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COLUMNISTAS / despues de la gira
domingo 9 febrero, 2020

Realismo peronista

Solo una negociación medianamente exitosa de la deuda permitirá que se pueda comenzar a hablar de Alberto 2023.

por Carlos De Angelis

Juan Domingo Fernández. Foto: Pablo Temes

El realismo se ha convertido en la corriente filosófica de moda en la segunda década del siglo XXI como una respuesta a doctrinas precedentes como el existencialismo, y en especial el posmodernismo, el posestructuralismo y su giro lingüístico.

¿Todo es relativo? Sin necesidad de ser filósofos, nos hemos vuelto hijos del relativismo, por el cual la verdad se subordina al punto de vista del observador, y también casi sin saberlo nos hemos vuelto partidarios del “giro lingüístico” donde todo depende de quién hable o cómo se diga. Las palabras venciendo a las cosas. Dentro del giro lingüístico se ha generalizado la idea de que lo que no se dice no existe, de allí la discusión sobre el discurso en general, donde los medios y las redes sociales cobran relevancia y por este mismo motivo la comunicación política se ha difuminado como disciplina.  

Pero el realismo vuelve a poner algunas cosas en su lugar: hay cuestiones “objetivas” más allá de las opiniones, perspectivas y narrativas sobre estas materias. El mejor ejemplo es el propio capitalismo o el cambio climático (hijo dilecto de este), como sostiene Mark Fisher en su libro Realismo capitalista (2019, Editorial Caja Negra). Allí el autor recupera la famosa frase de Fredric Jameson: “Hoy parece más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. En este sentido, Fisher subraya que esta formación social muestra una capacidad asombrosa para absorber y mercantilizar las críticas, un poco como pasa en estos días con las publicidades que levantan los tópicos feministas para vender productos e instalar marcas.

Cómo salir del estancamiento

Volver perpetuo. En el listado de las cuestiones objetivas que no pueden obviarse está el peronismo, una entidad política siempre enigmática que llevó a Angela Merkel a preguntar de qué se trataba. En el fondo de la historia, cada vez que el peronismo era derrocado o perdía una elección se determinaba que (ahora sí) terminaba el movimiento fundado por Juan Perón. Sin embargo, se verifica que regresa siempre al poder.

Tres escenas o hechos históricos que se podrían considerar aislados pueden vincularse y resignificarse para interpretar la actual coyuntura. El primero fue la imposibilidad de sumar a Eva Perón a la fórmula presidencial del Partido Peronista en las elecciones de 1951. Las presiones de los militares pudieron más que la enorme popularidad de Evita, quien a su vez responde en la Plaza de Mayo con su famoso discurso del renunciamiento histórico (“renuncio a los honores, pero no a la lucha”). La segunda escena fue la derrota de Antonio Cafiero frente a Carlos Menem en 1988, en la única interna presidencial de la historia del Partido Justicialista. La “cafieradora” implicaba un proyecto para un peronismo modernizado dispuesto a interpretar el desafío bipartidista lanzado por Raúl Alfonsín y en su momento parecía invencible frente al riojano de poncho y patillas. El tercer elemento fue la elección de Alberto Fernández por parte de Cristina Kirchner para encabezar la fórmula del Frente de Todos en las pasadas elecciones de 2019.  

Eva o Perón. Una característica de la larga década kirchnerista (2003-2015) fue su capacidad como gobierno de ser oficialismo y oposición a la vez, asumiendo un carácter más evitista que peroniano. Cristina Kirchner intentó mostrar a su espacio político como superador de la lógica política de Juan Perón, a quien incluso criticó públicamente porque la Constitución de 1949 no aseguraba el derecho de huelga (lo cual era estrictamente cierto). Hoy existe un sector no menor de dirigentes y simpatizantes que se consideran kirchneristas, pero no peronistas.

Las reglas del juego

Por su parte, la derrota de Cafiero en 1988 expulsó a gran parte de la clase media del paraíso justicialista, de esta forma por ejemplo la Ciudad de Buenos Aires eligió como jefe de Gobierno a De la Rúa, a Aníbal Ibarra, a Mauricio Macri y a Horacio Rodríguez Larreta. Parte de la decisión de Cristina Kirchner al elegir a Alberto Fernández se basó en que se trata de un dirigente peronista conocedor del Estado, pero cuyo territorio es la base de la oposición. Será cuestión de tiempo ver si Fernández logra convertir esta debilidad en virtud. Tampoco es casualidad que la provincia de Buenos Aires haya quedado en manos de Axel Kicillof, un político a quien no se identifica con las tradiciones peronistas, lo que promete tensiones inéditas en esta fuerza.

Transformaciones. Más allá de su propia historia, el realismo peronista vuelve una y otra vez a gobernar la Argentina porque es la fuerza que conserva la capacidad de modular las características de una economía capitalista periférica de base agropecuaria con las viejas y nuevas demandas populares. Estas demandas, lejos de disminuir, tienden a aumentar en la medida en que la estructura económica ha ido reduciendo la participación de la industria en el producto nacional y por consiguiente se ha aminorado la cantidad de obreros industriales, otrora columna vertebral del justicialismo clásico. En este sentido, la pobreza estructural que abarca a la tercera parte de la población ha dejado de ser una contingencia para convertirse en un espacio político que, votando unificado, vuelve imbatible al peronismo. Estas capacidades no fueron correctamente evaluadas por el macrismo, en especial a partir de fines de 2017.

Sin embargo, cada gobierno peronista es diferente. En parte porque se adapta a las condiciones internacionales que se sobreimponen. La deuda externa en este sentido es un condicionante esencial que restringe la posibilidad de desarrollar políticas públicas. Este es precisamente el desafío de Alberto Fernández: maximizar su margen de maniobra reducido por las negociaciones en los centros financieros internacionales, pero también acotado por la propia composición de la convergencia política que lo llevó a la presidencia. Las giras internacionales que ha realizado en estas semanas buscaron mejorar su imagen, así como aumentar su capacidad negociadora con el fin de obtener un período de gracia para el capital y los intereses. Del resultado de estas discusiones pasará a depender buena parte de su gestión y si se puede comenzar a hablar o no de Alberto 2023.

 

*Sociólogo (@cfdeangelis).


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