Está feliz la mitad de argentinos que en junio no llegaba a fin de mes. El éxito de la Selección alegra a todos los habitantes de barrios ricos y pobres que vieron los partidos en directo, compraron camisetas, comida, bebida, y salieron a las calles a bailar y a gritar entusiasmados. Esto ocurrió también en países tan alejados como Bangladesh, en donde decenas de miles de personas salieron a las calles para vivar a Messi.
No es verdad que el mundial oculta los errores de los políticos, sino que somos seres humanos que no compartalizamos nuestros sentimientos. No es que la mayoría no llega a fin de mes y, al mismo tiempo, baila, come y bebe por el triunfo de la selección. Si partimos de premisas falsas, las conclusiones serán equivocadas. Objetivamente, no existe gente que muere de hambre, todos vivimos notablemente mejor que hace cincuenta años. Sin embargo en todo lado existe el sentimiento de que se necesita un cambio total, que se expresa en la crisis de las instituciones de la sociedad tradicional y en el triunfo de los outsiders.
La aprobación del gobierno argentino, que mide mensualmente una prestigiosa universidad, ha mejorado unos tres puntos. No es probable que el motivo sea que la inflación bajó tres décimas de punto. En estas semanas no vimos en las calles a muchas personas eufóricas con camisetas que decían “0.3 menos de inflación”, pero sí a decenas de miles felices por el triunfo de la selección. Cuando la gente está contenta, mejora la evaluación del gobierno, de los políticos y de casi todo. Si Argentina sale campeón del mundo, subirá la aceptación del oficialismo.
Se ha generalizado la idea de que lo económico determina lo que pasa en la política, entendiendo por “economía” las hojas de Excel con variables macroeconómicas que analizan los economistas. Es falsa la idea de que Milei asegura la reelección si la inflación cae más en 2027. Trump y Bolsonaro intentaron reelegirse en dos países donde eso es muy fácil, tenían buenas cifras macroeconómicas y, aun así, perdieron.
En las últimas elecciones presidenciales, Sergio Massa obtuvo el primer lugar en la primera vuelta con el 37%. Si conseguía tres puntos más habría ganado la presidencia, siendo ministro de Finanzas en un contexto de inflación. ¿Se podrá concluir que mientras más alta es la inflación, el ministro de finanzas tiene más posibilidades de ganar la presidencia en una vuelta? No. Ni Trump y Bolsonaro perdieron porque tenían controlada la economía, ni Massa casi es electo porque había inflación. Lo que ocurre es que la política no es una variable dependiente de la economía, como tanto se difunde en este tiempo.
En casi todo el mundo, la mayoría de la población siente que es más pobre que nunca, mientras que, objetivamente, la revolución tecnológica genera riqueza y mejora en muchos aspectos las condiciones de vida de todos.
El Mundial mueve directamente 10.900 millones de dólares e, indirectamente, 40.900 millones, además de dar empleo a millones de personas. Pero lo más importante: alegra la vida de cualquier persona que tenga un televisor, ve los partidos, socializa con sus amigos y comparte conocimientos. El espectáculo tiene una calidad enorme, incomparable con los campeonatos del pasado. Los árbitros son verdaderos cyborgs que manejan una tecnología sofisticada, y los escenarios son maravillosos.
La revolución tecnológica pone en manos de todos los seres humanos espectáculos y objetos que mejoran nuestro nivel de vida. No es un proceso de empobrecimiento de la humanidad, al igual que las revoluciones anteriores, multiplica la riqueza, la salud y el acceso a bienes y servicios. Sin embargo, los cambios producen temores y los conservadores tratan de detener la innovación tecnológica para conservar la vieja sociedad. Hoy atacan a su elemento más conocido, la inteligencia artificial, sin tomar en cuenta que esta es solo uno de los muchos componentes de una transformación que –junto con la robótica, el internet de las cosas, la impresión 4D y, sobre todo, la computación cuántica– va a arrasar con la sociedad tal como hoy la comprendemos.
Es un proceso imparable que se acelera cada vez más, impulsado en Occidente por la competencia entre empresas privadas con poco control, y estimulado en China por el gobierno, en una cultura en la que no existe la noción de “naturaleza humana”.
Mientras muchos argentinos analizan cómo decrece el empleo y se agudiza la crisis de las industrias tradicionales, creyendo que es un problema local que depende de la macroeconomía, avanza una crisis descomunal producto de un desarrollo tecnológico global que no se puede detener. Los últimos anuncios sobre los avances de la computación cuántica permiten prever que la crisis del empleo vaticinada para los próximos tres años va a ser todavía peor a nivel global. La gente común vive los beneficios de la revolución tecnológica y, a la vez, percibe sus peligros. Los dirigentes deberían dejar de lado sus rencillas para pensar qué hacer ante esta situación desafiante.
* Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.