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opinión

Bailando en la oscuridad

Me encontré navegando en aguas más amistosas y pude empezar a disfrutar de esas páginas.

Hay un libro de cine que jamás pude entender. El título es L’homme imaginaire du cinéma y el autor es el filósofo Jean-Louis Schefer (1938-2022). Schefer integró el comité asesor de la revista Trafic, fundada por Serge Daney en 1992, cuyos primeros números leí con devoción. Había allí otro colaborador para mí indescifrable y era Pierre Léon, cineasta y crítico francés que nació en Moscú en 1959 porque era hijo del corresponsal en la URSS del diario comunista L’Humanité. Los dos incomprensibles fueron grandes amigos y hasta filmaron una película juntos (con la cineasta portuguesa Rita Azevedo Gomes), que se llama Danzas macabras, esqueletos y otras fantasías (2019) en la que Schefer refuta la teoría de que las pinturas medievales de esqueletos danzantes son consecuencia de la peste negra.

Vi la película en el Festival de Mar del Plata, pero para entonces ya estaba convencido de que Léon, traductor al francés de Dostoievski, era uno de los tipos más inteligentes, más eruditos, más cultos y más encantadores que había conocido, además de un notable cineasta. De todos modos, no volví a leer los artículos de Trafic hasta que la oportunidad se presentó gracias a la publicación de Historia natural del cine, un libro de la editorial española Athenaica en el que se incluyen nuevas versiones de esos textos como parte de un amplio material.

Este libro extraordinario me permitió empezar a entender algunas de las ideas de Léon sobre la relación del cine con el mundo, con las otras artes, con su historia, con su prehistoria y su presente así como con la crítica. Me encontré navegando en aguas más amistosas y pude empezar a disfrutar de esas páginas que décadas atrás me parecieron escritas en chino. Lo que no advertí entonces es que Léon tiene una idea sobre el cine que es realmente fecunda. En el último capítulo, la expresa de esta manera: “Finalmente, no tengo ni idea de lo que pudiera ser el cine, ni siquiera de lo que podría ser esta idea”.

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En el primer capítulo, Léon escribe que los especialistas transformaron el lenguaje de la crítica en “un esperanto elaborado a partir de un almacén de 300 palabras habladas en todos los buenos comedores de los festivales”. Y, volviendo a la intervención anterior (es decir, posterior) se da cuenta de que “ninguna definición podría otorgarle al cine una dignidad que no sea la de un gran todo presente en todos los detalles del mundo.” (Para Léon esos detalles incluyen la literatura, la música, la filosofía, el teatro, la historia…). “¿No es mucho para un solo arte? ¿El arte de qué? No lo sé, el arte de nada, quizás?”

Intento traducir (de paso, el traductor Manuel Peláez ha hecho un trabajo excelente): no hay una teoría, ni un método, ni un relato histórico, ni una carrera académica que hagan del cine una materia abordable. Para ver cine, por el contrario, hace falta ir en puntas de pie, (“inconscientemente, como un idiota”) sabiendo que las películas cambian todo el tiempo, atentos a esas ideas en estado naciente que nos sorprenden sin que sean definitivas y acaso tampoco sean verdaderas. El libro desborda de esas intuiciones felices y aventuradas. Elijo una: “John Ford es triste porque es divertido; Raoul Walsh es divertido porque es triste”. Igual no los quiero engañar, hay otras más difíciles de entender.