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COLUMNISTAS / Opinión
viernes 4 enero, 2019

Timerman y la polémica con Joaquín Morales Solá: el "no" perdido y la falsa dureza

El periodista se mete en el cruce entre Morales Solá y la abogada del excanciller, Graciana Peñafort.

por Hugo Asch

Peñafort se cruzó con Morales Solá por Timerman. Foto: Cedoc

Conocí en la misma semana a Marcos Cytrynblum y a Héctor Magnetto. ¿A que no saben de quién me hice amigo? No es tan difícil imaginarlo. Marcos era periodista, tenía un manejo del poder extraordinario, y el Jefe de Redacción del Gran Diario Argentino cuando era un diario: Clarín. Un ámbito para mí desconocido, al que yo llegaba desde el mundo de las revistas, Siete Días, Gente y La Semana, de la mano de mi amigo y compañero en Abril, Rolo Andrés.

En cuanto me presentaron en Clarín, como nuevo Secretario de Redacción de Información General, Policía e Interior, a los 29 años, ya me odiaba una multitud, por oficio nomás, en una redacción llena de tipos grandes, postergados desde hacía años. Un lugar duro, con tipos duros. Para dejar las cosas claras, pasaba a buscar a Marcos por su casa y llegaba a la redacción con él, en mi auto. Así fue desde el primer hasta el último día. Magnetto también tomó nota, claro.

Por supuesto me fui con él, el mismo célebre Viernes Negro, 19 de enero de 1990, en el que se conoció su "renuncia" y la de Joaquín Morales Solá. La interna de esa crisis, es otra historia que tal vez algún día cuente, cómo no.

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El tema ahora es Joaquín. El número 2 que Marcos, siendo jefe de Interior, trajo desde Tucumán.

No empecé bien mi relación con él. A los pocos días de llegar, le presté una revista de Perfil que nunca vio la luz. Se llamaba ‘No’ y tenía una audacia y un sentido del humor casi suicida. Terminamos el número 1 y no llegó a salir. Menos mal. Conservé un ejemplar, porque sabía que sería un incunable, algo medio histórico. Quería mucho ese ejemplar.

Se lo di para que leyera una divertidísima sátira sobre su manera de escribir que había hecho Ana Amado, nada menos. Era muy graciosa y estaba diseñada igual que su columna dominical. Se la llevé a su escritorio, dejó lo que estaba haciendo, me agradeció casi sin mirarme y siguió. Yo me fui medio en puntas de pie. Respetaba mucho a Joaquín porque escribía bien, era un tipo culto. En Tucumán conocí a su hermano, un tipo bárbaro. Me extrañaba que no tuviese algún mínimo acento. Era raro.

Confieso que me intimidaba un poco. Yo era muy joven y él era el tipo que yo leía los domingos en Clarín. Magnetto, muy por el contrario, me parecía un tipo llano, predecible, medio pavote; aún con su poder, su linda oficina con jardincito externo, la sala de espera, su secretaria de modos escuetos, mínimos. Qué curioso.

Extraña relación con el poder, he tenido siempre.

Pasó una semana, o dos, no recuerdo, y le pregunté si había leído la nota de la dichosa revista ‘No’. No se acordaba absolutamente nada. “¿Y la revista, Joaquín? ¿la tenés?”, le pregunté medio espantado. “Ah, qué se yo, no sé, debo haber perdido. La perdió nomás. Me quería morir.

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Así empezamos. Y seguimos, hablando siempre lo necesario, sobre todo los sábados, que él hacía la tapa y yo cerraba Información, Policía e Interior. Un diálogo solo profesional. En las reuniones era así, o al menos yo lo veía así. Un tipo seco, solo amable con los que conocía más o mejor.

Nos fuimos de Clarín y solo lo volví a ver cuando fui subdirector de Gente, porque Aníbal Vigil me pidió que lo invite a la Editorial Atlántida porque quería conocerlo. Lo hice y participé de esa charla. No estuve muy cómodo. No eran dos personas a las que elegiría para sentarme a charlar café por medio.

El había escrito 'Asalto a la Ilusión' y me hizo un comentario demoledor pero con cierta ingenuidad sobre 'Por qué cayó Alfonsín' que también había sacado al mercado Luis Majul. 'Dice cosas que son falsas y además las describe como un guión, ¿cómo puede novelizar cosas que son falsas?"

El miércoles 2 de enero Morales Solá escribió una nota en La Nación cuyo título era: ‘La utilización política de una muerte’. Es gracioso porque lo primero que pensé fue en Nisman. Pero no. Hablaba de Héctor Timerman. Todo tiene que ver con todo, parece.

Después de todo lo que contó públicamente la abogada Graciana Peñafort no creo que sea necesario agregar nada más sobre esa historia. No es la idea, tampoco. Solo recordar el Joaquín Morales Solá que yo conocí. Un tímido en el más puro sentido del temor, desconfiado, escondedor, tan débil en su sobreactuada hosquedad.


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