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deuda externa

Respiro temporal

El acuerdo con los bonistas dio un poco de aire a Alberto. Pero Cristina está cada vez más activa.

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Contra los molinos de viento, Martín Guzmán. | Pablo Temes

Una bocanada de aire le permitió salir del asedio al mandatario y, desde una semipenumbra, mirar esperanzado por la ventana en lontananza. Típica fotografía kennedyana del siglo pasado repartida por el Gobierno: aun en las bellas imágenes ya todo parece haber sido escrito. El acuerdo con los bonistas le aportó sosiego y la curiosidad de que el arreglo financiero le dio un alivio temporal a su gestión. Justo a él, que, en su momento, postergó como prioridad la cuestión económica para zambullirse solo en la salud.

Singularmente, terminó aplaudiendo a Guzmán –aunque abundan las reservas sobre su operación– mientras su equipo sanitario, como otros en el mundo, ni siquiera sabe dónde guarecerse por el virus. También el acuerdo con los acreedores pareció zafar a Fernández del acoso por no modificar el gabinete, las críticas a la lentitud de sus decisiones o elegir la blasfemia de amistades sanitarias como la de Horacio Rodríguez Larreta –en detrimento del nervioso favorito Axel Kicillof–, y hasta superar versiones sobre sucesión y asambleas legislativas. Ahora exhibe un sondeo instantáneo que lo mejoró en la audiencia y promete lanzamientos de planes y sesenta o setenta medidas (hoy con María Eugenia Bielsa) que, supone, habrán de galvanizarlo en la Casa Rosada.

Cristina. Nadie sabe, sin embargo, lo que dura este nuevo impasse interno, escapar del corral: después de 8 meses de administración, como ya se adelantó en este espacio, la vice Cristina se despertó del encantamiento, determinando un upgrade aluvional con voces, órdenes y vetos. Una transformación institucional cargada además de simbolismos, como a Ella le gusta. Desde hace menos de 15 días, laboriosa, empezó un doble turno laboral y lo que antes era un solo auto, un Chevrolet blanco del Ahora 12, mudó a un desfile frente a su departamento de Recoleta de camionetas 4x4, autos de alta gama y conductores de corbata oscura y cucaracha en la oreja. El tiempo apremia y lo que no logre este año puede ser más complejo en 2021 –hay elecciones de medio termino–, y las encuestas comenzaban a mutilarle expectativas a su frente político.

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Para colmo, algunos números levantaban la opinión sobre Horacio y hasta de Mauricio Macri, quien con esa rara personalidad se carga de orgullo por ocupar titulares, aun desfavorables, simplemente por viajar a Paraguay y Francia. Está todo escrito sobre estas imágenes y la volatilidad de la gente.

De todas las objeciones impartidas en este breve período por Cristina, una de las más obvias se concentró en las relaciones empresariales: el hígado de la vice se inflamó cuando vio al titular de la Sociedad Rural junto a Fernández el 9 de julio (de inmediato armó un encuentro con otros dirigentes del rubro) y más atacada de urticaria se manifestó al ver la cúpula de la CGT reuniéndose con la jerarquía de la poderosa AEA (al menos, sus integrantes), entidad que ella imagina monitoreada por Magnetto, de Clarín, cuando hay otros tiburones más influyentes y activos.

En particular, se sonrojó por el comunicado del encuentro –redactado por un caballero Punte, ex Techint y del área laboral– más explícito con las necesidades de las compañías que de los trabajadores. Como si fueran antagónicos en la pandemia. Extraña esa revelada ira con los participantes: con algunos de esos empresarios, ni hablar con los gremialistas, se enorgullecía encontrarse durante su mandato y varios “emprendedores” realizaron obras con su gobierno, razón por la cual han sido imputados en la Justicia, sea por dádivas compartidas por funcionarios del corazón de la dama, “arrepentidos” casi todos y consignados en la famosa causa de los cuadernos.

Como el comunicado conjunto anunciaba nuevos encuentros, más efectivos que esa convocatoria general de principios de la CGT y AAE, se sospechó que el airado discurso de Máximo Kirchner en Diputados contra Daer, el consejo directivo y los empresarios, apuntaba a bloquear ese diálogo que tanto aprecia el Papa y, según sus participantes, empodera a Alberto.

Máxima tensión. El úkase de Máximo naufragó, no hicieron caso de la advertencia de la madre por intermedio del hijo: hace dos días se convocaron de nuevo, estuvieron Jaime Campos y el centauro Rodríguez, entre otros, esta vez con invitados técnicos (economistas de ambas partes y un tributarista como Alberto Abad), prometen iniciativas concretas y, en un plenario de Azopardo, el sindicalista Carlos Acuña (estaciones de servicio), de escasa simpatía entre sus pares y allegado a Luis Barrionuevo, se despachó con la aquiescencia o silencio de todos contra el hijo de los Kirchner: “No nos puede condicionar ni agraviar alguien que no laburó nunca”, dijo, además de alabar las condiciones del primogénito con la PlayStation. Agregó con irritación que Máximo se burló de los “viejos” dirigentes como en los 70, cree heredar la CGT de los Argentinos de Raimundo Ongaro y Agustín Tosco o, quizás –para favorecer especulaciones siniestras– la soberbia armada de las formaciones especiales que masacraron a Rucci o a Alonso, igual que los militares liquidaron –entre muchos más– a Jorge Di Pascuale u Oscar Smith.

El conflicto no se cerró y deberá terciar Alberto, si es que no lo encierran de nuevo y le reprochan su cercanía con los Daer, sino conservar a uno de sus afectos más entrañables, el ministro de Trabajo, Claudio Moroni. O padecer estoico la intriga, ya que Cristina hizo renunciar a un funcionario que había designado Moroni en Rosario (la Doctora se ocupa hasta de esos detalles), auspicia líneas internas en los sindicatos vinculadas a La Cámpora y avala dirigentes más jóvenes dependientes del Estado (llevó a más de una presentación a Daniel Catalano de ATE).

En esa embestida inscribió a Hugo Yasky, de la CTA, eterna enemiga de la CGT, cuyos miembros dicen que nunca lo dejaran participar en la central obrera aunque se ajuste a derecho. Tarea ímproba para el Presidente, quien desea integrar a Yasky sin traumatismos.

En el medio, la discusión salarial. Moyano ya obtuvo 30%,  los gasistas le ganaron (20% por 6 meses), Palazzo moderó demandas por su relación oficialista, ninguno de estos episodios le debe parecer gracioso a Guzmán, uno de los peores momentos para iniciar conflictos cuando parece consolidado en el cargo: justo aparecen esta sarta de litigios políticos –por más que él jure amor y admiración por Cristina– cuando es brutal la pérdida de empleo e ingresos y, después de arreglar con los bonistas, debe iniciar las negociaciones con el FMI. La vieja historia de una Argentina repetida.