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Demoliendo papeles

Dicho de otro modo, siempre hay algo sospechoso en un escritor demasiado cuerdo.

Hay un libro de Raymond Queneau que se llama En los confines de las tinieblas y corresponde a sus tempranas investigaciones sobre lo que llama “los locos literarios”. En sus cuatrocientas páginas se ocupa de textos escritos en el siglo XIX por alienados de diversa índole, en general paranoicos, delirantes o autores de teorías científicas marginales que no serían recordados por fuera de los estudios eruditos. Le pregunto a la inteligencia artificial si conoce escritores conocidos con alguna tuerca floja y me contesta que tampoco son demasiados los que se hicieron famosos. Aunque seguramente hay unos cuantos de los que la IA no escuchó hablar y nosotros tampoco, hay algunos nombres célebres como los de Antonin Artaud, Robert Walser o Philip K. Dick, a los que podríamos agregar a Jacobo Fijman o a Alejandra Pizarnik para no olvidarnos de los locos vernáculos. Pero nuestra amiga agrega algunos escritores geniales como William Burroughs, Fernando Pessoa o Louis-Ferdinand Céline cuya condición de locos es indecidible o fronteriza.

Claro que la inclusión de estos tres últimos en la lista nos inclina a dar vuelta el tablero y a pensar si, en el fondo, la locura no es una condición necesaria del genio literario o artístico en general. Dicho de otro modo, siempre hay algo sospechoso en un escritor demasiado cuerdo. No se puede descartar que Cervantes no compartiera algún rasgo con su famosa criatura. Pero tampoco que Borges, con ese aire serio y conservador, no fuera un chiflado importante. Lo más probable es esto último.

Me puse a pensar en la relación entre locura y literatura a partir de que cayó en mis manos un libro muy curioso, publicado en 1969 y traducido en México en 2024. Me refiero a Zozobra, de Barbara Molinard (1921-1986) que seguramente no habría llegado hasta nosotros sin la intervención benéfica de Marguerite Duras. Duras cuenta en el prefacio que era amiga de la escritora y de su marido, el cineasta Patrice Molinard. Entre ambos lograron que Barbara les entregara los relatos que componen el libro, que fueron casi los únicos que vieron la luz. El resto, como todo lo que escribía Barbara, una grafómana incansable, fue objeto de un proceso de destrucción sistemática por parte de un personaje imaginario, que ella llamaba “su enemiga”, y se encargaba de romper todo porque no estaba a la altura de sus ambiciones estéticas.

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Está claro que Molinard padecía de la condición llamada “tocame un tango”, pero eso es lo de menos. Lo más interesante son esos cuentos, ejemplos perfectos de un terror surrealista de elevadísima pureza. Los trece textos tienen una imaginativa y siniestra cualidad onírica en la que el protagonista (alternativamente hombre o mujer) padece en solitario la maldad, la violencia y la fealdad del mundo. Uno de los cuentos, el que lleva como título “La mano cortada”, contiene una de las mejores ideas distópicas de todos los tiempos. En él, la sociedad de tipo orwelliano en la que vive el héroe persigue a todos aquellos que demuestran algún rasgo de bondad. La represión a una bondad que no logra salir a flote impregna el resto de los cuentos, como si Molinard hubiera descubierto que la literatura no es otra cosa que una búsqueda clandestina de esa cualidad secreta. Lástima que su enemiga la perseguía para que no lo hiciera público.