miércoles 16 de junio de 2021
COLUMNISTAS opinión
16-05-2021 04:09

La batalla final

El punto álgido de la modernidad es que el ex marido de Torv, un agente de los servicios secretos, se convirtió en mujer.

16-05-2021 04:09

Encuentro en YouTube una clase magistral de Francesco Piccolo sobre “Escritura de series”. Piccolo, que domina el arte de la expresión seriocómica, les anuncia a sus alumnos que son gente privilegiada, ya que es cada vez más difícil vivir de cualquier otra forma de escritura: “La literatura está en crisis, nadie lee ensayos, los diarios se están muriendo y se acaba el periodismo, pero las series televisivas son una actividad en permanente expansión”. El mismo día aparece en Twitter, en la ocurrente cuenta de El mundo Today, una imagen que muestra a un individuo esposado por dos policías. Debajo hay un epígrafe que dice: “Detenido un hombre que no vio las series que había que ver sí o sí en 2020”. 

Cuando me pongo a ver series, suelo elegirlas en el grupo equivocado. La semana pasada vi dos temporadas de una producción australiana llamada Secret City, que transcurre en Canberra, la capital del país, donde se tejen sangrientas intrigas políticas. La protagoniza la atractiva Anna Torv, que trabaja como periodista de investigación en un gran diario. La primera temporada es muy movida y, como es una serie moderna en una ciudad moderna, la arquitectura es puro lujo: tanto los edificios como la decoración de interiores, tanto las oficinas públicas como las residencias privadas son de la más alta gama visual. El punto álgido de la modernidad es que el ex marido de Torv, un agente de los servicios secretos, se convirtió en mujer. Como tal, ahora tiene un romance con otro espía y cuando la asesinan, el viudo y la viuda, que la extrañan mucho, se convierten en amantes. La segunda temporada no es tan buena: se pone convencionalmente progresista, ya que los villanos y sus topos dejan de ser los chinos y la máquina secreta del mal pasa a ser el famoso complejo industrial-militar con base en Estados Unidos que denunció Eisenhower en 1961 (bueno, la serie no es tan moderna). Nunca hubo tercera temporada. Ese es el problema de las series: son un caso extremo de darwinismo, solo sobreviven unas pocas y la mayoría desaparece. 

Pero como temía que me llevaran preso, me puse a ver una de las series del momento: Mare of Easttown. Está producida y protagonizada por Kate Winslet, que hace de una policía de ciudad chica, abrumada por su pasado, abrumada por la vida, abrumada por el frío, la desolación moral, por la sombra de Twin Peaks y de Fargo. En pocas horas ocurren tantas desgracias y se rememoran tantas otras que es imposible tener todas en la cabeza. Lo más raro de la serie es que en esa comunidad de clase trabajadora empobrecida, que abunda en locaciones lúgubres pero carece de geografía, hay también una vida universitaria, que parece funcionar en otra dimensión topológica, porque los dos universos no se cruzan en las imágenes. Salvo porque Winslet tiene un romance con un profesor que conoce en un bar. ¿Qué enseña este buen hombre? Escritura Creativa, desde luego. La relación entre la policía palurda y el sofisticado escritor es parte del extraño humor de la serie. Mediante su delegado, los guionistas se entrometen en la ficción como si imaginarle desgracias a Winslet no fuera suficiente y necesitaran poseer su carne. Pero ella se resiste. Estamos ante una versión actualizada de la lucha de clases: la batalla por el control de los medios de enajenación.

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