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Algo había pasado

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¿Qué mejor vacuna contra la angustia que leer a Dino Buzzati, el maestro de la angustia? No porque la Buenos Aires espectral que vemos estos días de camino al supermercado evoque El desierto de los tártaros: la angustia en Buzzati tiene por lo general poco que ver con los virus y las epidemias. Y sin embargo el aspecto que adopta lo que vemos parece cumplir al pie de la letra con los tópicos buzzatianos.

Buzzati era un hipocondríaco que vivía aterrorizado por las enfermedades y la muerte. Un relato suyo, Siete pisos, pone en escena la odisea tragicómica de un paciente internado por una enfermedad leve en el último piso de un moderno hospital que tiene como política higiénica y terapéutica trasladar a los enfermos pisos abajo a medida que su estado empeora, hasta llegar a la planta baja, donde son alojados los enfermos terminales, a los que solo se les aplican cuidados paliativos.

Pero hay otro relato, que integra El derrumbe de la Baliverna, que releído ahora provoca escalofríos. Se llama Algo había pasado y cuenta un viaje en tren desde el sur de Italia hacia Milán. Uno de esos trenes que aún hoy siguen cumpliendo el mismo recorrido y que solo satisfacen a aquellos que sufren de aerofobia y prefieren emplear todo un día en ir de un extremo a otro de la península en tren al mismo precio que el viaje en avión de una hora y media. El relato comienza en un paso a nivel, donde el protagonista y narrador ve por la ventanilla a una mujer que espera para cruzar. Pero cuando el tren pasa, la mujer vuelve la cabeza hacia atrás, atenta a un hombre que se acerca corriendo y grita algo que el protagonista no llega a oír, pero que parece advertir a la mujer de un peligro.

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El viaje sigue y del otro lado de la ventanilla pasan como en una película escenas cada vez más singulares e inquietantes: campesinos que gritan cosas inaudibles, grupos de personas que corren por los campos, y finalmente lo que parece ser un verdadero éxodo de masa hacia el sur. La gente observa el paso del tren con estupor. En una estación, la señora que viaja en el mismo compartimento del narrador consigue arrancar un diario de las manos de un canillita. En realidad no un diario, sino un pedazo de la primera página, el final de un titular en el que solo se lee: “ión”. ¿Revolución? ¿Inundación? ¿Explosión? ¿Prohibición? ¿Eliminación? Algo espantoso debía ser, algo que justificara la huida de poblaciones enteras.

El tren llega a Milán, a una estación vacía. “Corrimos por los andenes, hacia la salida, en busca de algún semejante. Me pareció distinguir, en la esquina de la derecha, al fondo, ligeramente en penumbra, a un ferroviario con su gorra que desaparecía aterrorizado por una puerta. ¿Qué había pasado? ¿Ya no encontraríamos a nadie en la ciudad? Hasta que la voz de una mujer, aguda y violenta como un disparo, nos produjo un escalofrío. ‘¡Socorro! ¡Socorro!’, chillaba, y su grito resonó en las bóvedas de cristal con la vacua sonoridad de los lugares abandonados para siempre”.

Cuando lo leí por primera vez pensé muchas cosas: en la pesadilla de una Italia que acababa de salir de la guerra, del fascismo, de la ocupación alemana y de los bombardeos, y que temía volver a caer en el caos y en la dictadura. Pero ahora creo que podría ser perfectamente la imagen de nuestro pánico, de nuestra cuarentena, de las fugas de las ciudades. El titular de aquel diario sin duda era “Infección.