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COLUMNISTAS / DESPUES DE LA FOTO
domingo 10 noviembre, 2019

La larga espera

A un mes para la asunción del nuevo gobierno, lo que parecía una transición amistosa se paralizó.

por Carlos De Angelis

Tiempo de descuento, Alberto Fernández. Foto: Pablo Temes

La transición entre la salida de Mauricio Macri y la entrada del presidente electo, Alberto Fernández, entró en una fase de parálisis desesperante.

Las facturas pendientes se acumulan en la puerta de la Casa Rosada y nadie parece responder. Las principales figuras del gobierno nacional están entre deprimidas por la salida del poder y preocupadas por su futuro, laboral, político y judicial. También se debe decir que no pocos ejecutivos que fueron a “dar una mano” al sector público ahora parecen haberse enamorado del denostado Estado.

¿Qué pasó? Muchos no pueden entender qué pasó cuando, a principios de año, se soñaba con al menos tres mandatos macristas y ahora deben entregar el mando al enigmático albertocristinismo. Algunos siguen insistiendo en que no se terminó de comunicar bien el sentido y la dirección del proyecto político de la revolución amarilla y por ello miran de reojo a Marcos Peña buscando descargar culpas. A favor de esta crítica muestran la contundente levantada del 32% al 40% entre las PASO y las generales. En ese lapso, Macri puso en juego su capital político personal a la vieja usanza dejando de lado sofisticados dispositivos de la comunicación política para revitalizar el fuego de una usina que se fue apagando a golpes de un programa económico que empobreció a la mayoría de los argentinos. 

A sabiendas de que el heurístico de la “pesada herencia” volverá como boomerang, Peña reaccionó con el peculiar documento “Ocho puntos sobre la economía”, intentando “curarse en salud” sobre el aluvión de críticas que sobrevendrá no bien los nuevos funcionarios accedan a la información precisa de las cuentas del Estado nacional. El documento contiene algunas descripciones desconcertantes como que “el consumo privado también impulsará el crecimiento” cuando las proyecciones para 2020 del FMI hablan de una caída del PBI del orden del 3,2%. También se hace referencia a que, “lamentablemente, no se puede eliminar la inflación de un día para el otro, pero en estos cuatro años hemos dado los pasos necesarios para empezar a ver una reducción sostenida y sostenible de la inflación…”, sentencia que exime de comentarios.

Volver. Todavía queda un mes completo para la asunción del nuevo gobierno, y la transición amistosa que parecía abrirse tras la fotografía del 28 de octubre entre Macri y Fernández se truncó por falta de interés recíproco.

El gobierno que sale enarbola la hipótesis, perfilada por el mismo Presidente el 11 de agosto, de que los problemas se agudizan con notable velocidad porque vuelve el peronismo, lo que apuró la salida del peso por parte de los operadores y obligó a tomar medidas extremas como la colocación del ultracepo cambiario. Como parábola bíblica, abrirlo fue la primera medida de Alfonso Prat-Gay como ministro de Hacienda y Lacunza, encargado de volver a imponer un candado que acompañará largamente al gobierno de Fernández.

El gobierno que entra busca desmarcarse de las dificultades del momento, y Fernández deshoja la margarita para seleccionar a su gabinete, un proceso no exento de dificultades dado que tiene que contener a una convergencia de sectores y consensuar algunos nombres con la vicepresidenta electa, Cristina Kirchner, de perfil hiperbajo. Los rumores sobre nombres que entran y salen de las listas están a la orden del día. Sin embargo, los correveidiles continuarán al menos dos semanas más. La atención mediática está puesta en la nueva configuración del Poder Ejecutivo y los ministros correspondientes, aunque el equipo completo hasta el nivel de dirección general alcanza a casi seiscientas personas. La lupa del “mercado” y sus operadores atienden a quienes ocuparán las carteras económicas que perfilarán la política del área.

Un elemento sustantivo es si el nuevo ejecutivo finalmente creará un consejo económico y social que tendría la función de generar las condiciones para sellar un pacto social y si realmente lo encabezaría alguien por fuera del Frente de Todos, como Roberto Lavagna o Ricardo Alfonsín. En otro orden, también se plantea la creación de un Consejo Nacional de Seguridad que unifique las políticas de esa área sensible y plantee un enfoque diferente a la gestión de Patricia Bullrich. La idea general de estos consejos es siempre positiva, lo difícil es lograr una coordinación eficiente y dinámica, y que sus decisiones sean legalmente vinculantes.

Fotogramas. Una de las fotos más interesantes que dejó la semana fue la de la presencia de Alberto Fernández en la histórica sede de la CGT de Azopardo. La primera lectura rápida fue el conteo de mujeres presentes, que efectivamente resultó igual a cero, una segunda destaca el momento en que Fernández planteó que el movimiento obrero sería parte del nuevo gobierno, mientras que la tercera lectura fue más inquietante, al menos para la visión clásica de los popes sindicales: transformar la sede de la CGT en un centro de educación tecnológica para capacitar a los trabajadores y los jóvenes. Esta colusión no es algo que entusiasme a la nomenclatura sindical. Más allá de las miradas sesgadas, el sindicalismo “peronista” tiene un gran grado de autonomía basado en sus cuantiosos caudales provenientes de los aportes de obra social (que en muchos casos está tercerizada). Esa autonomía los convirtió en un virtual y denso grupo de presión en condiciones de negociar la conducción de la cartera de Trabajo en distintos gobiernos, y de generar recursos por fuera de la relación representante-representado.   

En esta larga espera sobresalen las novedades políticas de una región convulsionada. Si se habla de disputa, el Cono Sur está más disputado que nunca. Las revueltas en Chile no se detienen, Piñera está lejos de conservar su legitimidad por fuera de la represión. Bolivia se dirige a una nueva elección, probablemente mejor escenario para Evo Morales que un incierto ballottage. Bolsonaro, al mejor estilo Trump, le declaró la guerra económica a Alberto Fernández, pero con su liberación Lula da Silva puede pasar a ser un elemento desequilibrante en el complejo mapa político brasileño. La imagen de Lula en libertad recorrió el mundo y habilitó los festejos, especialmente en momentos en que el Grupo de Puebla visita Buenos Aires. Sin embargo, son todas batallas parciales en la reconfiguración de la hegemonía mundial del poscapitalismo.

*Sociólogo (@cfdeangelis).


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