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opinión

Pop pesimista

El pensamiento de Mc Luhan muchas veces fue cuestionado por su falta de rigor, de seriedad.

Siempre me causa gracia, por no decir pena, la importación de la jerga de la crítica de rock a la literatura. Reseñas en la que se escribe que “en su última novela, el escritor tal, se muestra en buena forma”, o “Después de cinco años de silencio, el escritor tal sale de nuevo al ruedo”. La literatura no es una gira mágica y misteriosa, aunque por momentos lo intente (y fracase). De todos estos clichés, los más graciosos son esos copetes que introducen notas con frases como: “descubra el secreto mejor guardado de la literatura sueca…” Enigmático enunciado que olvida que lo propio de la literatura es precisamente mantener el secreto, nunca develarlo. La relación entre el pop y la literatura se vuelve productiva cuando surgen fricciones: cuando el pop hace crujir la seriedad de la literatura y la literatura pone en abismo la falta de dimensión crítica del pop. Pero cuando esto no ocurre (y no ocurre demasiado seguido), estamos sencillamente en el terreno de la tontería y la trivialidad, el horizonte insuperable de nuestra época.

Pero siempre es bueno volver a las fuentes, es decir, a Tom Wolfe. En sus últimos años, Wolfe se convirtió en un muy mal novelista. Pero antes, en sus crónicas de los 60 y los 70, era brillante. Y cuando las releemos, nos pasa lo mismo que cuando lo leímos por primera vez (en los 80, en la colección Contraseñas de una editorial Anagrama muy diferente a la actual; diría de una editorial Anagrama sumamente interesante): nos encontramos con una prosa irónica, filosa, erudita, que logra que el mundo funcione como el contrapunto entre la inteligencia y la banalidad.

El Wolfe periodista llevó al extremo la implicación subjetiva, el sentido del humor y el juego de palabras. Rápidamente se habló de “nuevo periodismo”, y esa escuela se extendió a través del globo. Aquí de-sembarcó en los 80 en las revistas contraculturales, para luego avanzar hacia los medios mainstream, y terminar en las mesas de saldos de la Avenida Corrientes. La herencia local del nuevo periodismo se entregó con tanta facilidad al lugar común y la frase obvia, al chiste que no hace reír y al pensamiento por eslóganes, que hasta hay gente que no quiere leer a Tom Wolfe pensando que todo es culpa suya.

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Mi artículo favorito de Wolfe se llama “¿Y si tiene razón?”, de 1968, incluido en un libro titulado La banda de la casa de la bomba, y otras crónicas de la era pop. Wolfe viaja durante varios días junto a Marshall Mc Luhan, por entonces célebre teórico de la comunicación, autor de la aún más célebre frase: “el medio es el mensaje”. El pensamiento de Mc Luhan muchas veces fue cuestionado por su falta de rigor, de seriedad, por la búsqueda de grandes explicaciones generales que en realidad no explican nada. Wolfe conoce esas objeciones y muestra a Mc Luchan como poco menos que un chanta, preocupado sólo por hacer plata: da conferencias ante empresarios donde dice cosas sin sentido, aparece en los medios de comunicación como un gurú, por momentos parece un vendedor ambulante de electrodomésticos. Pero, en medio de esa crítica, cada tanto el texto se detiene y, como un estribillo, Wolfe se pregunta: “¿Y si tiene razón?” Y de golpe aparece la duda, la perplejidad, la ironía, la crítica radical, la desconfianza frente al optimismo de la época. Es el momento más hermoso del pop: cuando se vuelve pesimista.