CIENCIA
Hallazgo en la Patagonia

Un diminuto pariente del T. rex descubierto en la Patagonia pone en jaque la teoría de la miniaturización

El hallazgo en la Patagonia de Alnashetri cerropoliciensis, un diminuto terópodo emparentado con el T. rex, desafía la hipótesis de que su linaje evolucionó mediante una reducción progresiva de tamaño.

Tyrannosaurus rex
Tyrannosaurus rex | captura

En el imaginario colectivo, los dinosaurios carnívoros suelen asociarse con gigantes imponentes como el Tyrannosaurus rex. Sin embargo, un hallazgo reciente realizado en la Patagonia argentina propone un giro inesperado en la historia evolutiva de estos depredadores: una especie diminuta, del tamaño de una gallina, emparentada lejanamente con el T. rex, cuestiona una de las hipótesis más aceptadas sobre la evolución de su linaje.

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Se trata de Alnashetri cerropoliciensis, un terópodo no aviano cuya existencia fue confirmada gracias al descubrimiento de un segundo ejemplar —el primero completo— en el yacimiento La Buitrera, en la provincia de Río Negro. El hallazgo, publicado en la revista Nature por un equipo internacional de paleontólogos argentinos y estadounidenses, amplía de manera significativa el conocimiento sobre este extraño grupo de dinosaurios.

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Tyrannosaurus rex

Hasta ahora, la especie solo estaba representada por fragmentos de patas hallados en 2012. El nuevo fósil, en cambio, permite reconstruir con mayor precisión su anatomía y su lugar en el árbol evolutivo de los dinosaurios carnívoros.

A diferencia de sus parientes más célebres, el Alnashetri medía menos de 40 centímetros de alto y unos 70 centímetros de largo —más de la mitad correspondientes a su cola— y pesaba alrededor de un kilo. Vivió hace aproximadamente 95 millones de años en un entorno desértico, donde probablemente se alimentaba de pequeños vertebrados.

Su aspecto habría sido tan inusual como su tamaño. Los científicos deducen que poseía plumas, una dentadura compuesta por pequeños dientes afilados y sentidos particularmente desarrollados. Estudios comparativos sugieren que su visión y audición podrían haber sido tan agudas como las de aves nocturnas actuales.

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El análisis del fósil también aporta indicios sobre su biología reproductiva. La presencia de acumulaciones de calcio en el tejido óseo sugiere que el ejemplar podría haber sido una hembra en período reproductivo, aunque los investigadores no descartan por completo que se trate de una condición patológica.

Más allá de sus características físicas, el verdadero impacto del descubrimiento radica en sus implicancias evolutivas.

Durante años, los paleontólogos sostuvieron que los alvarezsáuridos —grupo al que pertenece este dinosaurio— habían experimentado una tendencia progresiva hacia la miniaturización. Esta hipótesis se apoyaba en hallazgos principalmente asiáticos, donde se documentaron especies cada vez más pequeñas a lo largo del tiempo.

Sin embargo, el Alnashetri contradice esa narrativa.

A pesar de su diminuto tamaño, coexistió con parientes más grandes dentro del mismo linaje. Esto sugiere que la evolución del grupo no siguió una línea de reducción gradual, sino que fue más diversa y compleja, con especies de distintos tamaños adaptándose a nichos ecológicos diferentes.

En otras palabras, no todos los descendientes de estos dinosaurios “encogieron” con el tiempo.

El hallazgo también contribuye a resolver otro debate histórico: la relación entre estos animales y las aves. En la década de 1990, algunos investigadores llegaron a considerarlos aves no voladoras debido a ciertas similitudes anatómicas.

Hoy, la evidencia apunta en otra dirección. Lejos de ser aves primitivas, los alvarezsaurios eran dinosaurios terópodos altamente especializados, más cercanos evolutivamente a otros carnívoros como el Gallimimus o incluso al propio T. rex que a las aves modernas.

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Su anatomía refuerza esta idea. Poseían brazos extremadamente reducidos en relación con su cuerpo, una característica que también aparece en grandes depredadores. En estos casos, la potencia de la mordida adquiría mayor relevancia funcional, relegando a las extremidades anteriores a un papel secundario.

Curiosamente, algunos de sus parientes más tardíos desarrollaron adaptaciones que sugieren dietas especializadas, como la capacidad de alimentarse de insectos sociales mediante una garra robusta y posiblemente una lengua alargada, en una estrategia similar a la de los osos hormigueros actuales.

La dispersión geográfica de estos pequeños dinosaurios también plantea interrogantes. Su presencia tanto en Asia como en Sudamérica sugiere movimientos migratorios antiguos, posiblemente facilitados por la configuración continental del Jurásico, cuando los continentes aún no estaban completamente separados.

El nuevo fósil abre, además, nuevas líneas de investigación.

Su estado de conservación permitirá realizar estudios biomecánicos, reconstrucciones musculares y análisis paleoneurológicos que podrían arrojar luz sobre su locomoción, comportamiento y capacidades sensoriales.

Para los investigadores, este diminuto depredador representa mucho más que una curiosidad biológica.

Es una pieza clave para comprender cómo evolucionaron algunos de los linajes más enigmáticos de dinosaurios carnívoros y, al mismo tiempo, una prueba de que la historia evolutiva rara vez sigue caminos simples o lineales.

LV