domingo 26 de septiembre de 2021
COLUMNISTAS opinion
14-02-2021 05:49
14-02-2021 05:49

Modo electoral: + Alberto - Cristina

14-02-2021 05:49

Nada de lo que hagan o digan los dirigentes oficialistas y opositores de ahora hasta los comicios dejará de estar teñido de un sesgo electoral.

Así, la gestión de las vacunas será modelo o un fraude, la economía estará a la deriva o dará muestras de una exitosa recuperación, y al Gobierno lo comanda un títere o se trata de un hombre moderno y equilibrado.

En un sentido es normal que esto sea así. Pero cuando se nota mucho que cada cosa que se hace o se dice está pensada para dañar al adversario y posicionarse mejor, el truco electoralista queda al descubierto y los políticos corren el riesgo de degradarse a sí mismos.

En campaña. Mientras que el macrismo y el radicalismo redoblaron la dureza de sus críticas al Gobierno, todavía pensando más en sus internas que en las generales, el modo electoral del Gobierno tiene por objetivo recuperar el voto independiente con el que ganó en 2019.

No aspira a traducir en las urnas el casi 80% de imagen positiva que alcanzó el Presidente al principio de la pandemia, pero sí a ser de nuevo la fuerza más votada con más del 40% de los sufragios.

El Gobierno acepta que para captar el voto independiente, AF debe recuperar rol de moderado y CFK bajar más el perfil

La campaña ya empezó. Alberto Fernández volvió a ponerse el traje de mandatario cosmopolita, mostrándose con seis líderes internacionales en las últimas tres semanas: fueron Zoom con Georgieva Kristalina (FMI), Merkel (Alemania), Putin (Rusia), Macron (Francia) y Costa (Portugal); una visita a Chile, con un presidente con el que no coincide ideológicamente como Piñera; y otra, el 24 de febrero a México, para reunirse con López Obrador, de quien sí se siente más cercano. En el medio, participó del Foro de Davos.

En términos electorales, esta hiperactividad internacional de líder de un país “abierto al mundo” es una señal hacia el votante independiente para contrastar con el “eje bolivariano” de la década kirchnerista. Un “volvimos mejores”, reloaded.

En ese mismo sentido de mostrarse como un estratega pragmático distinto al dogmatismo de su vicepresidenta en la materia, apura a sus embajadores  Argüello y Scioli para lograr citas presenciales durante marzo con los presidentes Biden y Bolsonaro.

Puertas adentro, el modo electoral albertista también implica reforzar la idea de mandatario dialoguista que por momentos había olvidado durante el año pasado.

Solo esta semana, impulsó tres encuentros en la Casa Rosada que fueron en esa dirección: el del acuerdo de precios y salarios entre empresarios y sindicalistas, con la Mesa de Enlace y otro con los dueños y CEOs de empresas. A esto le seguirá el lanzamiento del Consejo Económico y Social que presidirá Gustavo Beliz.

Promesa y realidad. El encuentro con los dueños de empresas estuvo presidido por Cafiero, Guzmán y Kulfas y, según se promocionó, terminó con aplausos empresarios seducidos por el costado más ortodoxo del ministro de Economía.

Fue cuando Guzmán dio su visión monetarista sobre la inflación y su ratificación de bajar drásticamente el déficit fiscal. Pero eso mismo hizo ruido en la interna del Frente de Todos, no solo en el cristinismo. Sin embargo, lo justifican en el marco de la negociación por la deuda con el FMI: “El acuerdo se va a cerrar en abril y hasta entonces ese es el discurso que él debe tener”. De ahí hasta las elecciones habría tiempo para flexibilizar.

Empresarios y funcionarios también apoyaron el objetivo de que este año los sueldos le ganen a la inflación. Una misión que saben extremadamente compleja. Después de tres años de caída del 15% del PBI, con 3,5 millones menos de puestos de trabajo en 2020, con un 20% de desocupación real si se incluye a quienes desistieron de buscar empleo y con una pobreza que ronda el 40%, es difícil imaginar que lo primero que se recupere sean los salarios.

El Gobierno probará con pisar tarifas, retrasar el dólar y contener los Precios Cuidados, para que la inflación esté más cerca del 29% que del 50%. En cualquier caso, el objetivo de que en los próximos meses bajen el desempleo y la pobreza y suban los sueldos, todo a la vez, está más en línea con una promesa electoral que con la realidad.

Pero lo que para unos es una táctica electoral de este año, para el Presidente puede ser una estrategia para 2023

Postulación 2023. La otra campaña de Alberto Fernández es alinear a su complejo frente interno.

Después de tres meses, retomó los contactos con Cristina Kirchner, aunque ya nadie en el Gobierno intenta vender la imagen de pareja perfecta. Su principal interlocutor en el cristinismo sigue siendo Máximo Kirchner. Hace diez días almorzó con él y con Sergio Massa. Hablaron del operativo de vacunación, de la inflación y de qué hacer con las PASO. Que es como hablar de cuáles son las mejores armas para ganar las elecciones.

No se sabe si también hablaron de la derogación de la prohibición de reelección de los intendentes que rige desde 2016. Los intendentes peronistas que se reúnen por separado con el Presidente le piden que vuelvan las reelecciones y le avisan que, de lo contrario, los camporistas se quedarán con sus puestos. O algo peor: que el peronismo macrista de Santilli, Monzó y Pichetto irá por ellos para sumarlos a sus listas.

Los intendentes juran que se van de esos encuentros con su apoyo. Lo mismo suelen decir gobernadores de distinto signo, sindicalistas y empresarios.

A cada uno lo que quiera oír. Perón estaría orgulloso de este alumno.

Es que Alberto Fernández no solo está intentando reconstruir la alianza electoral con el votante menos kirchnerista, está construyendo su futuro para después de las elecciones.

Mostrándose con líderes del mundo, retomando sus contactos con el establishment, recostándose en el sindicalismo, en los gobernadores y en los intendentes (porque él no fue solo el candidato de Cristina, también fue del peronismo no K), el Presidente se está postulando para 2023.

Sabe que si su administración fuera exitosa, su reelección sería difícil de frenar. Y si fracasa, quedarán inhibidos tanto él como quienes lo acompañan en el Gobierno.

Su modo electoral para diferenciarse de Cristina en las legislativas le sirve a él y le sirve a ella: si ganan, ganarán ambos. Si pierden, pierden los dos. Por eso la vicepresidenta aceptaría asumir un rol secundario en la campaña, similar al que eligió en 2019. Perfil más bajo, menos confrontativo en la medida en que sus causas judiciales lo permitan, y apariciones puntuales para consolidar a su núcleo duro de votantes.

Táctica y estrategia. Pero el objetivo final del Presidente no es octubre, sino heredarse a sí mismo.

Sabe que, faltando más de dos años y medio para eso y siendo parte de un frente multiperonista, sería un suicidio político blanquear ahora su pretensión. Por eso prohíbe que sus funcionarios y aliados hablen de “albertismo”. Y le sigue enviando señales de cohesión a Cristina (pero sin echar a los funcionarios que no funcionan), traduciendo las críticas de quienes lo llaman títere de su vice como una oportuna ofrenda de lealtad hacia ella.

También tranquiliza los deseos presidencialistas de Sergio Massa, diciéndole en privado que él será como Adolfo Suárez, aquel presidente de la transición española que permaneció en su cargo un período. Solo que donde Massa escuchó una certeza, Alberto le planteó apenas una posibilidad: “Si me toca ser Suárez, no tengo problema en aceptarlo.”

“Más Alberto y menos Cristina” parece ser la fórmula que hoy se asume en el Frente de Todos para conseguir la mayor cantidad de legisladores posibles.

Pero para Alberto Fernández, la táctica de hoy puede ser la estrategia de mañana.

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