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COLUMNISTAS / opinión
domingo 23 febrero, 2020

La Reina Esther

La editorial Lumen empezó renovando la literatura infantil y llegó a editar a Joyce, a Beckett, a Céline y a Gertrude Stein.

por Quintín

domingo 23 febrero, 2020

En Confesiones de una editora poco mentirosa, de Esther Tusquets (Lumen, 2020), dice que es la “primera edición en la Argentina bajo este sello”. La edición original es de 2005 en ediciones Zeta y, como se verá más abajo, el asunto tiene su importancia. Tusquets (1936-2012) fue la fundadora de la editorial Lumen y su directora por cuarenta años. La editorial Tusquets, a su vez, fue fundada por Oscar Tusquets, el hermano de Esther, y su mujer Beatriz de Moura. Con el tiempo, Lumen sería adquirida por el grupo Bertelsman, cuya rama editorial hoy se llama Penguin Random House. Tusquets, a su vez, es hoy parte del grupo Planeta.

Las Confesiones arrancan en 1959, cuando Magín Tusquets, un médico barcelonés con vocación de empresario, le comunicó a la familia que había adquirido una editorial de libros religiosos propiedad de su hermano. Poco después designó a Esther, que tenía entonces 24 años, como directora: fue el mejor regalo posible para una chica a la que le encantaba leer. Lo que sigue es la paulatina transformación de una pequeña editorial franquista en una parte destacada de la gauche divine. La propia Esther viró hacia la izquierda, pero de esto, así como de su vida amorosa, no habla aquí sino en los dos libros de memorias que escribiría más tarde. Las Confesiones solo se ocupan de libros y de amistades y son más amables que un cuento de hadas.

Lumen empezó renovando la literatura infantil y llegó a editar a Joyce, a Beckett, a Céline y a Gertrude Stein, entre muchos otros, y a tener éxitos descomunales como El nombre de la rosa y las tiras de Mafalda. La chica mimada se dio todos los gustos: publicó a sus autores amados, conoció a los escritores más famosos de su tiempo, hizo una vida social intensa, jugó a las cartas, charló, comió y bebió con el grupo de colegas y amigos que encabezaba su idolatrado Carlos Barral. Pero esa barra de amigotes influyó fuertemente en las letras hispanas y fue parte de la transformación que desembocaría en la España posfranquista. El particular encanto de este libro distendido, que se lee con alegría y placer, reside en que Tusquets cuenta desde la perspectiva de alguien a quien le tocó disfrutar de la vida en todo lo que le interesaba.

Barral apenas menciona a Esther en sus memorias, pero otro de sus amigos y colegas, Jorge Herralde, dice esto en las suyas: “La Reina Esther. En efecto, alrededor de Esther (es casi imposible imaginarla sola) se forma una corte, no muy numerosa pero apiñada, de amistades íntimas, personas que se dejarían matar por ella”.

Pero esta Arcadia tuvo un final amargo, que impregna sutilmente las Confesiones: luego de vender la editorial al grupo multinacional, se suponía que Esther continuaría dirigiendo Lumen por cinco años. Sin embargo, un año antes de que venciera el contrato, los ejecutivos del grupo la despidieron y le provocaron una humillación alevosa que incluyó la traición de Carmen Giralt, su colaboradora más cercana, a quien designaron como su sucesora. Una ofensa irreparable, aunque en algún momento, posiblemente post mortem, Lumen terminó adquiriendo los derechos para reeditar las Confesiones. Es que las corporaciones todo lo pueden.


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