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COLUMNISTAS / epifanias
sábado 13 octubre, 2018

El cazador solitario

Es probable que Ana Karenina en esta época no hubiese tenido la necesidad de suicidarse. Le hubiese bastado con separarse de Karenin, pedir la tenencia de su hijo y abrirse una cuenta de Twitter para cotrarrestar los ataques de los miembros de la sociedad rusa.

por Fabián Casas

default Foto: CEDOC

Es probable que Ana Karenina en esta época no hubiese tenido la necesidad de suicidarse. Le hubiese bastado con separarse de Karenin, pedir la tenencia de su hijo y abrirse una cuenta de Twitter para cotrarrestar los ataques de los miembros de la sociedad rusa. Pero eso no hubiera bastado, nunca basta. La infelicidad está en todos lados y en todas las épocas. Durante la eclosión de los hermanos Kennedy, el flower power y la guerra de Vietnam, Norteamérica forjó un poeta extraordinario que supo captar como nadie esos momentos previos a la aniquilación: Richard Yates.

Contemporáneo de Chever y de Salinger, tiene la particularidad de que en sus novelas y cuentos lo que se narra son largos e intensos poemas de derrota. Los chicos que aparecen en los relatos de Yates no son genios ni budistas ni reencarnaciones de algún sabio hindú, como en Salinger. Más bien son comunes, malignos, torpes, miedosos, en fin: niños. Y los personajes adultos siempre están a punto de no dar la talla, ni siquiera se suicidan. La editorial Fiordo acaba de publicar Mentirosos enamorados, una colección de cuentos que Yates escribió cuando ya era un escritor maduro. En nuestro país, Emecé había publicado hace años Once tipos de soledad, una obra maestra de Yates traducida con talento por Esther Cross. Recuerdo que este libro tenía un prólogo de Cross buenísimo. Se puede hablar largo y tendido sobre de qué van las historias de Yeats y de cómo escribe. Pero yo deseo hacer hincapié en una particularidad que me parece que hace que sus historias sean extraordinarias. Por un lado, no hay héroes ni antihéroes, lo cual explica un poco que la obra de Yeats haya tenido una recepción tardía. No es empática. No hay ningún detective salvaje con el cual nos podamos identificar. Hay escritores mediocres, mujeres hartas de vivir en lugares pequeños, soldados atormentados por la posguerra y separaciones. Como bien dice una publicidad del Gobierno de la Ciudad que promueve el reciclaje: “Todo lo que separamos se convierte en algo nuevo”. Yeats no está tan de acuerdo.

En el primer relato de Mentirosos enamorados, dos niños lidian con el fracaso del matrimonio de sus padres. Antes de irse a dormir, uno de ellos le dice al otro que en la ciudad se producen muchos ruidos porque la gente siempre está haciendo cosas y que si hace silencio logrará escuchar ese ruido, que llega como murmullo. En otro relato, una pareja que se está por separar recibe la visita de una mujer que les alquila la casa a bajo precio con la condición de que le presten la bañera para bañarse. Esas pequeñas cosas, que ni siquiera son epifanías, son los hielos que pone Richard Yeats en sus relatos, para leer a esa hora en que las cosas se ponen difíciles y vamos todos a penales.


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