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COLUMNISTAS / crisis y elecciones
domingo 18 agosto, 2019

El perdón no es un juego

por Sergio Sinay

EXPLICACIÓN. El presidente atribuyó su agresión a la falta de sueño. Foto: CEDOC PERFIL.
domingo 18 agosto, 2019

Hace más de cien años, José Ingenieros (1877-1925), autor de El hombre mediocre y Las fuerzas morales, filósofo, psiquiatra y sociólogo cuya revisión y relectura son siempre recomendables, pedía: “Enseñemos a perdonar; pero enseñemos también a no ofender”. Sin perdón no hay continuidad posible, sostenía a su vez Hannah Arendt, pero el perdón automático nada restaña y puede ser una puerta abierta al resentimiento. La cuestión de la herida y la enmienda as{i como la relación entre ofensor y ofendido son temas complejos.

Cuarenta y ocho horas después de haber ofendido a quienes no lo votaron y de haber ignorado su propia responsabilidad en la abrumadora derrota en las PASO, el Presidente pidió perdón y atribuyó su agresión a la falta de sueño. Como si el inconsciente no existiera ni hablara. Cuando se lastimó a alguien corresponde pedir perdón, pero no siempre alcanza. Sería fácil decir “perdón” y seguir adelante. Pero ese pedido abre un círculo que solo se cierra con la reparación. No una reparación formal ni un desagravio fijado por el ofensor, sino una compensación que reconozca al ofendido y le devuelva su dignidad. Las medidas anunciadas al calor de la derrota suenan oportunistas, desesperadas y electoralistas. Recuerdan el abrazo agónico del boxeador vapuleado que se abraza al cuerpo de su rival mientras mira con angustia el reloj en espera de la campana que le dé un round más de vida.

Ante esas medidas surgen interrogantes inevitables: ¿Si ahora se puede por qué no se pudo antes, cuando imperaba el optimismo triunfalista e irresponsable? ¿Con qué recursos se podrá lo que no se podía? ¿Había un único camino, un único modelo o se trataba de un empecinamiento necio, insensible y ciego?

Estas preguntas importan porque conectan con el tema de la sinceridad y honestidad del perdón. ¿Se sigue pensando en los ciudadanos votantes como instrumentos y no como personas? ¿Finalmente toda la respuesta al clientelismo y populismo que se dice combatir es otra forma de clientelismo y de populismo, esta vez horneado a las apuradas? Peligrosa apuesta, porque entre el populista improvisado y el congénito siempre ganará el que lo lleva en la sangre y lo ha practicado de por vida. Del mismo modo, la sensibilidad y la empatía no nacen del coaching, se aprenden en la vida, en la relación con el otro. O no se alcanzan nunca, y menos en dos meses.

Por otra parte, perdonar es una opción, no una obligación. Requiere reflexión previa, introspección, evaluación de la herida. El perdón otorgado no borra la herida, porque, como dice la escritora y psicoterapeuta vienesa Elisabeth Lukas, quien perdona y olvida termina por olvidar lo que perdona, y queda expuesto a recibir otra vez la misma ofensa. El verdadero perdón no elimina la cicatriz, que es un ayudamemoria para ambos, el ofendido y el ofensor. El arrepentimiento auténtico es producto del reconocimiento del daño inferido y supone la decisión de responder ante esas consecuencias de un modo permanente y no coyuntural. El perdón pedido y el otorgado, cuando se dan en las condiciones que venimos examinando, conforman un pacto moral que solo puede ser convalidado por la buena fe de los firmantes. Y la buena fe no es algo que se registre en el ejercicio de la política argentina. Es un bien muy escaso incluso más allá de nuestras fronteras y mucho más aquí.

En muchos casos existe lo imperdonable. Y poder continuar, aun con ello, invita a un profundo trabajo de meditación y autoindagación por ambas partes, trabajo en el que, otra vez, la buena fe es esencial. El perdón sin rencor, pero con memoria, es quizás uno de los desafíos y logros más extraordinarios y trascendentes que pueden darse en las interacciones humanas. Su opuesto, el perdón automático, producto de la aceptación irreflexiva de una reparación superficial, puede convertirse en un simple salvoconducto para el ofensor. Ya lo sabía el gran William Shakespeare, que dijo: “Nada envalentona tanto al pecador como el perdón”. Por eso sigue siendo importante, ante todo, no ofender. Renegar de la soberbia, ver al otro como un fin y no como un medio.

*Escritor y periodista.


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