El especialista en oratoria José María Rodríguez Sarachaga explicó en Canal E que una parte central de los discursos del odio es la contradicción entre agredir y luego victimizarse. Según planteó, existe un patrón comunicacional frecuente: figuras públicas que lanzan ataques, pero cuando reciben una respuesta proporcional apelan al rol de víctimas. Rodríguez Sarachaga calificó este mecanismo como un “tangalangazo”: insultar, provocar y luego exigir corrección política del otro lado.
Este comportamiento, según el experto, genera una doble exposición negativa porque deja en evidencia la inconsistencia entre el mensaje agresivo y la postura posterior de inocencia. La sociedad, afirma, detecta esa incongruencia y termina desconfiando del emisor del discurso.
La discusión sobre la cancelación y las asimetrías ideológicas
Rodríguez Sarachaga también abordó el funcionamiento de la cancelación dentro del debate político y cultural argentino. Sostuvo que algunos sectores gozan de mayor tolerancia social y mediática frente a expresiones provocadoras o agresivas, mientras que a otros se les exige un estándar más alto de corrección política.
En su lectura, la izquierda —o los sectores “progresistas”— han contado históricamente con un margen de maniobra discursiva más laxo, especialmente durante los años del auge del discurso identitario. Según explicó, durante un período bastaba portar determinados símbolos o banderas para legitimar cualquier frase o acción, incluso si se trataba de improperios o ataques personales.
Cuando las causas se desgastan: el ejemplo del movimiento Ni Una Menos
El especialista fue contundente al analizar cómo algunas causas sociales perdieron legitimidad por su propio uso partidista. Indicó que el movimiento Ni Una Menos nació con un objetivo genuino y transversal, pero terminó deteriorándose cuando sectores de conducción aplicaron criterios selectivos: condenaban con firmeza ciertos casos de violencia, pero silenciaban otros si afectaban a aliados políticos.
Ese sesgo sistemático, afirmó, erosionó la credibilidad del movimiento y debilitó una causa que originalmente contaba con amplio consenso social. Para Rodríguez Sarachaga, cuando una agenda se “bastardea” desde dentro, el desgaste es inevitable.
La cancelación selectiva y la pérdida de sentido de la corrección política
Finalmente, el especialista advirtió que la cultura de la cancelación —cuando se vuelve herramienta de censura y no de debate— termina provocando el efecto contrario al deseado. La reacción de prohibir, invisibilizar o castigar opiniones, especialmente de manera selectiva, deriva en un clima público cada vez más polarizado.
En este punto, su análisis coincide con diagnósticos de distintos expertos internacionales: cuando la corrección política se transforma en un arma partidaria y no en una guía ética, pierde peso moral y se convierte en un mecanismo de disciplinamiento más que de convivencia democrática. En línea con la nueva etapa política del país, el especialista remarcó que estas tensiones discursivas están cambiando y que muchos comportamientos antes aceptados ya no cuentan con la misma impunidad mediática.