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COLUMNISTAS / opinion
domingo 22 septiembre, 2019

El país de los niños exploradores

Los líderes macristas no permiten que les entren las peligrosas balas de la duda.

por Gustavo González

Dujovne a Lacunza. Macri viró a cierta heterodoxia. Dice que obligado por las circunstancias y cree que su modelo fue exitoso. Foto: temes

En medio del combate es más difícil saber si el plan de batalla es el correcto. Será después de que se definan ganadores y perdedores y las trincheras se tapen, que los generales tendrán la distancia suficiente para entender mejor lo que se hizo mal o lo que se podría haber hecho mejor.

Pero hoy, en la trinchera, los líderes macristas no permiten que les entren las peligrosas balas de la duda.

Uno de los hombres en quien Macri más confía afirma lo siguiente con respecto a la economía, justamente la batalla que parecería que el Gobierno perdió: "Hicimos lo que había que hacer. Actuamos con seriedad, dejamos de lado el populismo y pensamos en el largo plazo. Todos los economistas serios coinciden en que no existe otro camino que el que elegimos, el del gradualismo y la responsabilidad de las cuentas públicas. De hecho, hasta antes de las PASO la economía se encaminaba a su recuperación definitiva. El que diga que había otra salida, miente".

Tener la certeza de que lo hecho en economía fue lo correcto, inhibe cualquier revisión: si lo que se hizo está bien, por qué cambiar. En esa lógica, la derrota de las PASO habrá sido una consecuencia de que una mayoría no percibió ese éxito o no se lo pudo comunicar bien para que entendiera que, en este caso, el éxito significaba un éxito de largo plazo. Y el cambio del monetarista Dujovne por el más heterodoxo Lacunza, sería solo una respuesta coyuntural e inevitable frente a la incertidumbre por el triunfo de Alberto Fernández. Macri es claro: “Son medidas que no me gustan”.

Balance. El sábado de la semana anterior, la investigadora económica de la UBA, Victoria Giarrizzo, publicó en PERFIL un balance comparativo entre el gobierno de Macri y el último de Cristina.

La grieta dañó el lóbulo frontal de la sociedad y de sus líderes, que construyen relatos infantiles y binarios.

Los números indican que ambos gobiernos presentaron malos resultados, pero que el de Macri fue peor. El PBI de éste acumularía una caída del 4,3% en cuatro años, mientras que el de ella tuvo una leve suba del 1,4% en ese lapso. Entre un gobierno y otro, la pobreza subió 7 puntos. La inflación promedio, 12 puntos. Se duplicó el de-sempleo y casi se triplicó la deuda pública. Aunque con Macri se duplicaron las reservas del Central y bajó el déficit fiscal. Durante el último mandato de Cristina, el dólar subió un 123%. Con el de Macri, treparía un 548%.  

Giarrizzo no entraría en la nómina de lo que el alto funcionario macrista denomina “todos los economistas serios” que coinciden en que el camino elegido era único y correcto. En su columna de PERFIL se nota por qué ella no encaja en el canon PRO: “La Argentina termina 2019 más pobre, frágil, más vulnerable que en 2015 y que en 2011. Repitiendo políticas que ya se aplicaron y fracasaron. Se compararon dos gestiones malas. Queda esperar que el nuevo gobierno pueda tomar lo mejor de cada una y ser una versión mejorada de la anterior. Porque si la producción no arranca lo financiero es insostenible, y si lo financiero y fiscal no está ordenado, la producción tarde o temprano se cae”.

Macri fue coherente, hasta las PASO al menos, en apostar todo su gobierno al objetivo del déficit cero y cumplir con la premisa de que no hay crecimiento sin cuentas públicas ordenadas (“no se puede vivir gastando más de lo que se tiene”, es el ejemplo que usa con lógica empresaria extrapolada al manejo de una nación).

Su misión fue mostrarle al mundo que la Argentina podía ser un país normal, sin déficit. Después, la necesidad transformó ese objetivo político en un contrato firmado con el FMI para conseguir el financiamiento que el mundo ya no le daba.

El ala monetarista del Gobierno, con Macri a la cabeza, está convencida que, de seguir en el poder, finalmente se notarán las consecuencias positivas del plan: superávit fiscal y comercial, superávit energético con pronóstico de convertir a Vaca Muerta en un nuevo boom de la soja, un dólar competitivo y llegada de inversiones. Con el consiguiente crecimiento que el reordenamiento macro derramaría sobre la población.

De repetirse en octubre el resultado de las PASO, nos quedaremos sin saber si eso se hubiera logrado y si, por primera vez en la Argentina, una administración conseguiría salir de la crisis aplicando políticas de ajuste.

Quien asuma en diciembre recibirá un país agobiado por una recesión de ocho años (profundizada en la gestión Macri), pero también es cierto que con algunos de los indicadores mencionados en vías de corrección, como el superávit comercial y energético o un dólar competitivo.

Infantilismo. Macri, Marcos Peña, Lopetegui, Dietrich y otros macristas centrales están convencidos de que los efectos benéficos de este modelo económico iban a llegar y que quienes dicen que el camino era otro, mienten, venden humo, son ignorantes o defienden intereses personales o sectoriales.

No toda la herencia económica K fue un desastre, ni la macrista lo será. El desafío es sumar con inteligencia.

Lo mismo, pero en sentido inverso, dicen de ellos los políticos y economistas más cercanos a Alberto. Unos piensan de los otros tan mal como lo que los otros piensan de los unos. La grieta dañó el lóbulo frontal de la sociedad argentina.

Los otros no son vistos como personas de ideología distinta que conciben modelos diferentes de crecimiento. No. Unos son ricos que llegaron para hacerse más ricos y beneficiar a los suyos. Y los otros son populistas que quieren volver mintiendo con soluciones mágicas y llenarse los bolsillos. Es la regresión social al relato binario del cuento infantil: “buenos” idealizados que siempre son víctimas de malos de toda crueldad.

Este agrietamiento intelectual no solo parte a la sociedad en bandos irreconciliables que hacen inviable cualquier plan económico. También agrieta la razonabilidad de sus líderes. Personas adultas, con experiencia de vida, funcionarios, candidatos a serlo, grandes empresarios, periodistas de prestigio, jueces que deciden sobre la vida de los demás, científicos, intelectuales. Pero cuando razonan sobre el país, prevalece en ellos la lógica de niños exploradores.

Madurez. ¿Pensar que todo lo que hizo Macri estuvo bien no será tan errado e infantil como afirmar que todo fue malo? ¿Y lo mismo en sentido inverso y aplicado al kirchnerismo?

Los niños buscan la seguridad de las verdades absolutas, se blindan ante la duda porque no tienen la madurez suficiente para enfrentar las incertidumbres de un mundo desconocido.

Hoy, macristas, radicales y peronistas se refugian en esta trinchera que dejó la grieta. Parecen temerarios, pero son temerosos. Personas asustadas que se esconden en las maravillosas certezas de los cuentos de la niñez.

Es cierto que la Argentina asusta y que no hay salidas mágicas, pero no es el país endemoniado del relato infantil.

El kirchnerismo dejó una economía endeble, pero con una deuda acotada (50% del PBI) y con Vaca Muerta en marcha. Estos cuatro años de macrismo dejan esta economía seca, pero con un mayor ordenamiento de las variables macro y la profundización de aquel fenómeno petrolero.

Si Macri fuera reelecto, ojalá aprenda de sus errores. Si es Alberto Fernández a quien le toque gobernar, sería sanador que resistiera la tentación de caer en la simplificación de que todo lo anterior estuvo mal.

Sería una señal alentadora frente al mundo. Pero, sobre todo, sería un poderoso mensaje de madurez hacia los propios argentinos.


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