Pier Paolo Pasolini sostenía una de esas ideas que primero parecen una ocurrencia y después terminan pareciendo una verdad. El fútbol, decía, era el último lenguaje sagrado de nuestro tiempo. Tenía gramática, sintaxis, estilos, dialectos y hasta diferencias de clase. Los equipos hablaban una lengua; los jugadores, otra. Los pases eran palabras. Las jugadas, frases. El partido entero era un discurso. Y el gol era el momento en que ese discurso dejaba de ser prosa para convertirse en poesía. Por eso afirmaba que el máximo goleador del campeonato era el mejor poeta italiano del año. No porque escribiera versos, sino porque los ejecutaba.
Vista desde la Argentina, esa idea conduce casi inevitablemente a un solo nombre. El mejor poeta argentino es Lionel Messi.
No hace falta preguntarse si alguna vez publicó un libro. Hace más de veinte años que viene escribiendo uno en los estadios del mundo.
La crítica suele describir a Messi con un vocabulario demasiado pobre. Se dice que gambetea, acelera, asiste, convierte goles. Es como decir que Borges escribía cuentos o que Girondo usaba metáforas. Todo eso es cierto, pero no explica absolutamente nada. Porque lo que distingue a Messi es otra cosa.
Los grandes jugadores resuelven situaciones. Messi las inventa. Donde los demás ven un espacio vacío, él ve una posibilidad. Donde todos esperan un pase lógico, él encuentra uno que nadie había imaginado. No juega más rápido que los otros. Juega unos segundos antes. Cuando la pelota toma contacto con su pie, al instante las leyes naturales dejan de funcionar. Hasta la ley de gravedad es puesta en duda.
Pasolini distinguía entre los prosistas y los poetas del fútbol. El fútbol europeo le parecía predominantemente prosístico: ordenado, racional, eficaz. El sudamericano, en cambio, conservaba una vocación lírica, barroca, imprevisible. La gambeta era su figura retórica por excelencia. El gol nacido de una gambeta equivalía a una metáfora perfecta.
Messi pertenece a esa tradición, pero también la supera.
Porque no es solamente un poeta de la gambeta y el amague. También domina la sintaxis. Puede escribir un poema entero sin tocar demasiado la pelota. Puede construir un gol a partir de un pase de diez metros o de una carrera de cincuenta. Puede desaparecer durante media hora y reaparecer para escribir un único verso que justifique todo el partido.
Los poetas verdaderos no se reconocen porque hagan cosas difíciles. Se reconocen porque hacen inevitables cosas que nadie había imaginado posibles. Después de leer un gran poema uno tiene la impresión de que esos versos no podían escribirse de otra manera. Después de ver un gol de Messi ocurre exactamente lo mismo.
Tal vez por eso produce una emoción distinta de la admiración. Hay un instante, inmediatamente después de cada una de sus jugadas, en que el estadio entero permanece en silencio. No es un silencio de decepción ni de incertidumbre. Es el tiempo que necesita la inteligencia humana para comprender que acaba de asistir a algo nuevo, a algo que difícilmente volverá a repetirse.
Los goles de Messi, vistos de nuevo, parecen sencillos. Como los grandes poemas. La dificultad desaparece detrás de la perfección. El artificio se vuelve naturaleza. Lo extraordinario adquiere la apariencia de lo inevitable.
Los críticos literarios llevan siglos discutiendo qué define a un poeta. Hablan de ritmo, de imágenes, de música verbal, de imaginación, de originalidad. Pasolini sospechó que la respuesta estaba en otra parte: bastaba con ir un domingo a la cancha.
Si tuviera que elegir hoy al mejor poeta argentino, probablemente no buscaría su nombre en el catálogo de una editorial ni en la programación de un festival literario.
Esperaría a que alguien le pasara una pelota a Messi. Y vería cómo el poema se escribe solo.