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Diana lee sobre Diana

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Antes de que el país bajara la persiana, Diana fue a jugar al fútbol con sus amigas como todos los martes. La Colorada la dejó después, en su auto, a unas cuadras de su casa. Diana prefirió no bañarse cuando terminó el partido. Estaba transpirada y con la ropa deportiva. Así caminó las cuadras de la avenida que la separaban de su casa. Hacía calor, el cielo estaba azul oscuro y Diana tenía sed. Cuando llegó a la casa se desvistió y se dio una ducha caliente. Después sacó de la heladera la comida que había preparado el día anterior y la comió casi sin ganas, en bombacha y corpiño, sentada a una mesita que tenía en el living. Diana vivía en un departamento muy chico, de dos ambientes, con un balcón muy lindo –lo mejor de la casa– donde tenía plantas –suculentas, una dama de noche– y un ténder donde ponía a secar la ropa que lavaba a mano en la pileta del baño. 

Cuando al otro día no pudo salir de su casa salvo para comprar comida o ir a la farmacia, Diana decidió organizar un esquema para soportarlo. Habló con su madre por teléfono –la tranquilizó– y después fue a la pequeña biblioteca que tenía en su casa –cinco o seis libros, parecía la biblioteca de Messi– y eligió uno para leer al sol, mientras tomaba mate.

Antes de que el país bajara la persiana, Diana había tenido un romance con un amigo de su hermano. Un tipo un poco más grande que ella, delgado, muy lector, que le regaló un libro editado por Tusquets, El trabajo, de Aníbal Jarkowsky. “La protagonista se llama como vos, es un libro raro, leélo”, le dijo el tipo. Recordó la primera vez que se vieron. Salieron a comer y el tipo la acompañó hasta la entrada del edificio. Ahí se empezaron a besar apasionadamente, pero enseguida el tipo le dijo que se tenía que ir, que lo perdonara. Diana se sorprendió, pero no dijo nada. Cuando estaba durmiendo sonó el timbre y era el tipo. Subió. Tuvieron sexo. Ahora, recordando eso, Diana tomó el libro y lo empezó a leer: “Diana –escribo como si la viera; las personas se parecen y lo que se dice de una  puede, muchas veces, decirse de otras también– apagó la alarma del despertador y dejó la cama. Caminó a tientas hasta la ventana, abierta de par en par y todavía sin cortinas, y se asomó al pozo de aire del edificio”. 

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Quedó fascinada. El trabajo es una obra maestra, pensó. Habla del pasado y del futuro, del dolor del neoliberalismo y la violencia de la pobreza. Liquidó el libro en un día. Pensó en Diana, la protagonista, esa hermana con la que ahora compartía el encierro,  que tiene que buscar trabajo en medio de un país hecho pedazos y que lo único que posee es su cuerpo para mostrarles a los hombres. La ropa interior es su armadura, pensó Diana. Y enseguida quiso conseguir otro libro más de ese genial escritor: Aníbal Jarkowsky. ¿Por qué no habrá también librerías de guardia?, se preguntó. Como los hospitales y las farmacias.