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Asuntos internos

La señora de Cartagena

En 1995 una mujer se acercó a Gabriel García Márquez en Cartagena y le anunció que iba a dejar de leerlo: había descubierto que escribía sus novelas con computadora. “No lo volveré a leer. Así cualquiera”, le dijo. La frase merece una placa. García Márquez había pasado de la pluma a la máquina de escribir y de la máquina de escribir al procesador de textos, y a aquella lectora le parecía que en alguna de esas mudanzas se había perdido la literatura.

Treinta años después le tocó a Olga Tokarczuk. La premio Nobel contó que usa inteligencia artificial para documentación preliminar, búsqueda y verificación de datos. Dio un ejemplo: mientras trabajaba en su nueva novela le preguntó a un modelo qué canciones podían haber bailado sus personajes décadas atrás. También dijo que a veces tira una idea a la máquina y le pregunta cómo podría desarrollarla. Fue suficiente. La noticia pasó a ser: Tokarczuk hace escribir sus novelas a la IA. Ella tuvo que aclarar luego que ninguna línea de sus libros fue escrita por inteligencia artificial y que verifica lo que obtiene de ella.

La confusión tiene un antecedente todavía más hermoso. A veces pienso cuántas novelas habría escrito Julio Verne si hubiera tenido una máquina de escribir. Verne escribía a mano y organizaba la página como si ya conociera las desgracias de la corrección: la dividía en dos mitades; a la izquierda iba el texto, con una letra pequeña y apretada, y a la derecha las correcciones, agregados y notas. Los manuscritos conservados de La vuelta al mundo en ochenta días y Viaje al centro de la Tierra muestran exactamente ese sistema. Con semejante artesanía produjo una obra monstruosa: más de ochenta novelas y relatos sólo dentro del universo de los Viajes extraordinarios. Uno imagina lo que habría hecho con una Remington y da miedo.

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Claro que un procesador de textos y una inteligencia artificial no son lo mismo. Fingir que lo son sería la manera más rápida de no discutir nada. La computadora de García Márquez no podía proponer una frase; la IA de Tokarczuk sí puede hacerlo. Puede sugerir, continuar, resumir, imitar y, llegado el caso, escribir páginas enteras. La frontera existe. Si alguien encarga una novela a una máquina y después la firma, el problema no tiene nada que ver con borrar una errata volviendo a mecanografiar la página entera (García Márquez hacía eso).

Pero entre eso y preguntarle qué música sonaba en un baile de hace cincuenta años hay una distancia que el escándalo necesita eliminar. Cada herramienta nueva aplicada a la escritura produce la misma fantasía: si el trabajo se vuelve un poco menos penoso, también debe de volverse menos artístico. Como si el talento pudiera medirse en tendinitis.

Nadie acusa al diccionario de escribir por el escritor. Nadie piensa que una biblioteca sea coautora porque allí se encontró un dato. Tampoco suponemos que la secretaria a quien Henry James dictaba sus novelas fuera Henry James, ni que Vera Nabokov fuera Vladimir. Sin embargo aparece una pantalla y enseguida empieza la sesión espiritista: ¿quién escribió realmente?

En el fondo seguimos siendo aquella señora de Cartagena. Conservamos una superstición según la cual la literatura debe costar trabajo visible. La página manuscrita, tachada, vuelta a copiar, parece más auténtica que la misma página corregida en un procesador. Cinco horas de hemeroteca tienen más prestigio que cinco minutos de búsqueda, aunque el dato encontrado sea el mismo. El sufrimiento funciona como certificado de origen.

Verne habría aceptado encantado una máquina de escribir. García Márquez aceptó la computadora. Tokarczuk acepta la IA con cautela, como herramienta de búsqueda y conversación. Ninguna máquina convierte a cualquiera en Verne, García Márquez o Tokarczuk.

Ese es, justamente, el problema del “así cualquiera”: que nunca es cualquiera.