El recurso narrativo de aquellas viejas series se repetía y es bien sabido: la historia empezaba junto con la llegada del héroe de la investigación. Se planteaba al comenzar un caso determinado y, al cabo de unos instantes de perplejidad y desconcierto generales, hacía su entrada el héroe; se abría paso entre cintas y vigilantes y empezaba, con su sola presencia podría decirse, a resolver la cuestión.
Había además otro recurso, tan usual como imprescindible: los casos se presentaban de a uno, como episodios, sin nunca superponerse. Cada uno empezaba de la nada y luego se cerraba en sí mismo, en un final distendido que prometía su “hasta la próxima”. En efecto, los casos ocurrían sucesivamente, de a uno por vez (como los villanos en las peleas a trompadas, que, siendo varios, también salían de a uno o a lo sumo de a dos), ya que era la única manera de que el héroe de la investigación contara con la eficacia impar del poder de su presencia (nadie puede, ni en las series, estar en dos sitios al mismo tiempo) y se volviera así posible el ideal de estar en todo.
Ese modelo, según parece, es el que inspira a Sergio Berni, y puede tener su atractivo para quienes cultivan un imaginario así. A esto le agrega Berni ciertas singulares dualidades: es secretario de seguridad y es también abogado (es decir, agente de la ley pero también su conocedor, su vigía y su letrado); es militar y es cirujano (cuenta con esas dos profesiones, la de destrozar cuerpos y la de recomponerlos, la de romperlos y la de arreglarlos, empuñando, según se precise, la metralleta o el bisturí).
Pero la realidad, hay que admitirlo, no funciona en general como las series. Y la fulguración estelar de la sola presencia, la escena rutilante de la llegada impar del héroe indispensable, si bien remedan aquellas ficciones, no bastan para resolver los casos que acontecen en el mundo real.
Por eso ahora nos preguntamos, por eso ahora preguntamos: qué pasó con Facundo Astudillo Castro. Iba desde Pedro Luro en camino a Bahía Blanca, la policía lo interceptó el pasado 30 de abril, después de eso ya no se supo.
Hay, pese a todo, una lección de aquellas series, no menos que del policial negro y sus detectives privados, que bien puede ser pertinente, porque suele verse penosamente confirmada en la realidad de las cosas: aquella que induce a recelar de la institución policial; incluso, o sobre todo, si se la integra.