COLUMNISTAS
ARGENTINA Y EL MUNDO

La montaña de Sísifo y nuestra politica exterior

La diplomacia argentina no puede empezar de cero una y otra vez, como el mito griego del condenado a subir una piedra a la montaña que inevitablemente volverá a caer.

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Mito. Es esfuerzo permanente, e inútil, porque está condenado al fracaso. | cedoc

La política exterior argentina pareciera estar condenada a experimentar un proceso similar al que sufría el personaje de la mitología griega rescatado por Albert Camus en su ensayo El Mito de Sísifo. En efecto, Sísifo había sido condenado a realizar una tarea recurrente e infinita por haber desafiado a los dioses: la de llevar una enorme piedra hasta la cima de una montaña; pero cada vez que llegaba a la meta, la piedra rodaba hacia el pie de montaña, de donde Sísifo debía acarrearla nuevamente hasta la cima. 

Sin embargo, en un libro de mi autoría -Buscando Consensos al Fin del Mundo-, señalaba que la política exterior argentina, en vez de intentar ascender por la misma montaña, había procurado escalar tres montañas diferentes entre 1983 y 2010, sin llegar a alcanzar con éxito ninguna de las tres cimas, y siempre viendo la metafórica roca volver a caer rodando.  La primera montaña a escalar sería la propuesta por el tándem Alfonsín-Caputo en la década del ochenta. Estaba simbolizada por definir a la Argentina como un país occidental -en lo cultural-, en desarrollo y no alineado, y que buscaba apoyarse más en las democracias europeas que en Estados Unidos. Mostraba simpatía por los gobiernos de Cuba y Nicaragua, y buscaba tener un rol preponderante en las discusiones de tipo Norte-Sur, aspirando a tomar posiciones de liderazgo dentro del grupo de los países no desarrollados. Buscó, además, unir a los países deudores en sus reclamos frente a sus acreedores: las potencias occidentales. 

La segunda montaña sería la propuesta por la tríada Menem-Cavallo-Di Tella durante la década del noventa, que rechazaría de plano la idea de ser un país no alineado, para alinearse a Occidente y en particular a Estados Unidos. Esta propuesta incluía el ambicioso y atractivo objetivo de “volver al primer mundo”, sin dar demasiada importancia al concepto de autonomía. Otra característica de esta montaña fue la de convertirse en “aliado extra OTAN” de Estados Unidos. A su vez, se promovió el acercamiento a Gran Bretaña y la creación de un “paraguas de soberanía” para avanzar en el tema Malvinas y se construyeron lazos más profundos con Brasil, a través de la creación del Mercosur, y con Chile. 

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La tercera montaña sería la propuesta por el matrimonio Kirchner en las primeras décadas del siglo XXI. Se destacaría por una combativa posición frente a Estados Unidos y los países europeos, dosificada con fuertes actos de sobreactuación de parte del gobierno argentino. Se caracterizaría por la formación de un eje Caracas-La Habana-Buenos Aires, con motivaciones ideológicas y financieras, y por la presidencia argentina del G-77. Finalmente, hacia el período de Cristina Kirchner, se observaría un estrechamiento de las relaciones con China y Rusia, y un acercamiento a Irán. 

El mencionado libro, que llevaba como subtítulo “Hacia una política exterior argentina con consensos (2015-2027)”, proponía determinar, con un nivel suficiente de consenso, cuál era la montaña que la política exterior argentina debía escalar, y como debería hacerlo para tener éxito. 

Sin embargo, desde el 2015 hasta hoy la política exterior ha elegido escalar otras dos nuevas montañas, bastante diferentes entre sí.  Por un lado, la cuarta montaña, que intentó escalar el gobierno de Mauricio Macri, pareció ser parte de la misma cordillera a la que pertenece la cumbre escalada durante la década de los noventa. Esta cuarta montaña pareció en principio caracterizarse por una diversificación de nuestras relaciones internacionales, que incluyeran a potencias establecidas y emergentes, y por un alto nivel de proactividad -que se mantuvo durante todo el período. Pero a medida que avanzaba el mandato, y con la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, se pareció implementar lo que el profesor Roberto Russell denominó una política de “aquiescencia” con respecto a Washington.  Esta tendencia se acentuó tras el paquete de rescate del FMI. En paralelo, se recalibraron las relaciones con China y Rusia, bajando el tono político de estos vínculos. A nivel latinoamericano, tras desactivar el eje Caracas-La Habana- Buenos Aires, Argentina se alineó con Estados Unidos en cuanto a Venezuela, integrándose al Grupo de Lima. En relación a los países limítrofes, se recompusieron las relaciones con Chile, Uruguay y Paraguay, y se elevaron los horizontes de la relación con Brasil, a través de la firma de los tratados del Mercosur con la UE. 

Por otro lado, la quinta montaña que intenta escalar la dupla Fernández-Kirchner es parte de la cadena a la cual pertenece la cumbre que el kirchnerismo intentó escalar en las primeras décadas del siglo XXI.  Así, esta dupla pareció inclinarse hacia regímenes autoritarios como China y Rusia en lo político, económico y tecnológico, pero sin confrontar agresivamente con las potencias establecidas, y en particular con Estados Unidos. En el exterior próximo se ha distanciado de dos socios estratégicos -Brasil y Chile-, y ha buscado no confrontar, tomando posiciones ambiguas,  con los regímenes de Venezuela o Nicaragua para posicionarse como un mediador entre éstos y Washington. Aunque no con demasiado éxito. El presidente Fernández ha acompañado estas acciones con expresiones grandilocuentes como la de “es hora de entender que el capitalismo no ha dado buenos resultados”. A su vez ha procurado formar un eje político-ideológico Buenos Aires-Ciudad de México con Andrés Manuel López Obrador, sin darse cuenta de que más allá de las aparentes similitudes ideológicas , la economía mexicana está sumamente integrada a la estadounidense, lo que limita sus grados de interés y autonomía a nivel regional. 

Ante esto, sería conveniente en materia de política exterior que estas dos metafóricas cadenas de montañas tendieran a confluir. para dar mayores grados de coherencia y efectividad a nuestras relaciones internacionales. Para ello sería recomendable:  a) dejar de lado las posiciones promovidas por los extremos políticos, b) mantener las pocas políticas de Estado en el campo internacional -paz e integración con Brasil y Chile, defensa de los Derechos Humanos, la política nuclear- c) procurar una diversificación dinámica de nuestras relaciones exteriores para obtener mayores grados de autonomía, mediante relacionamientos positivos y simultáneos con las potencias establecidas, las emergentes y el exterior próximo, reconociendo los desplazamientos relativos de poder a nivel global, pero defendiendo los valores democráticos y las libertades individuales, y d) relacionar estrechamente la política exterior a una visión o patrón de desarrollo consensuada, el otro gran consenso faltante en la política argentina. 

El objetivo debe seguir siendo el diseñar una montaña cuyas formas tengan los suficientes grados de consensos, como para aumentar las posibilidades de llegar a su cima. Y asegurar que la metafórica piedra de Sísifo no vuelva a caer rodando y debamos recomenzar desde cero la tarea diplomática, una vez más.

*Especialista en Relaciones Internacionales. Autor de “Buscando consensos al fin del mundo”.