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Artistas oficialistas

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El tema es apasionante, pero el periodismo de batalla, como siempre, lo convierte en un asunto genérico, episódico y menor. Si Fito esto, si Echarri lo otro, y así. Si el artista es oficialista por convicción o conveniencia, etcétera, etcétera. Hoy por hoy, cuando reaparece ese asunto, se recuerda, en trance de cultura, a Leni Riefensthal, porque su film El triunfo de la voluntad parecía celebrar la incomparable belleza y simetría aria. Pero en realidad era una obra de denuncia sobre el secreto componente homoerótico del nazismo, realizado por una mujer que terminó filmando tribus de bellos negros del Africa profunda, en prueba de dónde estaba realmente la raza superior. No obstante esos antecedentes, y dejando por el momento de lado a Perón, hoy deberíamos recordar a otra cumbre del arte oficialista: Teodoro Géricault (1791-1824), pintor ecuestre interesado en Rubens, de quien dijo Jules Michelet que “tuvo que permanecer siempre en el momento del heroísmo y no pudo alcanzar la gracia”.

Fascinado por la gloria napoleónica, Géricault se alistó en los Mosqueteros Rojos de Luis XVIII durante la aventura de los Cien Días: quería dar pruebas de excentricidad (“el arte gratuito de la vida”). La vida militar le sentó mal: sufrió un desplazamiento de vértebras que le provocó el lento derrumbe meditado de sus aptitudes físicas. Pasaba períodos de intensa laboriosidad y luego caía en cama durante otros igualmente extensos. Tuvo un año en que pareció recuperar su salud y lo aprovechó viajando por Inglaterra. Un empresario de espectáculos lo había contratado para realizar una gira de exposición de su gran lienzo La balsa de la Medusa, que pretendía alegorizar o  quizá duplicar “la Francia sepultada”. Su obra representaba, en fragmentos que anticipan los planos sucesivos del cine catástrofe hollywoodense y las tapas televisivas de Crónica TV, el naufragio de un buque de la marina borbónica y la desesperación, martirio y hundimiento sucesivos de sus tripulantes. El público inglés contemplaba con satisfacción inocultable esa narración seriada, y Géricault regresó a su patria envuelto en el halo ponzoñoso de la notoriedad y forrado en oro. Pero las peripecias del viaje, la humedad londinense y las pestes que le pegaron las torpes putas que frecuentaba perjudicaron grandemente su salud.

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Falleció tras una agonía atroz, soportada con admirable entereza. Su tumba mira hacia Les Invalides, en dirección de la tumba de su adorado Emperador.