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legados II

Lectura borgeana

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¿Qué sería de nosotros sin Borges? ¿Qué habría sido de nosotros sin él?

Muchos autores nos procuraron grandes textos, grandiosos libros, incluso grandiosas obras. Pero Borges, además de eso, hizo algo más, menos usual, más de excepción. Nos reveló una manera de leer. O nos reveló que leer, eso que desde hace tanto se practicaba, no era lo que con frecuencia se pensó, sino una cosa más compleja, más interesante, más extraordinaria.

Al concebir de tal forma la lectura, Borges posibilitó también una idea tanto más rica de la escritura, y por lo tanto de la literatura, y por lo tanto del mundo. Leer no es simplemente recepcionar, es decir, acatar y reproducir lo leído. Leer supone crear, transformar lo leído, hacerlo existir en cada lectura de una manera distinta. Era su idea de la originalidad, una idea fabulosa por cierto: no la de inventar de la nada, sino la de reinventar algo existente.

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De este modo la lectura fue equiparada con la escritura: un acto de creación. Y por eso se pudo modificar, a la vez, el concepto mismo de escritura. Escribir es reescribir, producir lo nuevo desde lo ya escrito. ¿Podría algún heredero de Miguel de Cervantes Saavedra demandar a Borges, o a algún heredero de Borges, por la falsía de la aseveración de que el autor de El Quijote fue ese tal Pierre Menard? ¿Podría acusarlo alguno de difamación por afirmar incluso que El Quijote de Menard era superior al de Miguel de Cervantes Saavedra?

Ninguno hasta ahora ha sido tan zonzo, ninguno ha malentendido a Borges así. Todo lector, si no es pasivo e inerte, crea el texto que lee por medio de su lectura; todo escritor, si no pretende que la literatura empieza tan luego con él mismo, escribe a partir de lo que ha leído, reescribe lo que ha leído, se lo apropia y lo transforma. La gloria de Borges en el mundo se debe, en buena parte, a esta brillante formulación.

¿Es difícil de entender? Pablo Katchadjian lo ha entendido. Y al entenderlo, al producir un texto por medio de tales premisas, no ha hecho sino otorgar aun más vitalidad literaria a Borges, ha demostrado que Borges sigue incitando a escribir (y ésa es la vigencia más cabal de un escritor; el resto es momificación, homenaje pomposo y vacío). No hizo un plagio, por supuesto; quién que haya leído de veras a Borges puede suponer semejante cosa. No agarró un cuento de Borges queriendo hacerlo pasar por propio, no se limitó a reproducirlo, no se atribuyó lo que era de otro. Lo que hizo fue retomar un texto de Borges y escribir en él, sobre él, dentro de él. El más grande homenaje posible a las nociones de lectura y escritura que el propio Borges postuló.

El texto elegido, además, fue El Aleph. Y la intervención que hizo Katchadjian sobre él (intervención, claro: ¿o acaso a alguien se le ocurrió que Marcel Duchamp, con “L.H.O.O.Q.”, quiso plagiar La Gioconda?) fue nada menos que engordarlo. Una gran interpretación de Borges, porque la apuesta borgeana consistía en contraer, compactar, reducir, resumir; pero también en pensar que en un punto de máxima concentración (concretamente, El Aleph) podía caber el universo entero. Y Katchadjian retomó El Aleph (El Aleph de Borges, ¿cuál otro?) para expandirlo: produjo en la escritura de Borges (¿dónde, si no?), por medio de la propia escritura (¿y cómo, si no?), una lectura borgeana de Borges.

El mundo celebra a Borges justamente por estas ideas: desde Umberto Eco hasta Michel Foucault. Aquí por lo visto nos empecinamos, sin embargo, en deslucirlo, en empobrecerlo. Lo sometemos a veneraciones huecas, vaciadas de su concepción literaria; como pasó en tantos tramos de su vida, que se lo aclamaba más de lo que se lo leía. Pues resulta que la justicia argentina, que con un fallo reciente cree que se ha pronunciado solamente sobre Pablo Katchadjian, lo hizo también sobre Borges, y por cierto que de la peor manera. Haciendo caer su afanoso peso sobre Katchadjian, no demuestra sino ignorar la concepción literaria de Borges, arrasar buena parte de su legado tan genial, aplastar lo que todos le debemos, lo que toda la literatura le debe, su más verdadera creación: la creación de otra noción de la literatura.
¿No va nadie a defenderlo? ¿No va nadie a defenderlo?