Según fuentes de información altamente calificadas, el caballo tiene un metabolismo más lento que el de las personas. De sus cinco sentidos, la vista es el principal. Su ojo es el más grande de todos los mamíferos terrestres, y los dos que en general posee (salvo maldad o accidente) a diferencia de los del ser humano, los perros y los gatos, están situados a los lados de la cabeza, lo que les permite una visión periférica extraordinaria, en un arco de 340 grados, comparable a la de Juan Román Riquelme cuando se paseaba por las cancha, y le sirven para dominar la escena y prevenirse de ataques y sorpresas ingratas. Los puntos ciegos se encuentran por delante, en su frente y hocico, y eso los lleva a retroceder a veces y bajar la testa para angular mejor, y por detrás, y como nadie hasta ahora pensò en instalarles espejo retrovisor, suelen dar pasos ligeramente hacia un lado para ver lo que hay. Conviene señalar que cada uno de los ojos percibe imágenes en forma independiente, lo que fisiológica y metafísicamente permite que imaginemos que perciben simultáneamente dos mundos. Estas imágenes disímiles se transmiten de manera constante (salvo en la alucinación y en los sueños) a una banda de células retinianas que administran la forma y el color. Debido al tipo de célula específica de la retina, tienen una visión nocturna mejor que la nuestra. Si un caballo pudiera pensar y hablar obraría como el mejor profeta para desasnarnos en la oscuridad de estos tiempos.
La mosca siente gran atracción por el color azul y huye del amarillo. Su ángulo de visión es aún mejor que el de los caballos, está cerca de alcanzar los 360 grados. Capta todos los movimientos a su alrededor y procesa cientos a la vez. Su campo de visión no es la totalidad de lo real sino la realidad fragmentada como totalidad. Ese modo de conocimiento sensible le permite descartar por obvia la lectura de los textos de algunos pensadores contemporáneos.
El ojo de una mosca no tiene pupila. La luz que entra en el ojo no tiene filtro alguno. Hay quien piensa que vive deslumbrada, como un místico en éxtasis perpetuo, solo que a cambio de experimentar la presencia de Dios (que es otro insecto) se muestra ávida por conocer la gloria y miseria del mundo, que prueba ávida y sin descanso, sobre todo cuando se trata de basura, miseria o caca. Todo lo ve desenfocado. Ese todo es resplandor sin claridad, como la elevada idea de ciertos gobernantes contemporáneos sobre sí mismos.
A diferencia de los citados con anterioridad, un artista – pienso sobre todo en un escritor, que es el sesgado ejemplo que tengo más a mano– ve de maneras distintas el objeto de su actividad. A veces desde una perspectiva amplísima, otras a través de un túnel oscuro que parece no llevarlo a ninguna parte. Pero siempre el punto de observación no es la sucesión de hechos que refiere en el pequeño universo que construye, sino algo que ve después y que emerge de lo hecho. Esto es un asunto, un punto ciego en medio de una oscuridad mayor, un secretito radiante.