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Flaubert, Verne, Melville

Libros 20231125
Biblioteca | Libros | Pexels | Karol D

Hay libros que se escriben a puro impulso de la invención, otros que cuentan con el apoyo del recuerdo (que acomoda invención y testimonio), y están los que se escriben empleando los “saberes organizados”. Esos saberes son instancias, dispositivos, estructuras –como quieras– a las que el escritor apela y que de alguna manera dictan la forma general de su historia, independientemente del argumento al que recurra.

Si algo vale de Salambó, de Gustave Flaubert, no es la trama sino el extraordinario trabajo de reconstrucción de la perdida civilización cartaginesa, fruto de la vocación antropológica de la cultura francesa posconquista de Egipto, cuyos botines abarrotaron los museos parisinos. Así, su Bouvard y Pécuchet, la novela de la repetición como eternidad, es inescindible de la creación y uso de la enciclopedia, que pretende reseñar todos los saberes de aquel momento. Para un escritor, al menos para alguna clase de escritores, el saber es una ficción disponible para organizar universos imaginarios. La apropiación de conocimientos se vuelve fundamental, y el modo particular de empleo de ese saber es el signo que distingue a un autor de otro.

Por ejemplo: es claro que 20.000 leguas de viaje submarino, de Julio Verne, no podría haberse escrito sin una lectura atenta de Moby Dick, de Melville. La trasposición de los personajes es hasta cómica por lo descarada, pero a Melville le interesa el fenómeno del mal como naturaleza, la blancura de la ballena como enigma. En Verne, en cambio, el mal es una excusa para explorar las posibilidades de la ciencia y los paraísos de la ictiología.