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Doble discurso y monólogo interior

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Máscara | Unsplash | Tamara Gak

Ya lo he dicho en varias oportunidades, la realidad es irreductible, parece ser lo que es y al mismo tiempo no es nada. Podemos considerarla una pieza en bruto. Su etimología lo sugiere, proviene de res (latín): cosa. El arte la cincela, la vuelve plástica, accesible. En particular, la literatura, le da letra, historias. La ficción es constitutiva de la realidad. ¿Vivimos entonces en (o de) una fantasía? En todo caso, ésta correspondería a un plano intermedio, como diría Freud, entre el principio de placer y el principio de realidad; nuestro afán de satisfacción inmediata y aquello que la posterga o limita. Jugando con la homonimia, los principios no tienen principio, resultan de contrastes y comparaciones. 

A tal punto la literatura se ha convertido en un reciclado de historias humanas que hasta la misma realidad se sirve de ellas para perpetuarse. Desde hace algunos años, la palabra “relato” es casi un fiasco. Ya no refiere necesariamente a las virtudes de un cuento, la excelsitud de un estilo. Relato “es” un cuento, por no decir un verso. El cuento que nos cuentan para moldear la realidad según conveniencias del “narrador” de turno. Hay relatos atribuibles a partidos políticos, a instituciones, a personalidades públicas, a personas en sus distintas circunstancias. El relato se ha convertido en la historia “relativa”. Según de dónde provenga, cambia el verosímil. La forma de la realidad. 

Borges en ebullición

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Dije al principio que la realidad parece informe. Desmoronadas ciertas leyes y creencias, es cada vez más apta a formaciones caprichosas, regidas por afanosos del poder que han advertido los atributos de la ficción. Su poder de significación. 

Relato impacta más que ideología. 

Muchas veces se sirve del doble discurso. Hábil y lábil. Trampa verbal de la que es difícil salir. Sobre todo si está ligada al double bind, concepto acuñado en 1956 por el ensayista norteamericano Gregory Bateson (en tiempos de emoticones, pondría en este paréntesis un corazoncito y un link a El temor de los ángeles, libro que este gran lingüista, antropólogo, biólogo, escribió con su hija, Mary Catherine). La fórmula suele traducirse como “doble vínculo” o “doble vínculo contradictorio”, una misma acción que articula dos mensajes de sentido opuesto.

“Relato”, doble discurso, doble vínculo… Con todo esto, diría que la mayor dificultad actual de entender nuestra realidad es la discursiva. Dicen una cosa, después otra, luego la contraria; arguyen, desmienten, justifican, prometen, se enardecen, aseguran, renuncian. La retórica se ha vuelto un cóctel de figuras absurdas.

El pasado de las palabras

¿Cuál sería “el doble discurso” dentro del relato? Se me antoja fijarme en la misma literatura. (Quizá sea una manera de recobrar el sentido literario que la nueva concepción de “relato” ha extraviado). Recuerdo el policial inolvidable de Agatha Christie, uno de sus libros más leídos –después de Shakespeare y la Biblia. El título varía según las épocas y lo políticamente correcto. Algunos lo conocerán más por Diez negritos o Diez indiecitos, aunque la traducción literal corresponde a Y no quedó ninguno. En una isla rodeada de un mar embravecido se juntan diez personas sin saber que las liga un mismo designio. Todos han participado, en mayor o menor grado, de la muerte de un tercero, y han sido absueltos. Sin embargo, conservan el resquemor de la culpa. Esto los lleva a presentarse a través de un doble discurso: la mentira que han construido para proseguir sus vidas luego de traicionar al prójimo (o descuidarlo), y la imposibilidad de mentirse a sí mismos. La genial autora lo resuelve a través el monólogo interior. Intercala entre los “relatos” que cada uno de los invitados ofrece como mentira propia, una voz que los carcome, espetándoles la verdad. Aquello que piensan en contraposición con lo que dicen.

La realidad tiene límites que la ficción franquea. La novela permite adentrarnos en los pensamientos de los personajes, comprender (¿repudiar?) sus impulsos, culpas y desvelos. 

En la pobre realidad, sólo escuchamos el cuento que nos cuentan. Imposible microfonear doblemente a los que atentan el discurso. Imaginen si se pudiera escuchar no sólo lo que dicen aquellos que vociferan en los medios sino también lo que callan y quien sabe qué andarán diciéndose…