pieza creativa: es también un pequeño gasto de agua potable y electricidad que, multiplicado por millones, empieza a parecerse a una industria pesada que a una herramienta digital.