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POLITICA / crisis y elecciones
domingo 18 agosto, 2019

Hay que aceptar lo que ocurrió

Las encuestas son parte de la civilización y por el momento no tienen reemplazo. Cuando se cae un avión no es inteligente clausurar los aeropuertos y comprarse un caballo. Hay que colaborar para que los aviones mejoren.

por Jaime Duran Barba

SORPRESA. Todas las encuestas, con todas las metodologías, se equivocaron. Foto: CEDOC PERFIL.
domingo 18 agosto, 2019

En todos los países, después de las elecciones la prensa dice que “otra vez fallaron las encuestas”, aunque normalmente algunas fallan y otras no. Hemos estudiado encuestas durante cuarenta años y normalmente conseguimos la información correcta dentro de los márgenes de error. Casi siempre tuvimos que analizar los resultados contradictorios de distintas empresas, pero el análisis nos permitió orientarnos adecuadamente. En Argentina hay varios consultores y encuestadores de gran nivel. Desde hace catorce años seguimos sus trabajos con atención y aprendemos de ellos.

Hace una semana tuvimos la pedantería de confiar en los resultados de todas las encuestadoras que trabajan en el país.

Nadie en el mundo tuvo una información que contradijera lo que decían los estudios. Se repitió en Argentina algo que pasó en otros países en los últimos años: se equivocaron todas las encuestas, con todas las metodologías posibles, y lo hicieron en una misma dirección. Mienten los que dicen que tenían los datos correctos y los guardaron o que con maromas estadísticas demuestran que acertaron. Hay que aceptar lo que ocurrió, hacer una autocrítica y encontrar explicaciones racionales para el fenómeno. Solo así avanzan la ciencia y la tecnología.

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Dewey y Truman. En el siglo pasado ocurrió algo semejante solamente una vez, en 1948, cuando todas las empresas norteamericanas se equivocaron anunciando que Thomas E. Dewey ganaría las elecciones a Harry S. Truman. Todos los años se aplican miles de encuestas y, aunque la gran mayoría acierta, se producen cada vez más errores. En muy pocos casos se equivocaron todas en una misma dirección por grandes márgenes: en la consulta por el Brexit en el Reino Unido todas anunciaron que el No ganaría al menos con un 55%, y perdió. En Colombia todas dijeron que el Sí al tratado de paz ganaría con al menos un 63%, ganó el No. En los Estados Unidos predijeron que ganaría la presidencia Hillary Clinton y ganó Donald Trump. Pasó lo mismo con Jair Bolsonaro, a quien las encuestas le daban entre 32 y 36% y sacó 46%. En México 2018 las encuestas de la recta final le daban a AMLO un 33% de votos y sacó 53%. En México, Brasil y en las últimas elecciones ecuatorianas, personajes desconocidos derrotaron a políticos con trayectoria sin que las encuestas hayan sido capaces de detectar el fenómeno.

Aunque no existe un sesgo ideológico en los términos tradicionales de izquierda y derecha, las encuestas no están midiendo una actitud anti- establishment que aparentemente se expresa a última hora.

Las encuestas. La primera encuesta política de que se tiene noticia la aplicó el periódico Harrisburg Pennsylvanian, en 1824, para averiguar cómo votarían los ciudadanos de Wilmington, Delaware. En 1880 un grupo de periódicos integrado por el Boston Globe, el New York Herald Tribune, el St. Louis Republic y Los Angeles Times aplicó una encuesta nacional, iniciando la tradición norteamericana de formar grupos de periódicos para anticipar lo que pasaría en una elección. Esas encuestas no tenían ningún nivel técnico, pero sí una gran precisión en un tiempo en el que pocas personas salían de su aldea y solo podían hablar con sus vecinos.

La radio apareció a principios del siglo XX y rompió el enclaustramiento en que vivía la mayoría de la gente. En 1936, la revista Literary Digest, con 2 millones de respuestas a sus cupones electorales, anunció el triunfo de Alf Landon sobre Franklin D. Roosevelt. Fue un error garrafal.

Ese mismo año George Gallup aplicó la primera encuesta con recaudos estadísticos y con una muestra de mil personas anunció correctamente los resultados. Nacieron las encuestas modernas que se aplican desde entonces en todo el mundo. Cientos de miles de personas estudian y analizan la realidad con ellas. En todos los países latinoamericanos hay encuestadoras serias que trabajan desde hace años, cuyos directivos no hacen negocios ni buscan cargos. Son personas que están enamoradas de su profesión.

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Dificultades. Hace treinta años el encuestado se sentía halagado cuando lo entrevistaban y respondía de buen grado. Con la cantidad de encuestas que se hicieron desde que aparecieron las telefónicas, la mayoría de la gente ni siquiera quiere responder al teléfono. Las encuestas telefónicas se hacen a teléfonos fijos, que son cada vez más escasos, y quienes los usan no representan al universo general.

La sociedad líquida hace difícil que las encuestas anticipen el futuro. Todo individuo vive comunicado directamente con otros y toma actitudes motivado por razones que escapan al análisis tradicional. La cantidad de información que aparece todos los días es descomunal. Por nuestras calles caminan más inventores de los que existieron en toda la historia. En una semana se hacen más descubrimientos científicos que en todo el siglo XIX.
La revolución de las comunicaciones produjo un nuevo tipo de ser humano. Los celulares se volvieron parte de nuestro cuerpo y cambiaron nuestra mente. Nos acostumbramos a que todo sea urgente y rápido como los mensajes del celular. Nuestro cerebro se adaptó a nuevas formas de comunicación que inundaron nuestra vida: emoticones, música, memes, mensajes fugaces. La sociedad es cada vez más horizontal y diversa, sin autoridades definidas, nuestras preferencias se han vuelto tan intensas como efímeras.

Internet nos proporciona gratuitamente información y mecanismos de comunicación que ayudan para que se formen grupos alternativos en los que muchos militan activamente.

Aparecieron temas que movilizan a más gente y de manera más intensa que los de la política: la mujer, la música, las sexualidades alternativas, los youtubers, el aborto, los veganos, el medio ambiente, los animales, la vida saludable y una constelación de asuntos que nunca imaginaron Marx ni Weber. Quienes participan de esas comunidades tienen siempre a mano iPods en los que no hay marchas políticas ni discursos.

Normalmente las actitudes y los candidatos de los que hablamos tienen el rechazo de los medios de comunicación, las universidades sofisticadas, las personas que entienden la economía y la política de manera más global. Los encuestados responden que no han decidido cómo votar, pero apoyan a último momento al que parece más rechazado por el círculo rojo y por eso las cifras se mueven siempre en contra de los candidatos y posiciones más convencionales.

Fondos de inversión. El viernes anterior a las PASO algunas financieras compraron masivamente títulos argentinos, estimuladas por los informes de varias encuestadoras que trabajan para fondos de inversión, que anunciaron un empate entre Alberto Fernández y Mauricio Macri.

Los trabajos los hicieron encuestadoras serias que contaron con recursos para estudiar la coyuntura con todo tipo de metodología.

Conozco a algunos de sus especialistas; son personas preparadas que trabajaron con responsabilidad, conscientes de que lo que se jugaba era serio: cientos de millones de dólares que pretendían multiplicarse generosamente y que en 48 horas cayeron a la mitad de su valor.

Sería torpe decir que los grandes fondos de inversión tomaron sus decisiones porque estaban engreídos o porque no escogieron bien a las encuestadoras. Muchas grandes empresas, bancos e inversores del mundo contratan encuestas con fines semejantes y lo seguirán haciendo. Haría el ridículo un gerente que dijera que por el fracaso de las encuestas en Argentina es mejor reemplazarlas con el consejo de videntes y políticos con los zapatos rotos de tanto caminar por sus países.

Las encuestas son parte de la civilización y por el momento no tienen reemplazo. Cuando se cae un avión no es inteligente clausurar los aeropuertos y comprarse un caballo. Hay que colaborar para que los aviones mejoren.

Estadísticas. Las hipótesis que existen para manejar una campaña solo pueden probar su eficacia aplicando encuestas. Algunos creen que el “pueblo”, cuando atraviesa una crisis, elige como presidente a un economista. Para saber si eso es así hay que hacer una pregunta al respecto en una encuesta.

También se puede aplicar la estadística a la historia: Argentina lleva décadas de crisis económicas recurrentes: ¿cuántos presidentes economistas eligió?, ¿en cuántos países en crisis han elegido a economistas?

Sería interesante saber cuántos electores se han unido o se han alejado de Alberto Fernández después del resultado de las PASO. ¿cómo averiguarlo?

Los críticos de las encuestas empezarán a publicar números sobre la primera vuelta muy pronto y nos dirán si Trump puede ser reelegido con otras encuestas.

En 1918 se extendió la peor pandemia de la historia, la gripe española, que mató entre 40 y cien millones de personas. Algunos pensaron en cerrar todos los hospitales y prohibir la medicina, pero la técnica no se detiene a pesar de las crisis que pueda vivir en determinados momentos. Cuando me siento mal prefiero que me diagnostique un médico y no que un pai umbanda me escupa alcohol en la cara.


*Profesor de la GWU.
Miembro del Club Político Argentino.

 


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