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BLOOMBERG / Elecciones en Estados Unidos
jueves 8 noviembre, 2018

Voto obligatorio no acabará con polarización en EE.UU.: D. Moss

Cada elección en Estados Unidos genera amplias quejas sobre la enorme influencia de la gente relativamente activista que sale a votar, y reflexiones sobre cómo hacer las cosas mejor.

Daniel Moss

Las llamadas "midterms", elecciones de mitad de mandato, se celebran dos años después de la sorprendente victoria de Donald Trump en las presidenciales y se consideran un sondeo del apoyo al mandatario. Foto: DPA

El voto obligatorio lo mejoraría todo, ¿verdad?

Cada elección en Estados Unidos genera amplias quejas sobre la enorme influencia de la gente relativamente activista que sale a votar, y reflexiones sobre cómo hacer las cosas mejor. Esto se amplifica en la era de Donald Trump, el brexit y el auge de los partidos de extrema derecha en Europa.

Sistemáticamente la gente señala a Australia, donde el voto es obligatorio y se aplican multas a los que no cumplen. ¿No sacaría esto a relucir a todos los tipos razonables y centristas que de otra manera no llegarían a las urnas? ¿No podría así alcanzar todo el mundo el nirvana político y económico, sin más recesiones, disfunciones populistas ni bloqueos legislativos?

Lamento tener que decírselo: es una ilusión. Es cierto que Australia tiene algunos líderes inspirados, como el gobernador del Banco de la Reserva, Philip Lowe. Pero su sistema bipartidista está sometido a una gran presión. Los partidos minoritarios y extremistas están atrayendo más apoyo, algunos de los cuales promueven las reivindicaciones culturales y la ideología antiglobalización. También hay una división cada vez mayor entre la forma en que los residentes urbanos y rurales ven el mundo.

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Australia no es el único país con voto obligatorio. Otro gran país es Brasil, que tiene una historia de gobierno militar y que acaba de elegir como presidente a Jair Bolsonaro, un tipo duro de extrema derecha. No hay un modelo a seguir allí.

El voto obligatorio puede ocultar tendencias preocupantes, pero no hace que desaparezcan. En las elecciones federales de Australia de 2016, los partidos menores recibieron más votos que en ningún otro momento desde la Segunda Guerra Mundial. El país también ha tenido dos gobiernos sin mayoría en la Cámara de Representantes en la última década. Cuando el grupo gobernante debe depender de pequeños partidos o de un grupo de independientes para aprobar proyectos de ley, dirigir la nación se vuelve un asunto delicado. La incapacidad de presentar una narrativa de gobierno o nacional clara deja a los votantes desilusionados.

Incluso en ausencia de una recesión, Australia ha pasado por cinco primeros ministros desde 2007 (dependiendo de cómo se hagan los cálculos). La prosperidad no parece conducir a un mayor consenso: como ha señalado John Daley, del Grattan Institute, el apoyo a los partidos políticos menores ha aumentado durante los períodos de fuerte crecimiento salarial.

Muchos votos, pocos cambios

No todos los actores menores son extremistas. La mayoría de los independientes que tienen relevancia en la Cámara de Representantes tienen puntos de vista bastante convencionales. Su presencia refleja una creciente aversión por los dos principales bloques de partidos, que en general se parecen a los partidos republicano y demócrata en EE.UU. Pero en el Senado, los votantes se rebelan a gran escala. La cámara alta es un terreno fértil para los nativistas, populistas y presentadores de radio.

En un estudio reciente, titulado "A Crisis of Trust, the Rise of Protest Politics in Australia" (Una crisis de confianza, el auge de la política de protesta en Australia), Daley y la coautora Danielle Wood escriben que los grupos marginales tienen poco que decir sobre la economía o la desigualdad, que suelen citar como los orígenes para su apoyo. Si existe una noción común, es –prepárese– una mentalidad de "drenar el pantano". La percibida pérdida de identidad cultural también ha impulsado la división entre el campo y la ciudad y ha hecho de la inmigración y el comercio objetivos fáciles.

En resumen, el voto obligatorio no es un elixir mágico y ciertamente no ha evitado la polarización en Australia. Hay que buscar más profundo para encontrar una cura.

Esta columna no necesariamente refleja la opinión de la junta editorial o de Bloomberg LP y sus dueños.


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