domingo 05 de diciembre de 2021
COLUMNISTAS opinion
19-11-2021 23:55
19-11-2021 23:55

Anosognosia y FMI

19-11-2021 23:55

Varios analistas reflejaron críticamente su perplejidad ante la actitud de festejo que tuvo Alberto Fernández en el búnker del Frente de Todos el domingo de las elecciones y la celebración con multitudes el miércoles en Plaza de Mayo. Comprensiblemente, lo mismo hicieron desde la oposición y, aprovechando sus conocimientos neurocientíficos, Facundo Manes sostuvo que Alberto Fernández sufría de anosognosia, término que en la clínica médica se utiliza para los pacientes que no reconocen la dolencia que padecen y no pueden encarar su rehabilitación.

Como en medicina se utiliza anosognosia para enfermedades serias como alzheimer, esquizofrenia, trastorno bipolar o lesiones cerebrales, en este caso la aplicación que Manes le dio habrá sido metafórica, cabiéndole a todo aquel que transitoriamente está incapacitado de introspección y no puede tomar conciencia del mal que padece. Aunque un presidente no deba permitírselo, en los casos de estrés traumático y duelos es algo que le sucede a todo el mundo: el primer mecanismo de defensa ante una pérdida irreparable es la negación. Lo que vulgarmente figura como “aún no le cayó la ficha”, algo que no es patológico porque se curaría solo con el paso del tiempo, enfrentado a las consecuencias de la realidad que le harán tomar conciencia.

La metáfora de la anosognosia atribuida al Presidente no registra su consciente intención de disimular la derrota: la política es siempre una puesta en escena. Y las multitudes llevadas a la Plaza de Mayo por sindicatos, organizaciones sociales e intendentes del Conurbano filoalbertistas, en lugar de ser fruto del negacionismo de la derrota fuera de la real conciencia de ella y la necesidad de producir alguna manifestación de fuerza para contrarrestar en algo sus consecuencias desfavorables, fundamentalmente el efecto de un vacío de poder.

Vulgarmente se dice que es menos peligroso alguien malicioso que alguien incapaz. Y es comprensible que la oposición prefiera ver a Alberto Fernández como quien no se da cuenta de que hubo una derrota que percibirlo como alguien que manipula los hechos tratando de convertir una derrota en triunfo.

Una parte de la exhibición de felicidad del Frente de Todos porteño pudo ser genuina y resultado de esperar perder por más de lo mucho que perdieron. Sumado a que la Ciudad y la provincia de Buenos Aires, donde las cabezas de lista eran candidatos albertistas, fueron los lugares que mejoraron los resultados sobre las previsiones: el clima en el búnker capitalino del Frente de Todos pasó de caras de preocupación a las seis de la tarde a rostros de alegría tres horas después.

Paralelamente, también es posible que para un presidente opacado por una vicepresidenta con mayor fortaleza que él, una derrota electoral nacional de ambos, donde ella tuvo mucho más capital perdido, puede terminar produciéndole a él la posibilidad de un triunfo político porque lo termine beneficiando un nuevo equilibrio de fuerzas internas dentro del Frente de Todos.

El lunes posterior a las elecciones no se produjo el previsto Armagedón, como en el Apocalipsis, cuando el fuego arrasador incinera todo, otra metáfora, en este caso con escenas similares a la semana posterior a la derrota de las PASO y una nueva ofensiva de Cristina Kirchner ante Alberto Fernández, ahora ya sobre su gabinete económico. Por el contrario, además del anuncio grabado de Alberto Fernández el domingo de las las elecciones, el mismo lunes 15 a la mañana se presentó en las oficinas del Fondo Monetario Internacional en Washington el sendero fiscal a cuatro años con su programa financiero.

Como no se trata de una carta de intención negociada con el organismo sino de una presentación unilateral de la Argentina, de la que surge que habrá más financiamiento con emisión y menor achicamiento de la brecha cambiaria de la que el FMI hubiese deseado, el proceso no estará exento de tironeos y cimbronazos. Pero se presentó el plan plurianual que tanto se reclamaba y que hasta ahora no se habría presentado porque –se conjetura– Cristina Kirchner se oponía. Ahora se lo explica diciendo que la vicepresidenta le dio una nueva oportunidad a Alberto Fernández.

Pero en el caso de Máximo Kirchner, no se trata de conjeturas sobre eventuales divergencias sino de públicas y hasta festivas exposiciones en actos contra un acuerdo de pagos de la deuda con el FMI. La anosognosis, nuevamente en sentido metafórico, podría asociarse en este caso al efecto mental que podría producir un exceso de ideologización de la realidad con su consiguiente ceguera paradigmática.

A priori, parecería más difícil de imaginar a los legisladores de La Cámpora votando en el Congreso la ley que refrende un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional que a los de la oposición, a quienes no les quedará más alternativa que apoyar la ley del acuerdo al que se haya llegado con el FMI. Aquí tendría razón aquel vaticinio del economista Guillermo Calvo durante la campaña electoral de 2019, cuando sostuvo que el peronismo tendría más posibilidades de aprobar leyes que fueran necesarias para la economía que Macri si hubiera sido reelecto.

Un acuerdo con el Fondo no resolvería todos los problemas económicos: Argentina explotó a fin de 2001, un año después del acuerdo con el FMI llamado “blindaje”, por desviaciones del treinta por ciento sobre lo acordado. Pero en cualquiera de los casos no parecen cumplirse los pronósticos de kirchnerización de la economía a partir de la llegada de Roberto Feletti a la Secretaría de Comercio con su congelamiento de precios. Cierto empoderamiento de Martín Guzmán recorre el camino inverso.