Suele criticarse el verticalismo peronista, las elecciones “a dedo”, cierta rigidez organizativa dependiente de una estructura rígidamente piramidal.
Algo de eso hay en toda organización –el jefe que manda, a veces abusivamente–, y en toda organización política. Sobre todo si se trata de partidos liderados por una personalidad fuerte, responsable a su vez del papel que dicha agrupación cumple. Podemos hablar de Yrigoyen, e incluso de Alvear en el pasado radical, y de Alfonsín en nuestra época, un jefe político que les hizo tragar a los suyos el “pacto de Olivos”, en alianza con un presidente cuyas políticas decía repudiar, y al que le regalaron otro período presidencial.
En el caso del general Perón su liderazgo como jefe de un movimiento –algo diferente por naturaleza de un partido– se vio unido a la confianza en él depositada, en las buenas y en las malas, por la forma en que había transformado el país en sus dos primeros gobiernos, a favor del poder y del bienestar de los trabajadores y de los desheredados. De allí el peso de las indicaciones, disposiciones u órdenes de Perón y su cumplimiento. Pero hay un elemento absolutamente fundamental en el verticalismo peronista difícil de comprender desde afuera, o desde parámetros convencionales. El verticalismo conductor-dirigentes-pueblo se basa en la identidad de la doctrina compartida, que por afectar los valores sintetizados en “la felicidad del pueblo y la grandeza de la Nación” penetra en las raíces profundas de hombres y mujeres.
Verticalismo peronista no es dar órdenes a la manera militar, sino de una forma peculiar, donde la orientación indicada es comprendida como la mejor en función de los objetivos de la doctrina. Y así fueron vividas las directrices del general Perón tanto en la bonanza como en la época dura de la Resistencia.
Peronismos, en este momento, hay tres: la doctrina que mencionaba, formulada en numerosos trabajos y discursos, y sintetizada en el Modelo argentino para el Proyecto Nacional; el pueblo peronista, que ha internalizado la doctrina, que la sabe de memoria, y que tiene la esperanza y la confianza –por eso reitera su voto, a pesar de traiciones– de que se caminará hacia “los principios sociales” que menciona la despreciada Marcha; y en tercer lugar, las burocracias dirigenciales del PJ, que reciben en principio la confianza del pueblo peronista. Burocracias en el sentido de Weber, como estructuras racionales que coordinan una acción de gobierno o la búsqueda del mismo (por ejemplo, Kirchner y Cristina, Duhalde, u otros políticos influyentes de las provincias).
Estas burocracias pueden traicionar las doctrinas y las aspiraciones populares (caso Menem), o bien pueden aproximarse mucho o poco a la doctrina, al Modelo argentino y a los deseos profundos del pueblo.
Durante su presidencia, Néstor Kirchner fue considerado como un peronista que actuaba como tal en diversas áreas, por ejemplo en la política laboral, uno de los ejes para el peronismo, entre otros aspectos positivos. Hoy, con Cristina, se ha abierto el debate acerca de su política: ¿es peronista con las características antes mencionadas?; y si lo es, en qué grado. La discusión –o el conflicto, si se prefiere– se da en varios planos: Eduardo Duhalde sale a organizar una fuerza que pretende ser más ortodoxa –lo cual no quiere decir que necesariamente lo sea: en la cancha se ven los pingos– y a discutir la jefatura de la conducción peronista. En el plano teórico y propagandístico –dicho esto en el sentido auténtico, como propuesta ante el pueblo–, Pino Solanas acusa que los recursos naturales, algo que el peronismo considera esencial, están siendo malvendidos y dilapidados, y considera esto “el descuartizamiento” de la doctrina y, figuradamente, del mismo General, por parte de los Kirchner. Son dos ejemplos de personalidades de importancia, expresión de una discusión amplia.
Se ha quebrado la verticalidad. El peronismo popular y doctrinario, antes y después de la muerte de Perón, ha sabido mantenerse unido contra todos los embates a pesar de contradicciones y traiciones. El peronismo sabe, como elemento constituyente de su conciencia nacional, que la esperada solución, la nueva etapa de transformación nacional y social, saldrá del peronismo o no saldrá. Observa a las dirigencias, no come clavos, tendrá que votar el año próximo y después...
Cristina tiene la posibilidad de construir las realidades en las que se basa la adhesión popular, que descree de las palabras. En hacer la transformación peronista: que la mitad del PIB se distribuya entre los trabajadores, algo que ya fue una “realidad efectiva” en la historia. Un hacer que esperan los millones de la inmensa mayoría.
*Poeta y ensayista.
Peronismo, burocracia y verticalismo
Suele criticarse el verticalismo peronista, las elecciones “a dedo”, cierta rigidez organizativa dependiente de una estructura rígidamente piramidal. Algo de eso hay en toda organización –el jefe que manda, a veces abusivamente–, y en toda organización política. Sobre todo si se trata de partidos liderados por una personalidad fuerte, responsable a su vez del papel que dicha agrupación cumple. Podemos hablar de Yrigoyen, e incluso de Alvear en el pasado radical, y de Alfonsín en nuestra época, un jefe político que les hizo tragar a los suyos el “pacto de Olivos”, en alianza con un presidente cuyas políticas decía repudiar, y al que le regalaron otro período presidencial.