Las excavaciones de Jacques de Morgan entre 1894 y 1895 en el complejo de pirámides de Dashur, en el sur de El Cairo, sacaron a la luz los restos del rey Hor y de cinco princesas: Ita, Khenmet, Itaweret, Noub-Hotep y Sathathormeryt. Los ataúdes de estas mujeres reales -cuatro de ellas, hermanas-, estaban bellamente decorados, contenían flechas y dagas, y fueron guardados en el sótano del Museo Egipcio hasta que científicos de la actualidad decidieron estudiarlas a fondo.
Una vieja polémica resuelta con nueva tecnología
Durante décadas, los científicos han debatido el significado de las armas halladas en las cámaras funerarias de algunas princesas del antiguo Egipto. Los egiptólogos discutían si eran objetos rituales, regalos simbólicos o herramientas prácticas. Ahora, una reevaluación de las momias de las cinco mujeres de la realeza del Imperio Medio ha demostrado que algunas princesas enterradas con armas podían elaborarlas ellas mismas y utilizarlas frecuentemente, según un estudio publicado en Frontiers in Environmental Archaeology.
El nuevo trabajo con tecnología de avanzada fue realizado por Zeinab Hashesh, del Departamento de Arqueología de la Universidad de Beni-Suef; Ahmed Gabr, del Sector de Egiptología del Ministerio de Turismo y Antigüedades de El Cairo; y Roxie Walker, del Instituto de Bioarqueología de Londres, en el Reino Unido.
"Los miembros de la familia real, especialmente las mujeres, participaban activamente en actividades que requerían destreza y esfuerzo físico, como el tiro con arco y la caza", revela Zeinab Hashesh. "Esta conclusión se ve respaldada por la forma en que sus huesos se desarrollaron para soportar un uso muscular intenso, lo que se corresponde directamente con las armas descubiertas en sus tumbas".

Mujeres tan poderosas físicamente como los faraones
El rey Hor fue un faraón de la Dinastía XIII que reinó alrededor del 1777 antes de Cristo, durante un período breve e inestable. Las cuatro princesas Ita, Khenmet, Itaweret y Sathathormeryt eran hijas del faraón Amenemhat II y vivieron unas décadas antes que el rey Hor, durante la Dinastía XII. La princesa Noub-Hotep, enterrada junto a Hor, pudo haber sido su hija o su esposa, aunque el estudio no lo confirmó con certeza.
Al estudiar los cuerpos momificados y los huesos, los investigadores descubrieron que "la princesa Ita era una mujer joven de entre 28 y 34 años con una musculatura fuerte en la parte superior del cuerpo, lo que sugiere que solía usar armas como mazas o dagas", detalla Hashesh.
"La princesa Khenmet era una mujer de entre 30 y 40 años que mostraba signos de adelgazamiento óseo, pero tenía ligamentos muy resistentes. La princesa Itaweret era una mujer joven de entre 20 y 34 años que sobrevivió a fracturas de costillas y de pie; su esqueleto demuestra que era una arquera experta".
Las robustas inserciones musculares en los huesos de las hermanas indican que eran muy activas físicamente, lo cual concuerda con el uso de armas. Evidencias similares muestran que la princesa Noub-Hotep y el rey Hor también eran arqueros.
"Encontramos un desarrollo notable en las extremidades superiores de estos individuos, lo que se correlaciona con acciones repetitivas y de alta intensidad, como tensar la cuerda de un arco o estabilizar un arma, lo que demuestra que estas actividades eran habituales a lo largo de sus vidas", señala Hashesh. "Esto explica directamente la presencia de arcos, flechas y mazas en las tumbas de las mujeres; no se trataba solo de regalos simbólicos, sino de herramientas que utilizaban activamente", destacó la agencia Europa Press.

Privilegios sociales pero no fisiológicos
Las fracturas curadas sin deformación ni infección son, según la investigación, “confirmación esquelética rara de la pericia médica practicada en un contexto real del Reino Medio”, en línea con el Papiro Smith, el texto médico más antiguo conocido sobre cirugía.
El análisis químico reveló una mezcla de incienso y resina de un tipo de enebro en casi todos los individuos, lo que indicó que el embalsamamiento seguía un protocolo estándar reservado para la élite.
Además, varios individuos compartieron anomalías congénitas en la columna vertebral, lo que apuntó a matrimonios dentro del mismo grupo familiar.
Los investigadores escribieron que los hallazgos “pintan un cuadro detallado de una familia real cuyo privilegio biológico —manifestado en el acceso a cuidados superiores y a un entorno protegido— no los protegió completamente de los desafíos fisiológicos de su tiempo”.

Comprender una dinastía a través de sus huesos
Este estudio se basó en recientes desarrollos en bioarqueología social y osteobiografía, que enfatizan la necesidad de ir más allá de la descripción de los datos esqueléticos.
La ubicación de las mujeres reales alrededor de los complejos piramidales fue intencional y funcionaba dentro de un sistema ritual más amplio que podía considerarse una “máquina para sobrevivir a la muerte”, destinada a asegurar el eterno renacimiento del faraón, explican los científicos.
“Dentro de este marco ideológico, las mujeres reales ostentaban el título de mesu-nisut (hijos del rey) y servían como agentes rituales cuya presencia era integral para la regeneración de su padre divino”, afirman los investigadores.
El cementerio de Dashur, vistas estas evidencias, no es sólo un paisaje mortuorio sino también un sistema biocultural en el cual los cuerpos, los objetos y las prácticas están vinculados. Los huesos, los músculos, los enterramientos y las armas hablan de las mujeres reales egipcias, casi en pie de igualdad con los faraones.
