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Asuntos internos

Una habitación, un libro

En el corazón de Ginza, ese barrio impecable de Tokio, se esconde un lugar que repudia la idea contemporánea de “más es mejor”. Vivimos inmersos en esa idea, buceamos en ella todos los días, en las librerías, en los supermercados, en los negocios de ropa. En este caso no se trata de una galería de arte, ni de una boutique minimalista, ni un salón Zen disfrazado de café de especialidad. Es una librería, pero no como uno suele imaginarse una librería cualquiera: solo vende un libro a la vez.

Su nombre es Morioka Shoten, y su filosofía podría resumirse en una contradicción viva: un templo de papel que rechaza la multiplicidad. Su dueño, Yoshiyuki Morioka, un viejo vendedor de libros usados, decidió, después de años de ver a lectores perderse y desaparecer entre pasillos infinitos, que la verdadera experiencia literaria no estaba en la elección sin fin sino en la atención concentrada. De modo que cada semana un solo título ocupa el centro del negocio, acompañado por obras de arte, objetos, fotografías o instalaciones que dialogan con su contenido.

No se trata de una vidriera conceptual, es más bien un desafío existencial. Porque frente a ese único libro, nosotros –lectores, consumidores, nómadas de la elección– no tenemos otra opción que mirar, sentir y tomar desiciones. No hay mesas con novedades, no hay estantes ordenados alfabéticamente, no hay listas de superventas que nos desvíen la mirada, no hay un algoritmo que nos diga qué nos conviene leer. Solo está ese volumen, singular, propuesto como un punto de encuentro entre autor, lector y tiempo.

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La librería se define con una máxima que bien podría haber sido escrita por un filósofo alemán: “Issatsu, Isshitsu” –una habitación, un libro. Y en esa limitación se produce una apertura mucho más profunda: la experiencia de lectura, antes reducida a una transacción, aquí rpentinamente se vuelve ritual. En un mundo saturado de opciones, donde el clic nos promete mundos infinitos, Morioka nos recuerda que la libertad tal vez no está en la cantidad, sino en la calidad de nuestra atención.

Entrar allí es como caer en un remolino temporal. La puerta se cierra y obliga al visitante a confrontar la obra escogida, a vivirla como si fuera la única posibilidad de la semana. El libro elegido cambia cada siete días, se convierte en eje de conversaciones, tertulias, encuentros con el autor, si es posible, y en el centro de pequeños eventos que animan a quienes cruzan la puerta a compartir una experiencia colectiva.

Un negocio que vende un solo libro es, en realidad, una crítica sin ironía al mercado editorial y al retail moderno: mientras gigantes como Amazon convirtieron los libros en mercancía líquida –bueno, no solo ellos–, intercambiable e instantánea, Morioka Shoten los devuelve a su carne, a su presencia física, a su tacto, a su olor y a su contexto. Es una librería, sí, pero también es una galería, un salón de reflexión, y, quizá, un templo laico de la lectura y el silencio.

En otras palabras: la ausencia de elección se vuelve la elección más decidida y contundente de todas. No porque restrinja a todo aquel que se atreve a cruzar el umbral, sino porque lo confronta con esa pregunta que en realidad está detrás de todas y cada una de las lecturas: ¿qué estoy dispuesto a elegir cuando el resto del mundo por fin se hace silencio?

No hay “próximo libro”. Solo hay este. Solo hay este instante. Solo hay este texto que se lee como se debería vivir: con calma, con atención, con preguntas, con enamoramiento, con ganas de salir igual, indemne, pero levemente transformado. Levemente trastornado.