jueves 29 de julio de 2021
COLUMNISTAS Maldades
18-06-2021 23:55

Nunca es tarde

Luego de sentirme cerca de Eric Rohmer y Jean Luc Godard, volví a la obra de Claude Chabrol, que estaba perdida en los recuerdos de la estudiante de cine que fui. Lo había ninguneado por sus tramas de pueblos chicos, pequeños burgueses incomprensibles, apego al crimen y empapelados marrones, pero hoy valoro esos aspectos y me animo a entronizarlo. Basta con ver La ruptura, de 1970.

18-06-2021 23:55

Durante 15 años viví en el autoengaño de pensar mi sensibilidad como más afín a Eric Rohmer y a Jean Luc Godard que al resto de los directores inscriptos en la nouvelle vague. Godard fue el primero en caer del podio porque el conservadurismo presente incluso en sus películas más notables como Una mujer es una mujer y Vivir su vida –protagonizadas por una joven Anna Karina que hace primero de alguien capaz de embaucar para procrear y luego de prostituta redimida por la muerte–, eclipsó el vanguardismo técnico que me había deslumbrado. Destronar a Rohmer fue más complicado, pero lo logré ayudada por la densidad asfixiante de sus diálogos. Quedaba, perdida en los recuerdos de la estudiante de cine que fui, la obra de Claude Chabrol, a quien había ninguneado debido a su afición por situar las tramas en pueblos chicos, a sus personajes extraídos de una pequeña burguesía incomprensible, a su devoción por el crimen y a su inefable apego por los interiores empapelados de marrón. Hoy, después de haber visto su material con nuevos ojos, valoro estos aspectos de los que antes renegué y lo entronizo sin temor a equivocarme. Para probar su superioridad me alcanza una sola película, La ruptura, de 1970, protagonizada por su pareja y actriz fetiche, Stéphane Audran. 

En la primera escena, un marido que parece poseso se levanta de la cama para golpear a su esposa y su hijo sin un detonante aparente. Ella le parte la cabeza con una sartén y huye con el nene. El lugar común indicaría que el villano pagará su violencia gracias a la eternización de la venganza de la víctima, pero nada más alejado de las intenciones del cineasta que tantas veces dijo “Defiendo las tramas simples con personajes complicados”. Veremos que el golpeador es mucho más débil que el resto del elenco y que la bella Audran tiene unas cualidades que parecen encuadrarse en la protección divina: aunque la rica familia del golpeador, ñoña y torpemente maligna, dispone de retorcidos recursos para destruirla, ella se confirma en cada escena como fuerte e impoluta, avanzando con paso firme, eludiendo los planes diabólicos de sus enemigos con la misma maestría que el director pone en esquivar los senderos más obvios de la narrativa. 

Al final, constatamos que nuestra historia de apariencia realista es más bien un cuento de hadas perverso, hecho de maldades teñidas de un humorismo que solo Chabrol parece poder ejecutar con tanto riesgo y arte, como el abuso en clave lesbonarcótica de una adolescente discapacitada que, en vez de sufrir, goza. También hay crimen, alcoholismo, sexo y personajes que viven del chusmerío atribuido a todo pueblo chico, como en tantas de sus mejores películas. Y empapelados marrones, claro, como un significante visual de lo que Chabrol piensa de un mundo en el que magia y sordidez pueden ser la misma cosa.