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COLUMNISTAS / escandalos
viernes 31 agosto, 2018

Persones, personajos y esperas

A estas alturas de la semana, intensa semana, en la que Gendarmería desalojó a los legisladores en Mendoza o el país se levantó en un grito por la universidad pública, el pequeño gran escándalo alrededor de Esperando a Godot no ha pasado desapercibido para nadie.

por Rafael Spregelburd

default Foto: CEDOC

A estas alturas de la semana, intensa semana, en la que Gendarmería desalojó a los legisladores en Mendoza o el país se levantó en un grito por la universidad pública, el pequeño gran escándalo alrededor de Esperando a Godot no ha pasado desapercibido para nadie. El Teatro San Martín informó a las actrices Analía Couceyro e Ivana Zacharski que no podrán representar la obra que venían ensayando desde julio debido a un conflicto legal con la agencia francesa que administra los derechos de Samuel Beckett. Al parecer, Beckett legó en vida la expresa prohibición de que las mujeres representaran esta obra, en la que hay cinco personajes, todos supuestamente muy masculinos.

Lo que podría comenzar siendo un malentendido o un absurdo (calcado e impuesto sobre el absurdo de la pieza) terminó echando luz mala sobre asuntos más relevantes. Analía Couceyro se desahogó en las redes con un escrito personal y muy potente que inmediatamente se volvió viral. Tanto que –supongo– se contó entre las causas por las que el San Martín decidió finalmente no reemplazar a las actrices. Se está al borde de no representar la pieza si los agentes no ceden en esta imposición anacrónica, tan poco atenta a los tiempos que corren.

¿Que cuáles son los tiempos que corren? Vamos a ver. No me refiero solo a la primavera feminista ni al descubrimiento súbito y brutal de lo que la humanidad ya sabe desde siempre: que el patriarcado tiene columnas invisibles en todos lados. Me refiero también a una indagación más profunda de los más elementales derechos humanos, que no es justo que vulnere ninguna obra.

Es una suerte que tanto absurdo pueda conducir al menos a que en el muro de Couceyro se junten reflexiones francamente inspiradas, en un encuentro enérgico entre profesionales, amateurs, personas. Es como si alguien hubiera completado accidentalmente la cadena del ADN humano y un grupo de médicos comenzara a atisbar el verdadero derrotero de su trabajo futuro.

El actor Alberto Suárez, por ejemplo, sostiene con razón que “el patriarcado despliega sus redes siniestras, aun en un ámbito supuestamente superador como el arte. La enorme Analía Couceyro, uno de los seres más maravillosos que podrás ver en un escenario, es privada de hacer su trabajo por una cuestión de género. El disparate embiste uno de los conceptos elementales de la actuación: cuando se actúa, se cumpla un rol femenino o masculino, nunca se es un hombre o una mujer en el sentido limitante del género: se es ‘eso’ que está ahí, ‘esa cosa’ inclasificable e indefinible. Ese quizás sea uno de los sentidos políticos más corrosivos de la actuación y es lo que aquí se busca socavar y normalizar.”

Los argumentos se despliegan. No es en vano recordar que en otras épocas (la Inglaterra de Shakespeare, por ejemplo, o la antigua Grecia, donde la mujer tenía más o menos el mismo valor cívico que un perro, pese a aparecer en jarrones y templos como diosa) las damas tenían prohibido pisar el escenario, como si actuar fuera sacrílego o una actividad indigna del alma de las niñas. ¿Por qué a ningún autor, clásico o contemporáneo, se le ocurrió prohibir que hombres interpreten roles femeninos pero sí al revés? ¿Podemos realmente imaginarnos a Romeo y Julieta hecha por dos muchachos pero sabiendo que no debemos leer lo que se muestra, sino lo que está escrito como ley? ¿A qué se debe esta masculinización de la actuación? ¿A preservar para un género un poder mágico, sacerdotal, como hace la Iglesia?

La catarata de antecedentes es grosera y la obra ya se hizo con mujeres en otras ocasiones, incluso aquí. ¿Qué pasó entonces? ¿Los agentes no se enteraron? ¿No es más justo –como sugiere Couceyro– permitirle al Beckett muerto una evolución de pensamiento? ¿Qué piensan los muertos sobre nuestro presente? Una corte italiana –según leo– llegó a explicar que los autores no tenemos derecho a decidir sobre el género de los personajes, que no son personas reales sino ideas, éter, deseo, movimiento, fantasía, humanidad.

¿Por qué aquí? ¿Por qué ahora? Como respuesta espontánea, impensada, catastrófica, el teatro Alvear se prendió fuego por sí solo en la noche del lunes. Tal vez así hablen los muertos.


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