COLUMNISTAS
tiempos

Amor y derrota

Es tan chiquitito lo que nos toca vivir, y sin embargo parece que el mundo se acabara a cada instante. O que todo está por suceder. ¿Estamos donde terminan o comienzan las cosas? Otra vez, un cohete a la Luna, el horizonte se renueva. Cincuenta años de espera –porque ya no importaba ganar– y ahora mejor rajarse de algún modo, o que explote una llamarada de esperanza. La noche del miércoles se las arregló para que dejáramos la Tierra por un rato. A pesar del discurso de Trump, siempre tramposo, ególatra, peligroso, miramos un cielo húmedo, por donde la Luna se asomó plena y expectante.

El 1 de abril, la nave Orion, de la misión Artemis II, irrumpió en la atmósfera. Cuatro jinetes, desmintiendo un nuevo apocalipsis, fueron en busca de soportes vitales. Y junto a ellos, un microsatélite argentino, en el profundo cielo. Aplaudimos, lo festejamos, es fruto de investigadores argentinos, aprovechamos para reivindicar la educación pública, el necesario financiamiento, la creencia en la ciencia, en la dedicación.

Y es tan chiquito (30 x 20 x 20), y liviano (15 kilos). Muy chiquito, pero sin duda no tan chiquito como lo que nos toca vivir. Su nombre: Atenea, diosa griega de la sabiduría, la estrategia militar, y las artes, adorada en el siglo V a.C. cuando se construyó el Partenón. Hija de Zeus, nació adulta y poderosa, como lo contó tan bien Hesíodo. Representa la Justicia, pero también la guerra, la guerra justa, no violenta. ¿Cuál sería?

Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Hoy más que nunca Suscribite

Guerra es muerte, diferencia no admitida, arrebato; lo contrario de amor, del encuentro, un matar sin dueño, desmedido, la deformación del deseo, ambición, egolatría sin prójimo, desdén, limitada gloria.

Lucrecia Martel está clamando por imaginar mundos mejores. Crear ficciones que destituyan la ferocidad del presente; fantasías que renueven la ilusión. Pero la ciencia ficción siempre fue pesimista, y el pesimismo, el mejor antídoto de la grandilocuencia triunfante. Como clama Guimarães Rosa: “La vida es desilusionarnos, y desconfundirnos”.

Quizá la poesía consiga revertir la furia, desnudando la impotencia. Una flor puede ser más fuerte que una bomba. Hice una prueba. Le di a mi hija un poema de Borges, y miré sus ojos mientras lo leía. Uno de los “Two English Poems”, incluidos en El otro, el mismo. Sostuvo el libro como si fuera un gato. Y vi cómo sus ojos atravesaban los tiempos. Al terminar exclamó, “Ay, esto es el amor”. Y enseguida lo leyó en voz alta: “Te ofrezco la lealtad de un hombre que nunca ha sido leal. Te ofrezco ese núcleo de mí mismo que he salvado, el corazón central que no comercia con palabras… Puedo darte mi soledad, mi oscuridad, el hambre de mi corazón; trato de sobornarte con la incertidumbre, con el peligro, con la derrota.” No hay lugar en estas páginas para transcribirlo entero, ni tampoco estoy segura de que lo permitan los derechos de autor. Pero solo faltan unas pocas líneas. Es un poema chiquito, pero cumple la misión del satélite que en estos momentos orbita a aproximadamente 70 mil kilómetros de la Tierra. Comunica a la distancia, une.