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COLUMNISTAS / Análisis
lunes 14 enero, 2019

Los tres grupos en el gobierno de Bolsonaro

En el nuevo gabinete pueden diferenciarse tres grupos principales: los militares, los conservadores y los liberales. Cada uno con sus visiones y prioridades marcan el rumbo del Gobierno.

Ignacio Lautaro Pirotta, desde Brasil

Fernando Azevedo, Olavo de Carvalho y Paulo Guedes Foto: Cedoc
lunes 14 enero, 2019

El 3 de enero Bolsonaro concedió una entrevista al canal SBT, en la que expresó que existía la intención de instalar una base norteamericana en el país. Al día siguiente su canciller, Ernesto Araújo, lo reconfirmó y el día 6 de enero el Secretario de Estado norteamericano, Mike Pompeo, expresó su satisfacción al respecto. Pero el 8 de enero el general Augusto Heleno Ribeiro Pereira, ministro de Seguridad Institucional y uno de los hombres de peso en el gobierno, le transmitió a la prensa que aquello se trató de “un mal entendido”, y que nunca hubo intenciones de instalar una base norteamericana. Esa secuencia de marcha y contra marcha tal vez fue la más resonante, por involucrar a la mayor potencia mundial, pero en promedio hubo una rectificación por día y se trata de uno de los aspectos más comentados del nuevo gobierno. ¿Cómo pueden explicarse tantas contradicciones en tan poco tiempo? En primer lugar por falta de coordinación, la inexistencia de un equipo de comunicación, el amateurismo del gobierno y otros factores en esa dirección. Pero también por la forma en la que está compuesto el gobierno.

En el gobierno de Jair Bolsonaro se pueden diferenciar tres grupos principales: los militares, los conservadores y los liberales. Cada uno con sus visiones y prioridades marcan el rumbo del gobierno, y también sus contradicciones internas. A partir de estos grupos y su pensamiento pueden entenderse algunas propuestas como Escuela sin Partido, que tiene por objetivo eliminar el contenido marxista supuestamente predominante en las escuelas, también el rumbo económico de corte liberal pero con ciertos límites nacionalistas provenientes del grupo militar. Pero además, la dinámica de esos tres grupos permite entender las permanentes idas y vueltas.

Paulo Guedes, el Ministro de Economía formado en la Universidad de Chicago, definió al gobierno como “liberal en lo económico y conservador en las costumbres”. A esa definición solo falta agregarle el componente militar para completar lo que son los tres principales grupos de gobierno: militares, conservadores y liberales.

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Militares. El gabinete de Bolsonaro tiene más militares que aquel que inauguró la dictadura militar en 1964. A ellos se suma el vicepresidente, el general Mourão. En el gabinete se destacan Augusto Heleno, también general, que fuera Comandante de la misión de paz de la ONU en Haití entre 2004 y 2005, quien es ministro de Seguridad Institucional, a cargo entre otras cosas de la Inteligencia. El general Fernando Azevedo, primer militar retirado en ser ministro de Defensa (el Ministerio se creó en 1999 y hasta ahora todos los ministros habían sido civiles), Tarcísio Freitas, Ministro de Infraestructura (área en la que esperan muchas privatizaciones), y el ministro de la Secretaría de Gobierno, Carlos Alberto dos Santos Cruz, interlocutor con los Estados, Municipios y con el Congreso Nacional. Todos los mencionados, al igual que el general Heleno, han pasado por la misión de paz en Haití, así como por otros cargos en organismos multilaterales y por ello poseen una valoración de estos que no coincide con el desprecio que le tiene el grupo de los “antiglobalistas” encabezados por el ministro de Relaciones Exteriores, Ernesto Araújo, según veremos más adelante. Los militares son el grupo más nacionalista dentro del gobierno, con una visión geopolítica y con centro en la soberanía nacional. Por ello puede entenderse que sean favorables a una colaboración con Estados Unidos en materia de seguridad, pero no a un alineamiento total como el que promueven desde la cancillería.

Conservadores. El grueso de los políticos de carrera que ocupan puestos relevantes en el gobierno de Bolsonaro son conservadores e integrantes de las bancadas evangélica, ruralista y/o de la bala (defensores de políticas de seguridad más duras). Entre estos políticos existe cierta intransigencia respecto a la agenda conservadora, sea la que le interesa a los ruralistas, a los evangélicos o los de “la bala”, y en cambio flexibilidad para la agenda de reformas económicas. El más relevante de ellos es Onyx Lorenzoni, jefe de la Casa Civil (Jefe de Gabinete), y responsable de la relación con el Congreso, quien según los medios locales ya tiene una interna con el ministro de Economía Paulo Guedes. Pero además, el grupo de los conservadores al interior del gobierno también está compuesto por otro subgrupo, y que es el que más plantea desafíos debido a sus posturas excéntricas y extremas. Son los denominados “antiglobalistas”, discípulos de Olavo de Carvalho, un intelectual septuagenario residente en Virginia, Estados Unidos, y que ha formado a Bolsonaro y sus hijos en las ideas antiglobalistas.

Explicadas sucintamente, Olavo de Carvalho (quien le indicó a Bolsonaro a Ernesto Araújo y Ricardo Vélez Rodríguez para ocupar los cargos de canciller y ministro de Educación respectivamente) ve en el “globalismo” y la posmodernidad líquida una conspiración marxista. Olavo de Carvalho parte de la idea de que con la caída del Muro de Berlín el marxismo desistió de transformar la sociedad vía la abolición de la propiedad privada, entonces, inspirado en Gramsci se abocó a construir una contra-hegemonía a partir de la cultura. Este movimiento revolucionario mundial tiene, según Carvalho, como uno de sus objetivos primordiales la destrucción de la familia, sustento esta de la propiedad privada. Destruida la familia, estarían dadas las condiciones para la destrucción de la propiedad privada, argumenta Carvalho. La revolución marxista globalizante (siguiendo siempre los términos y las ideas de Carvalho y cía.) se expresa mediante el movimiento LGBT y el feminismo, promovidos para destruir a la institución familia. Lo “políticamente correcto” es la expresión de la dominación que actualmente ejerce el marxismo cultural, que se impone como un “pensamiento único”. Según el canciller de Bolsonaro, Ernesto Araújo, Donald Trump llegó justo a tiempo para evitar la caída definitiva de Estados Unidos y de la Sociedad Occidental en el abismo del globalismo. Así lo afirma en su artículo “Trump y Occidente”, publicado en 2017. Según Araújo, Trump percibe la primacía del espíritu sobre el poder material, y Occidente se encuentra en crisis no por una pérdida de poder militar o económico, sino minado desde dentro en su espíritu y su cultura. En el artículo citado, Araújo expresa la idea de la centralidad que Dios y las naciones tienen en la revitalización de Occidente, mientras que el marxismo cultural promueve la dilución del género y del sentimiento nacional. Esta visión antiglobalista ha influido fuertemente en Bolsonaro y sus hijos, quienes componen su círculo político de mayor confianza. Propone un alineamiento total con los Estados Unidos de Trump y con Israel, un enfrentamiento con China, y es marcadamente nacionalista en detrimento del libre mercado y volcada a lo ideológico más que a los intereses nacionales (comerciales por ejemplo). Además percibe a las Naciones Unidas como un organismo cooptado por el marxismo cultural y tendiente a debilitar los estados-nación.

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Liberales. Según la revista Veja, el responsable de articular a fines de 2017 con el liberalismo económico ha sido Flavio Bolsonaro, el hijo mayor del presidente. Luego de estudiar economía en San Pablo promovió la alianza con Paulo Guedes. Hasta entonces Jair Bolsonaro era caracterizado como un nacionalista de corte militar, lejano al liberalismo económico. La alianza con Guedes, un reconocido economista liberal, fue un factor clave para que Bolsonaro se transforme en un presidenciable serio. La contradicción más grande del liberalismo económico es con la visión antiglobalista. Pero además, Guedes choca con el nacionalismo de los militares y del propio Bolsonaro, como en el caso de la fusión Embraer-Boeing, y también con los articuladores políticos como el Jefe de la Casa Civil, por ejemplo respecto al diseño de la reforma previsional. Si Guedes propone una reforma más radical, Lorenzoni prefiere suavizarla en función de las negociaciones con otros partidos en el Congreso. Al igual que el resto de los políticos de carrera, Lorenzoni es intransigente con la agenda conservadora, pero flexible con la de reformas liberales, y ese es el trasfondo de la interna entre él y Guedes, expuesta en el caso del Impuesto a las Operaciones Financieras: mientras Guedes proponía subir el impuesto, Lorenzoni se oponía por que la medida sería impopular. La discusión pareció confundir al presidente Bolsonaro, quien por la mañana del viernes 4 anunció que el impuesto subiría. Pero por la tarde, tanto Lorenzoni como desde el Ministerio de Economía, aclararon que en realidad no era así.

Las visiones y prioridades de estos grupos, divergentes en algunos puntos, han dado lugar a las contradicciones y rectificaciones. En el caso de la base norteamericana fue la influencia de los militares, tomados por sorpresa ante las declaraciones del presidente y del canciller, la que echó por tierra la iniciativa. El pro-norteamericanismo del canciller y los hijos de Bolsonaro de la mano de Olavo de Carvalho, entró en contradicción con la visión soberanista y geopolítica de los militares. El alineamiento con Estados Unidos e Israel, traducido en el traslado de la embajada de Brasil de Tel Aviv a Jerusalén (también apoyado por el sector evangélico en el gobierno) atenta contra los intereses comerciales de Brasil con los países árabes, poniendo en peligro ese mercado como ya han manifestado entre otros la Cámara de Comercio Árabe-Brasileña. La decisión del traslado fue anunciada, pero aún no hay ninguna medida concreta. Peor serían las consecuencias de un enfrentamiento con China, a quien el actual canciller antes de ser nombrado ministro la definió como una amenaza. China es el principal destino de las exportaciones brasileñas y realiza fuertes inversiones en el país, centradas en energía e infraestructura (áreas en las que se espera privatizaciones y en las que Bolsonaro se mostró renuente a la participación china). La fusión de Embraer con Boeing, vista con buenos ojos por el liberalismo económico, quedó en suspenso hasta la semana pasada, cuando el gobierno de Bolsonaro decidió darle curso luego de que se informara que la misma “no afecta ni la soberanía ni los intereses de Brasil”, preocupación esta del grupo de los militares.

En verdad, peor que las divergencias es la torpeza para administrarlas, agravada por la superposición de roles. Esa torpeza incluye la falta de planificación respecto qué intereses van a prevalecer, por ejemplo, en las reformas económicas. La negociación permanente al interior del gobierno en los términos hasta acá expuestos no es un escenario que genere previsibilidad. Ese es el verdadero problema y el cual se espera que el Presidente resuelva en breve.


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