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COLUMNISTAS / EJERCER EL PODER
sábado 1 abril, 2017

Confusiones del populismo

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por Omar Argüello

Son muchas las sociedades que no están conformes con las respuestas que diferentes tipos de gobiernos dan a sus demandas económicas y sociales. Estos hechos, y sus consecuencias políticas, generan extensos debates sobre las formas de ejercer el poder sin entrar al fondo del problema: ausencia de una estrategia económica capaz de incrementar significativamente la producción de riqueza, que, distribuida equitativamente, daría respuesta a esas demandas insatisfechas.

Desde el populismo se acusa a los republicanos de poner en práctica una democracia formal, vacía de contenido, que no atiende esas demandas socioeconómicas, mientras que desde el republicanismo se acusa al populismo de poner en riesgo la democracia. Discursos que se quedan en las formas de gobierno sin decir qué harían sus gobiernos para dar respuesta genuina a aquellas demandas.

La idea de democracia que subyace al populismo es aquella de las invocaciones filosóficas que la asociaban con una sociedad más igualitaria, sin definir las políticas económicas que la harían posible. Por su parte, el liberalismo político sentó las bases de las instituciones republicanas, también sin hacer referencia a política económica alguna. Y desde que ambas perspectivas se “solaparon” (en palabras de Sartori), la idea de democracia se limita a la forma de competir y de ejercer el poder. Recordemos que el concepto de poliarquía en Dahl incluye sólo características de forma: desde la libertad de asociación y organización hasta instituciones de control, pasando obviamente por elecciones periódicas libres y justas.
Cuando Guillermo O’Donnell escribe sobre las democracias delegativas (cuya descripción coincide con las formas populistas de ejercer el poder), las acepta como una “nueva especie” dentro de las democracias existentes, aun cuando no las reconoce como representativas. El argumento parece relacionado con que “quien sea que gane una elección presidencial tendrá el derecho a gobernar como él (o ella) considere apropiado… El presidente es considerado como la encarnación del país, principal custodio e intérprete de sus intereses…”.

Aun coincidiendo en que ésa es la forma de ejercer el poder en los gobiernos populistas, esto no significa que los mismos no sean representativos. Se trata de una concepción diferente de la representación y de la relación entre el líder y su “pueblo”, pero no una violación a los mencionados requisitos de la poliarquía. Laclau argumenta que es el líder el que homogeneiza las diferentes demandas y hace de su conjunto un programa de acción, por lo que: “La necesidad de un cemento social que una los elementos heterogéneos… (es la que) otorga centralidad al afecto en la construcción social”.

Tampoco son sólidas las críticas hechas desde el populismo a la democracia republicana, ya que la calificación de formal pretende fundarse en aquella vieja y abstracta idea de mayor igualdad, sin declarar a qué tipo de igualdad se refiere y a través de qué modo de producción se la consigue. 

Estas confusiones conceptuales se agravan cuando el vocablo “populismo” se usa también para referirse a un cortoplacismo económico que pretende sostener una generosa política distributiva en base a planes sociales, subsidios y emisiones monetarias sin respaldo, con un fuerte intervencionismo del Estado, enemiga de una economía de alta productividad y competitividad. Confusión que en nuestro país se agrava, dado que ese tipo de política cortoplacista no diferencia entre gobiernos populistas o republicanos.

Ante el desafío de dar respuesta a las demandas insatisfechas de las mayorías, el debate debe resolver primero cuáles son las políticas capaces de superar el cortoplacismo económico a través de reformas estructurales que permitan generar la riqueza que es necesaria para dar respuesta a aquellas demandas. Satisfechas esas demandas, las posibilidades de una democracia republicana serán mucho mayores.

*Sociólogo.

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